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Al día siguiente el Maestro permaneció en el campamento y anunció que sería su última jornada en Amatus y debían prepararse para seguir viaje hacia el sur, hacia «Betania Más Allá Del Jordán», que algunos llamaban, abreviadamente, Betabara.[1]
Simón Zelote, a pesar de todos sus reparos, terminó por cumplir con el encargo de Jesús y se acercó a la posada de Amatus para ofrecer a Tejerma la condición de discípulo del Maestro. El persa se sintió sumamente honrado y retomó las lecciones de Simón con gran interés.
En vista de que al día siguiente el campamento se levantaría, Tejerma apuró la jornada para hacer numerosas preguntas a Simón, algunas de las cuales fueron respondidas incluso por Jesús mismo, que conversó durante horas con ambos.
Mientras tanto, sin darse cuenta, entre el resto de discípulos se estaba desatando una tormenta. En Betabara es donde Juan había empezado su predicación y había iniciado su rito del bautismo como requisito para hacerse discípulo. Los seguidores del Bautista no desaprovecharon la ocasión para enzarzarse en otra discusión con algunos de los doce sobre este dilema. Parte de los apóstoles compartían los planteamientos de los discípulos de Juan, en especial Pedro y Judas, que habían sido discípulos permanentes del círculo íntimo de seguidores de Juan, pero el resto discrepaba ardientemente.
Para los íntimos del Bautista, sobre todo para los batalladores Jacob y Recab, era necesario adoptar algún tipo de ritual que marcase el principio del nuevo postulante en la vida del reino. Por supuesto, el ritual que proponían era el bautismo, que era un ritual ampliamente extendido entre los judíos, y tenía fuertes connotaciones y lazos con la predicación que ellos preferían. Sin embargo, Felipe, Natanael, Tomás y otros de los doce, que se atenían fiel y literalmente a las enseñanzas de Jesús, habían podido apreciar, durante los últimos meses de asociación con el Maestro, que su rabí no parecía dar mucha importancia al ritual de acogida en la hermandad del reino. Y no estaban dispuestos a admitir por imposición el que se celebrase un rito. Si el Maestro no parecía interesado en sancionar unos rituales, ¿por qué debían hacerlo ellos, sus discípulos y asociados personales?
Pedro, sin embargo, estaba dispuesto a conceder a Jacob y Recab cierta razón. Resultaba muy difícil atraer a las masas sólo por medio de la palabra. El pueblo quería ver gestos, sentir símbolos, y poder celebrar su fe mediante algún tipo de ritual. Los ritos y las formas eran el medio por el que durante generaciones, desde tiempo inmemorial, los hombres habían sentido la cercanía con sus dioses. Y aunque Pedro no estaba muy contento con la idea del bautismo, que era un ritual que no apreciaba especialmente, en su mente había empezado a bullir una idea. ¿Por qué no utilizar la «imposición de manos»[2], el ritual propio de los escribas en la ceremonia de investidura de un nuevo doctor? Así se lo planteó en privado el fogoso apóstol a algunos de los doce. Lo hizo esa tarde, con discreción, antes de la cena, pues la postura mayoritaria del grupo apostólico era contraria a ningún gesto o símbolo de la aceptación del nuevo creyente. Jesús había predicado hasta la saciedad que bastaba con la fe, que el creyente no tenía que hacer ningún gesto ni ofrecer ningún sacrificio. Que la fe era suficiente para aceptar a un nuevo creyente en su hermandad del reino. Así que Pedro no se atrevió a llevar su idea mucho más allá.
Cada día le tocaba a una pareja de apóstoles hacer la cena, la comida principal judía, pero este día le tocaba a Jesús, y les preparó una suculenta cena a todos. Sin embargo, el asunto de la discusión sobre el bautismo empañó la deliciosa comida. Una vez más, los doce trataron de enredar a Jesús con sus problemas con los discípulos de Juan, esperando que él mediara en este asunto.
Buscando la complicidad de Andrés, Tomás y Natanael solicitaron al jefe apostólico que tratara de sonsacar a Jesús su opinión: ¿era el bautismo un rito necesario para manifestar la adhesión al evangelio del reino? Más aún, ¿era necesario algún tipo de rito?
Andrés no tuvo que esforzarse mucho en lograr la atención del Rabí, pues llevaba toda la sobremesa percibiendo la agitación en las mentes de sus amigos. El hermano de Pedro trasladó a Jesús la pregunta, y Jesús dejó por unos segundos la comida. Parecía que por fin se iba a pronunciar sobre este arduo tema que los apóstoles deseaban zanjar de una vez por todas con los discípulos de Juan. Pero no fueron por ahí las palabras del Maestro:
—Es cierto que Juan os ha bautizado con agua. Pero cuando entréis verdaderamente en el reino del Cielo, seréis bautizados con el espíritu.
Y no dijo más. Se quedaron desconcertados con tan enigmática frase. «Entonces, ¿debían bautizar a los creyentes, o no? ¿Y qué bautismo espiritual era ése? ¿Y cuándo tendría lugar?». Las preguntas hubieran caído a chorros sobre el Maestro de no ser por la providencial interrupción de un agradable personaje. Era Tejerma. Jesús se incorporó, disculpándose ante los doce, y rogándoles que continuaran con la cena, salió de la tienda junto al persa. El Maestro ofreció al buen hombre a que se uniera a cenar con ellos, pero el mercader de Damasco, agradeciendo la hospitalidad de Jesús, rehusó amablemente la invitación. Habían sido unos días muy provechosos, y debía regresar a su ciudad y a sus negocios. Sin embargo, aseguró al Maestro que sería un fiel propagador de sus enseñanzas. Y ciertamente así fue. Este hombre, de regreso a Damasco, no dejó de fomentar entre parientes y conocidos el evangelio del reino, tanto que un amigo de Tejerma, un hebreo llamado Judas[3] que vivía en el decumanus, la calle principal de la ciudad, se hizo seguidor del Maestro por las elocuentes palabras del persa. Con el tiempo, Judas se convertiría en un importante hombre del reino, que acogió durante varios meses en su casa a un distinguido huésped: Pablo de Tarso.
Después de despedirse de Tejerma, Jesús no regresó con los doce. El Maestro contempló cómo se marchaba su amigo por el camino. El sirio había dicho a Jesús: «hasta otra ocasión». Pero ya no volvería Tejerma a ver más a Jesús con vida. No imaginaba este buen hombre cuán poco tiempo le quedaba al Maestro en la Tierra.
Antes de que anocheciera, el Rabí acudió en solitario a la leprosería cercana a Amatus. Se despidió de Set, el jefe de la aldehuela, y se interesó por las evoluciones de los enfermos, en especial de los más afectados. Había chabolas donde malvivían mujeres y niños en condiciones lamentables, con un aspecto descorazonador. El famoso aceite de chaulmoogra resultó ser difícil de encontrar y muy costoso. Pero Set no se desanimaba. Aseguró al Maestro que intentaría hacerse con un acopio del ungüento si encontraba alguna caravana proveniente del este.
El Maestro sintió una lástima indecible al contemplar el abandono y la marginación de aquellas gentes, y su resignación y conformidad. Estos pobres infelices tenían asumida su terrible situación, y muchos hasta se acusaban a sí mismos de sus males. Se culpaban de su desgracia por causa de algún pariente antiguo que fue malvado o por sus propias acciones. Pedían fervientemente el perdón de Dios, y vivían con el único deseo de que su renovada rectitud lograra enternecer el corazón del Señor Yahvé, que les castigaba con semejante enfermedad por sus pecados.
Cuando Jesús dejaba tras de sí la aldea, una lágrima rebelde resbaló por sus mejillas. Sabía que tenía el poder para sanar a todas aquellas desafortunadas familias. Tan sólo bastaría un atisbo de deseo en su mente, y quedarían libres de su infortunio. Pero se contuvo con grandeza y decisión sublime. No eran estos los métodos del Padre, y se atendría firmemente a su voluntad.
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Miércoles, 26 de febrero de 27 (30 de adar de 3787)
El día siguiente, miércoles, último día de adar, Jesús y los doce recogieron apresuradamente su tienda, se repartieron los pertrechos entre todos, y cargando con ellos a la espalda, emprendieron el camino dirección al sur. Una nutrida tropa de seguidores se dispuso a continuar en pos de los trece, mientras que otros, dando por buena la temporada al lado del Maestro, regresó a sus ocupaciones.
El dinero de la bolsa común había menguado considerablemente, y el nervioso Judas estaba deseando llegar a Jericó para retirar parte de los fondos puestos en reserva en un banco en Cafarnaúm, banco propiedad de un judío que tenía sucursales también en Jericó.
El sur del Jordán era un lugar agreste y rebosante de vegetación. Plantaciones de palmeras datileras infestaban ambos lados del camino. El fruto de estos árboles, los dátiles, era uno de los productos estrella de la región y famosos en todo el mundo romano.
Betabara, o «Betania Más Allá Del Jordán», era una industriosa población, lugar de paso obligado para cruzar el Jordán en dirección a Jerusalén. Cuando era la estación seca, en ocasiones, si el nivel del agua era bajo, existía una zona de vados por donde con escaso peligro podía cruzarse el río a pie o subido a lomos de un burro. Pero en esta época, lo normal era usar unos transbordadores de madera, que tirados por una larga y gruesa maroma, comunicaban una orilla con la otra. En esta zona, una amplia llanura muy bien irrigada, existían multitud de piscinas, ideales para bañarse y realizar las obligadas purificaciones camino de la ciudad santa. Un famoso manantial hacía que este vado fuera también conocido como Ayyn o Ainón, que es la palabra hebrea que significa «fuente». No en balde, Juan Bautista había elegido bien al escoger este lugar como el idóneo para el inicio de su predicación y de sus bautismos.
Una vez la numerosa caravana de seguidores de Jesús arribó a la población se despertó una curiosidad inusitada. La fama del Maestro empezaba a extenderse por toda la región. A la ingente tropa no le costó demasiado encontrar un lugar donde instalar sus tiendas. Existía una zona próxima al Jordán donde era costumbre hacer noche, un lugar espacioso y llano frente al gran río.
El Rabí concedió el día libre, como solía hacer todos los miércoles. Judas aprovechó para acercarse a Jericó, y sacó parte del dinero del depósito que tenían los doce. Aprovechó a su vez para visitar a algunos parientes, pero no se atrevió a visitar a sus padres. Desde que Judas se hiciera discípulo de Juan, su familia le había repudiado. Su padre, llamado Simón, era un rico y respetado judío, próximo a los círculos saduceos. Esta secta constituía parte de las privilegiadas familias de las que se solía componer el sanedrín de Jerusalén y los jefes del templo. Judas había sido educado en las elitistas escuelas rabínicas de Jerusalén y criado en la convicción de la corriente de pensamiento saducea, cuyos principios apuntaban completamente en la dirección opuesta a las del movimiento bautista.
Judas regresó con prontitud a Betabara. No deseaba cruzarse con nadie conocido de su familia, pero las noticias de su visita llegaron a casa de sus padres, quienes al enterarse de que disponía de un depósito en uno de los bancos de Jericó, movieron los oportunos resortes para averiguar qué asuntos se traía entre manos su hijo. No les costó mucho averiguar a quién pertenecía el depósito de dinero, pues muchos banqueros de la ciudad eran amigos y parientes de la familia de Judas. Se redoblaron sus críticas hacia su rebelde hijo cuando supieron que ahora Judas se había hecho seguidor del nuevo profeta de Galilea. Incluso enviaron a un primo de Judas al campamento de Betabara, a los pocos días, para corroborar sus sospechas y comprobar el grado de involucración de Judas en este nuevo movimiento. Los padres de Judas aún no se habían dado por vencidos y abrigaban la esperanza de hacer recapacitar a su hijo, convencerle de que abandonara aquellos movimientos proféticos fatuos, y regresara al hogar familiar y a su vida segura con la casta saducea.
En estos primeros días en Betabara Jesús abandonó por una temporada sus retiros a solas y se dedicó a ofrecer discursos públicos por las mañanas a todos los asistentes. La gente que cruzaba por el vado camino de Jerusalén o provenientes de allí se extrañaron de ver a este insólito maestro que parecía hablar como un rabino pero que ofrecía una visión de la vida tan peculiar. Ningún escriba o doctor de la ley hablaba como Jesús. El Maestro tenía una prédica completamente original y nueva. Su enseñanza empezaba siempre con una visión acerca de Dios mediante las comparaciones y las metáforas relativas a la paternidad. Solía utilizar las relaciones familiares como base para sus historias, en las que dejaba relucir algún aspecto de la personalidad de Dios. Hablaba de lo divino sin tapujos, sin miedo, y llamaba a Dios «su padre» sin temblarle la voz. Los escribas enseñaban que había que mencionar a Dios con temor y reverencia, y con voz temblorosa. Que Dios no debía ser motivo de conversación, si era posible evitarlo, o al menos no debía serlo de personas profanas o iletradas. Pero Jesús parecía estar por encima de todas aquellas prescripciones no escritas, de toda aquella superstición que permeaba la mente judía. Sus palabras sonaban en un arameo galileo pulcro y culto, y su discurso y la respuesta a las preguntas que le hacían eran claras y rápidas. Demostraba una gran sabiduría y reflejos al responder. No era alguien más que se creía sabio pero que luego no decía más que necedades, como muchos ermitaños que surgían como las piedras del desierto por toda Judea. Jesús era alto, fuerte, musculoso para el arquetipo judío, y tenía una mirada vibrante y una voz ronca y varonil. Se le notaba una gran cultura para su época, pero sus palabras parecían de otro mundo, de otra civilización. No sonaban ni propias de romanos, ni de egipcios, ni de griegos. Algunos querían pensar que estaban ante un judío de Babilonia, pero quienes venían de viaje desde Mesopotamia sabían que tampoco entre las escuelas de los rabinos más orientales se daban aquellas enseñanzas.
Durante esta primera semana en «Betania Más Allá del Jordán» cientos de viajeros escucharon las enseñanzas de Jesús. El Maestro había parecido esquivo y hasta temeroso de las multitudes durante aquellas últimas semanas, todo el día solitario en las colinas, pero los apóstoles sabían la verdad, y habían comprobado durante sus meses de asociación con su maestro que el Rabí no se arredraba ante nada ni ante nadie. Esta fue la primera vez que le vieron dirigir la palabra de un modo tan abierto a las multitudes.
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El lunes 3 de marzo Jesús recibió una gratificante visita. Su amigo Lázaro había bajado hasta el Jordán para reencontrarse con él. Los rumores de que el nuevo profeta galileo se había estacionado junto al vado del río ya circulaban por toda la ciudad santa.
Jesús se alegró muchísimo de volver a ver a Lázaro, y se interesó vivamente por Marta y María, sus hermanas. Hacía ya un año y medio largos desde su anterior visita, y al parecer todas las cosas discurrían muy bien para los tres hermanos huérfanos. Los negocios iban bien y llevaban una vida próspera.
Lázaro contemplaba ahora a su viejo amigo, y casi no podía reconocer en él a aquel muchacho pensativo y enigmático que conociera años atrás. Ahora era un elocuente orador, lleno de fuerza y carisma, cálido y atrayente. Un gran cambio se había operado en Jesús desde la última vez que se habían visto. Lázaro se quedó impresionado con las multitudes que le seguían y con la innumerable población que acudía para conocerlo. Pero no pudo quedarse más que un día, y el martes se despidió de Jesús, no sin antes prometerle regresar pronto.
Cada vez más el campamento de Jesús y los doce crecía de modo descontrolado. Eran decenas y decenas de judíos de todas partes, e incluso extranjeros de paso, los que se detenían durante algún tiempo a escuchar los discursos de Jesús impresionados por las maneras y los contenidos de su enseñanza.
Empezaron a seguir una rutina constante. El maestro dirigía la palabra por la mañana, los doce lo hacían por la tarde, y por la noche Jesús repasaba en privado para los apóstoles los conceptos avanzados acerca del reino. Durante estos días el Maestro pudo comprobar que los doce seguían utilizando de un modo muy laxo sus enseñanzas y las conformaban a su manera prefijada de pensar. Así pues, los oyentes de cada discípulo terminaban con unas ideas un tanto distintas a las propias de Jesús según qué apóstol fuera su enseñante.
Aunque el Maestro no estaba preocupado por el hecho de que sus enseñanzas no fueran del todo bien comprendidas por sus amigos, sí le preocupaba que fueran tergiversadas y mal entendidas en un futuro cuando él ya no estuviera. Se había propuesto, de ahí en adelante, hasta el momento que preveía seguro de su muerte, lograr formar un grupo de seguidores que pudiera continuar su obra lo más fielmente posible una vez él hubiera partido. Así pues Jesús pensó en cómo elevar y aclarar los conceptos de sus doce íntimos, y decidió utilizar el mismo procedimiento que ya usara una vez, retirándose aparte con Pedro, Santiago y Juan e impartiéndoles a ellos la enseñanza para que después aleccionaran al resto. Jesús se daba cuenta de que las lecciones en grupo a veces no eran bien aprovechadas por todos, y que por la noche muchos estaban muy cansados y no atendían bien a lo que les decía.
A la semana de llegar a Betabara así se lo comunicó a los doce, dejando a Andrés a cargo de todos los asuntos, y anunciando que durante unos días se retiraría a solas con los tres apóstoles.
Sobre «Betania Más Allá Del Jordán» véase el artículo Betabara. ↩︎
La imposición de manos como rito judío ya aparece en Gn 48 cuando Jacob las impuso sobre los hijos de José, y en Dt 34:9 cuando Moisés transfiere su autoridad a Josué. Era un rito que se utilizaba como símbolo de transmisión de poder, y aunque no está explícitamente constatado en los evangelios que lo usara Jesús con los discípulos, después sí fue usado con profusión por la iglesia cristiana (Hch 6:5-6; Hch 13:1-3). Pero a los seguidores de Jesús se les metió en la cabeza la idea de que mediante este rito se podían curar enfermedades a través de un poder que creían que les había transmitido Jesús (Mt 10:1; Mc 3:13-15; Mc 16:15-18; Lc 6:19; Hch 28:7-8). ↩︎