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Miércoles, 5 de marzo de 27 (7 de adar sení de 3787)
Este día Jesús, Pedro, Santiago y Juan abandonaron el campamento muy temprano, cuando casi no había amanecido y todos dormían. Se dirigieron al Jordán y pagando al barquero, atravesaron las gélidas aguas del río hacia la orilla occidental. Los apóstoles no sabían aún muy bien dónde quería llevarles Jesús. Al preguntarle, el Maestro tan sólo hizo un gesto en dirección al sur de Jericó. Allí, unas escarpaduras se elevaban a sendos lados del nahal Perat. A los tres discípulos se les hizo un nudo en la garganta. Aquellos riscos no eran un lugar nada halagüeño. La proximidad de las antiguas fortalezas de Herodes, en especial de Kypros, les puso un tanto nerviosos. En estas fortalezas era donde ahora estaban acantonadas las tropas romanas para supervisar la región. Pero viendo la decisión de su rabí, no quisieron contradecirle.
Durante esta mañana Jesús y los tres apóstoles se dedicaron a escalar aquellas horadadas colinas, llenas de surcos y grietas provocadas por el paso del tiempo y las inclemencias del viento y el agua. Al Maestro estas escaladas le resultaban sumamente excitantes e inspiradoras. Agradecía la caricia del sol cuando surgía de entre los amenazantes nubarrones del mes de febrero, y se estusiasmaba contemplando la agreste fauna de esta ruda zona de Judea.
Antiguamente esta zona estaba poblada de bosques, pero ahora los árboles representaban una excepción. El paisaje ahora tan sólo ofrecía densos matojos y carrascales. La acacia raddiana, robusta y solitaria en medio de la desolación de los wadis, con sus afiladas púas y sus retorcidos frutos, era la única sombra permitida en estas estribaciones. En sus ramas se cobijaban fácilmente las alondras del desierto, las currucas cabecinegras, los camachuelos y las alondras ibis, a las que Jesús escuchaba cantar como hechizado. El Maestro siempre disfrutaba de la contemplación de la naturaleza rabiosa y salvaje de Palestina.
La primavera en puertas traía la floración de las orquídeas mariposa y del tojo, que desplegaban sus flores amarillas con un destello de llamativo color, de los gladiolos, las jaras pringosas, los ranúnculos asiáticos y multitud de flora que despertaba a la vida. El Maestro sorprendió a los tres apóstoles con sus profundos conocimientos en botánica y con su capacidad para reconocer las aves. Aquella era época de migración y miles de aves cruzaban el territorio judío rumbo al norte, evitando el mar. Jesús identificaba con facilidad las bandadas de cigüeñas blancas y negras, las águilas, los milanos negros, los ratoneros y los pequeños gavilanes. Desde las crestas solitarias de los wadis se podía contemplar extasiado esta invasión aérea que recorría puntual la tierra santa todos los meses de marzo y abril.
En medio de esta belleza, el Maestro buscó un lugar donde sentarse y dirigirles la palabra. Deseaba ofrecerles enseñanzas avanzadas sin condicionarse por sus oyentes, y sabía que Pedro, Santiago y Juan eran los más preparados de entre los doce. Mientras ascendían por las laderas, Pedro había iniciado una conversación casual con Jesús acerca de su trabajo como predicadores. Simón estaba sobre todo preocupado por la forma en la que tratar a las multitudes para lograr el mayor éxito posible. Y el Rabí no era ajeno a estas inquietudes que sabía que discurrían por la mente de todos sus discípulos. Por tanto, este día su mensaje empezó siendo una reflexión sobre el tema. En esencia les dijo:[1]
—Los maestros del reino deberían practicar sobre todo la humildad. Es muy frecuente la tentación de creerse alguien especial y superior por el mero hecho de ser los escogidos como propagadores de la verdad divina. El auténtico maestro del reino sabe que tan sólo es un instrumento, una pieza más que debe ofrecerse en forma de servidumbre al prójimo. No es por medio de las elocuentes palabras, o mediante los emotivos discursos, por el que los hijos de Dios se sentirán atraídos a iniciarse en los caminos del Padre, sino más bien es la vida que vivan los maestros, el ejemplo viviente que den a quienes les contemplen, el que hará que estos iniciados se vuelvan conscientes del reino, y se sientan inducidos a preguntar a los creyentes acerca de los caminos del reino.
› Recordad que os he dicho repetidas veces que la verdad está viva. Es una realidad que crece, pues si no es capaz de crecer y desarrollarse, se pierde. Sirve a un fin, y si no puede ofrecer ese servicio, entonces pierde el sentido de su existencia. Los maestros de la verdad no son los custodios de la verdad, son sólo sus voceros. La verdad no puede contenerse, no puede almacenarse o guardarse en espera de otros tiempos. Cada generación está llamada, dentro de las posibilidades que ofrece el avance espiritual de cada tiempo, a ofrecer los frutos apropiados al avance de la época. Aquellos que se presenten en la siguiente etapa únicamente con los mismos dones que se les proveyó, y que no hayan producido más de lo que inicialmente se les entregó, serán obligados a empezar de nuevo, y si persistentemente se niegan a rendir sus frutos, entonces serán retirados de los caminos del Padre y sus dones serán entregados a otros más dispuestos a aprovecharlos.
› Quienes están buscando la verdad no están buscando un bello y conmovedor discurso. Las palabras hermosas sólo sirven durante un corto tiempo como estímulo auténtico en el corazón del creyente. Lo que el buscador de la verdad desea es contemplar las realidades espirituales eternas y divinas. Desea en lo profundo de su ser poder disfrutar ya en esta vida de las glorias majestuosas de certeza espiritual y de alegría celestial que se disfrutan en las vidas futuras.
› Pero yo os digo que estas realidades pueden ser disfrutadas aquí, ahora, en este tiempo y en esta generación, y dentro de este mundo. Quienes miran a la vida futura como la solución a sus males del presente, sólo están escondiendo su cabeza de los problemas, y su mayor dificultad está en su falta de coraje y en su tibia indecisión. Estos problemas no se resuelven en los Cielos. En la vida futura, el creyente deberá seguir enfrentándose con el reto de la fe, con la lucha de la búsqueda de la verdad, y con el esfuerzo de seguir en el camino del Padre. El Cielo no es un lugar de gracia estática y contemplación sublime donde los problemas desaparecen y ya nada turba de preocupación al hombre. El Cielo es, simplemente, la continuación de los esfuerzos por buscar a Dios que todos los hombres y mujeres empezaron en esta Tierra, aunque en medio de mayores dificultades.
› Por tanto, ¿qué debéis ofrecer a quienes acudan a vosotros ansiosos y sedientos de la verdad? ¿Creéis que bastará con que les dirijáis un mensaje de esperanza y aliento, con que les repitáis las palabras que yo os digo, tamizadas bajo la criba de vuestro entendimiento? Debéis rendir mayores frutos, hijos míos. Es vuestra vida, la forma en que la viváis ante los hombres, la que dará testimonio viviente de la verdad que habita en vosotros. Vuestra vida será la verdad que será diseminada a los cuatro vientos del mismo modo que refleja un metal la luz. Brillará de tal modo la verdad en vosotros si vuestra vida es un reflejo de la voluntad del Padre, que tan sólo con que los hombres os contemplen, se sentirán llamados a adherirse al reino.
Juan preguntó:
—¿Y qué es, Maestro, lo más importante que hemos de enseñar a los hombres?
Jesús se extendió especialmente en esta respuesta:
—Mirad, hijos míos, de todas las cosas que podría revelaros, ninguna sería de tanta importancia y trascendencia como la verdad eterna de que Dios es vuestro Padre del Cielo, un padre amoroso, amable y paciente. Lo único que tenéis que hacer es revelar a cada hombre individual la realidad de esta filiación. Debéis descubrir a mis hijos que todos sois hermanos, hijos e hijas de un mismo Padre. Revelad esta gran verdad a vuestros hermanos y hacedles conscientes de esta relación filial. En segundo lugar, habladles de la fe, esa realidad que anida en el corazón de todo hombre y mujer que busca y anhela a Dios. Y decidles que tan sólo la fe, el regalo del Padre a todos sus hijos sin distinción, es el único requisito que habrán de pagar para contarse entre los convocados en los concilios del reino. Y de este modo, cuando estos hijos esclarecidos se sientan renovados y renacidos, ellos se encargarán de presentarse ante Dios como sus hijos de fe. Ellos descubrirán el modo de sentir la presencia de su Padre, y su Padre, a su vez, de descubrirse ante ellos.
—Pero, Maestro, no te entiendo bien. Estas dos creencias ya forman parte de nuestro pueblo desde tiempos antiguos. ¿Qué hay de nuevo en esta enseñanza?
El Maestro sonrió pero respondió como un rayo, con un decisión sublime:
—Todo y nada, Juan. ¡Qué razón tienes al decir que esta enseñanza no es nueva! Pues estaba aquí ya incluso cuando Melquisedec, mi antecesor, se presentó sobre la Tierra. Pero qué nueva suena a los oídos de esta generación que aún habita en las tinieblas espirituales, por desgracia. Realmente no comprendes el alcance de estas exigencias. Dices que son meras creencias porque durante muchos años los escribas os han enseñado que buscar a Dios es una mera cuestión estática de lealtad a unas ideas, a una forma de pensamiento. ¡No son creencias lo que os traigo, Juan! Las palabras que os hablo son sólo el reflejo del propósito de mi vida, pero lo que quiero ofreceros es «el camino, la verdad y la vida» auténticas. Hay muchos caminos en el mundo, pero sólo un camino espiritual es el que conduce al Padre. Hay muchas ideas con sólo parte de verdad en este mundo, pero existe una Verdad única. Y existe una vida terrenal, pero la que permanece, la que perdura, es la vida futura. ¿De veras crees que el mundo ha comprendido ya estas dos grandes verdades que os he descrito? ¿Crees que nuestros hermanos judíos han comprendido lo que significa que todos los seres humanos, sin distinción ni condición, son hermanos entre sí, hijos de un mismo Padre? ¿Por qué los judíos tratan entonces de un modo tan despectivo a los gentiles? ¿Por qué les relegan a los últimos puestos en la sinagoga, llamándoles «los temerosos de Yahvé»? ¿Crees de verdad que el mundo ha comprendido lo que es la fe? La fe, Juan, no tiene que ver con libros, ni con leyes, ni con sectas. No tiene nada que ver con las organizaciones humanas. Las instituciones religiosas son un producto humano muy loable, pero no son una consecuencia de la auténtica fe, sino del sentimiento de grupo. La fe, Juan, es una realidad espiritual, una de las más puras y perfeccionadas realidades espirituales. La fe es el alimento del espíritu. Y es una realidad viva. Pero no te confundas. No crece por el mero hecho de pertenecer a un grupo religioso, o por practicar ciertos hábitos y ritos periódicos. La fe se incrementa mediante la experiencia viva de la vida. Es la vida, y sobre todo, cómo se vive la vida, la que hace crecer la fe, la que hace que se desarrolle y gane en estatura.
› Mirad, hijos, yo he venido a la Tierra para establecer unas relaciones personales y eternas con todos los hombres y mujeres. Y estas relaciones siempre tendrán prioridad sobre toda cualquier otra relación humana. Las instituciones religiosas, las sectas y los grupos son algo puramente temporal. Lo que yo deseo es que os sintáis parte de la nueva hermandad espiritual de los hijos de Dios. Y escuchad bien: esta hermandad no se restringirá sólo a los hijos de Abraham, sino que deberá extenderse a todos los hombres y mujeres de todas las naciones, de todas las épocas, y de todas las condiciones sociales. La única recompensa que os ofrezco es ésta: aquí y ahora, en este mundo, la alegría espiritual y la comunión divina; en el mundo futuro, la vida eterna, el desarrollo sin fin de las realidades espirituales divinas, y la búsqueda excitante del Padre Paradisíaco.
A pesar de las rotundas palabras de Jesús, había un halo de insatisfacción en los tres apóstoles con las ideas de su maestro. Parecía que Jesús les recriminara su excesiva atención a los aspectos formales del movimiento, pero no eran esas las intenciones del Rabí. Y volvió de nuevo a la carga remachando lo que él llamó «las dos verdades de capital importancia en las enseñanzas del reino»:
—Recordad, es la fe viviente lo que ha de concerniros. Conseguid la salvación por medio de la fe, pero no una fe pasiva de mera creencia, sino la fe viva, la única que es capaz de conseguir la auténtica libertad humana mediante el reconocimiento sincero de la verdad. Cuando conozcáis la verdad, la verdad auténtica, esa verdad os volverá hombres libres. Yo sé que resulta muy difícil, que hasta parece imposible ahora, rodeados de tanta impiedad e imperfección en el mundo, aspirar a lograr descubrir la verdad, la verdad genuina e imperecedera. Pero no desfallezcáis, y no desesperéis. Lo que por vuestros propios medios no lograréis, lo que vuestras luchas y vuestros esfuerzos no lograrán ni en muchas vidas, lo conseguirá por vosotros el Espíritu de la Verdad, el maestro que yo prometo enviaros cuando haya regresado a mi Padre de los Cielos.
Sus amigos estaban presos de la confusión y Jesús, volviendo en sí de la fogosidad de sus palabras, añadió con una sonrisa:
—Es comprensible que ahora todo esto os parezca difícil de entender, pues no sólo os estoy desvelando las claves de esta época, sino que estas enseñanzas contienen los elementos esenciales de la verdad para toda una era en la Tierra, y para edificación de muchos otros mundos que ahora no imagináis siquiera. Pero no os llenéis de desazón. Llegará un día en que estas verdades serán claras y comprensibles para vosotros.
Pasaron la jornada recorriendo los peligrosos cerros que circundaban los wadis al sur de Jericó, escuchando las palabras de Jesús, y buscando de paso un lugar donde obtener cobijo. Finalmente seleccionaron una pequeña gruta natural en una de aquellas agrestes cárcavas. La noche era muy fría y era necesario encontrar refugio para encender un fuego y poder calentarse.
Esa noche, ante un escaso refrigerio, y al abrigo árido de las rocas de la caverna, Jesús parecía dispuesto a ofrecer a sus íntimos amigos confidencias mucho más personales y secretas que las que les había revelado hasta ese momento. Y en tono privado, les confesó:
—Yo no soy sólo lo que vuestros ojos ven, hijos míos. En realidad he sido enviado desde lo alto con el encargo de servir como instructor y maestro de esta generación, y con el fin de presentar la verdad espiritual a las mentes materiales de este mundo.
› Pero entended lo que quiero decir con la verdad espiritual. No me refiero a las enseñanzas que hacen temblar de emoción a los sentidos, no a esas predicaciones que resultan tan atractivas para los tibios de corazón, para aquellos que sólo buscan consolar su intelecto con unas verdades estáticas que dirijan sus actos. La verdad que yo quiero transmitir busca llegar directamente al alma del hombre, y aspira a alcanzar el espíritu a través de la mente.
› Y esta verdad es una realidad viva, que se experimentará en el corazón de aquellos dispuestos a no desfallecer en su busca.
› Esta verdad será una nueva norma de conducta humana. Pero mirad, yo no he venido sólo para dar ejemplo con mi vida a unas pocas criaturas de esta Tierra, sino para todos los mundos de un universo entero.
Como los tres apóstoles reflejaron en sus rostros un total desconcierto, Jesús se decidió a llevar sus revelaciones aún más lejos:
—Mirad, hijos míos, este mundo en el que vivimos no es el único lugar del universo que está habitado por seres humanos. En otros mundos distantes, millares de otros pueblos y culturas habitan y se desarrollan en su vibrante progresión hacia el futuro.
Pedro no tardó en formular varias preguntas ante estas asombrosas declaraciones. Las respuestas del Rabí fueron éstas:
—El universo es mucho más vasto y poblado que lo que los filósofos de nuestro tiempo han supuesto. Existen miles de millares de mundos, lugares incontables, plagados de vida y rebosantes de humanidad. Todos estos pueblos están, como este mundo, sedientos de la palabra viva, y a todos ellos me debo del mismo modo que a vosotros.
Juan no entendía. ¿Se refería Jesús a los hindúes, a los séricos, a los habitantes distantes del oriente? ¿Dónde estaban esos otros mundos? Jesús hizo un gesto con el dedo y apuntó hacia arriba, a través de la abertura de la cueva, hacia la oscura noche estrellada. Los tres amigos miraron embobados a la bóveda celeste, sin comprender. ¿Dónde? ¿En las estrellas? La concepción de aquella época no contemplaba la idea de que las estrellas fueran sino diminutas luminarias. ¿Cómo podían, entonces, existir en ellas una población humana tan ingente?
Jesús sabía que pisaba terreno pantanoso, y no queriendo ahondar más en la confusión de sus amigos, trató de continuar por otros derroteros. Pero Santiago no le dejó, regresando a la idea que había descubierto el Rabí sobre su persona. Y le preguntó: «¿Pero de dónde vienes tú, maestro?».
Jesús pensó un segundo su respuesta. Un frío helador se coló por la entrada de la cueva:
—Mi misión en la Tierra es una continuación de otras revelaciones que forman parte de los planes del Padre para cada mundo habitado. Yo provengo de lo alto, y mi comisión representa al Padre celestial. He venido a realizar la voluntad de mi Padre así como mis antecesores representaron la voluntad e influencias de otras personalidades de la Deidad.
—Pero, maestro, ¿cuál es tu propósito? ¿Qué obra quieres realizar en el mundo?
—Mirad. Las ministraciones anteriores de la verdad os han mostrado la revelación creciente del Padre celestial. En diferentes épocas, al Padre se le ha conocido bajo diferentes apelativos y con un carácter distinto. Aún en este tiempo el carácter celoso y colérico de Dios no ha sido erradicado de la mente de la humanidad. Muchos pueblos de la Tierra aún claudican a la idea de que es necesario el uso del sacrificio sangriento para aplacar la ira divina y así obtener el favor del Cielo.
› Mi propósito al ofrecerme a este mundo no es sino traer una nueva luz mayor y más completa sobre la personalidad del Padre celestial. Sólo cuando el hombre comprenda la verdad sobre su Padre paradisíaco podrá aspirar a emular la perfección más alta y a alcanzar la bondad absoluta del Padre del universo. Y esta revelación sobre la auténtica naturaleza de mi Padre espero mostrarla al mundo de modo más fiel y abierto a través de mi vida de ofrecimiento y entrega. No pretendo ofrecer sólo un ejemplo de vida a unas pocas criaturas de la Tierra, sino que he venido para establecer y hacer visible un modelo de vida humana y sobrehumana para todos los pueblos de todos los mundos en todo nuestro universo.
› Y para asegurarme de que mi Padre sea reconocido, mi plan va a ignorar intencionadamente a los poderosos de la Tierra. Por mucho tiempo los pobres y los desamparados han sido ignorados por la mayoría de las religiones derivadas de las anteriores ministraciones. Pero eso va a acabar. A partir de ahora vosotros no despreciaréis a ninguna persona que quiera unirse al reino, ya sean pobres, esclavos, bastardos, enfermos, tullidos, lisiados, leprosos, gentiles, paganos, ateos, filósofos, médicos…[2] Dará igual si son judíos o bien extranjeros de tierras lejanas. Mi plan no es sólo para con los judíos. Mi plan abarcará el mundo entero. —Jesús se puso en pie, abrió todo lo que pudo los brazos, y saliendo al frío de la noche, dijo en alta voz—: No, no sólo al mundo entero, sino a todo un universo.
Pero los tres apóstoles se miraron algo vacilantes y escépticos. «¿Es que Jesús había perdido el juicio?», pensaron. «¿Desde cuándo los gentiles iban a entrar en igualdad de condiciones a los judíos en el reino?». «Quizá si ocurriera una conversión masiva del resto de pueblos extranjeros al judaísmo…», pensó Juan, «pero, ¿cómo pretendía su maestro hacer semejante proeza? ¿Quién era Jesús para presumir de tener tal poder?». Los tres apóstoles no quisieron contradecir a su rabí, pero ya les parecería mucho si lograban conseguir las multitudes que había reunido Juan Bautista.
Pedro se atrevió a preguntar, lanzando uno de sus típicos interrogantes sin reflexión:
—Mucho mal habrás de eliminar de este mundo para lograr alcanzar tan vasta meta, mi maestro.
Jesús se había quedado abstraído mirando la oscuridad del cielo encapotado, absorto por unos instantes. Pero volvió en sí con la alocada interpelación de su impetuoso amigo.
—No deberíais estar tan afectados por el mal de este mundo. Que la impiedad y la falta de amor de este mundo no nuble vuestra visión. A pesar de toda la maldad que parece imperar en la Tierra, la realidad de este planeta es que está sujeto al dominio y el poder de fuerzas benévolas y su destino está guiados por invisibles potencias del bien que no dejarán nunca que el mal triunfe.
› Pero no os confundáis. No veréis suceder grandes cambios en esta generación. El mal seguirá por mucho tiempo persistiendo en la Tierra. Llevará muchas edades erradicar de esta Tierra las pérfidas cosechas de la crueldad y el odio humanos. No esperéis ver a vuestro maestro terminar sus días en la Tierra triunfante y sobrepuesto a sus enemigos.
› En esta ministración debo seguir los mandatos a los que decidí someterme antes de mi encomienda, consejos que me fueron sugeridos por mi hermano del Cielo, mi asociado en lo alto, el Emmanuel paradisíaco que me asiste en mi creación, llamado Emavín.
› Estoy aquí para hacer única y exclusivamente la voluntad de mi Padre, no la mía propia. Y sé que su voluntad, por muy dura y frustrante que pueda parecer, algún día llegará a triunfar. Algún día regresaré a este mundo y me veréis descender con mi aspecto real, triunfal y exitoso, rodeado del júbilo y la aprobación de todos mis súbditos.
› Pero esto no ocurrirá en esta época. Ninguno veréis esa época dorada de gloria y esplendor con la que soñaron todos los antiguos profetas.
› Ahora nos corresponde ser fieles a los dictados y recomendaciones de nuestros superiores. Pero aunque el mundo pueda parecer hostil, aunque en ocasiones nuestra obra esté cerca del fracaso más absoluto, no me siento ansioso ni preocupado por el destino de mi obra ni por el mal ni la oposición que pueda encontrar en esta Tierra. Mi destino está en manos del Padre, y en esa idea encuentro la paz y la seguridad para saber que todo lo que me ocurra en un futuro será para mi bien y para el bien de todo un universo.
Este discurso de Jesús está basado en las indicaciones que ofrece El Libro de Urantia sobre estas enseñanzas privadas (LU 141:7). ↩︎
Cuando Jesús les dice a sus amigos que no desprecien a los médicos que quieran unirse al reino, conviene tener presente que la profesión de médico era muy despreciada entre los judíos. Este tema se trata en el artículo Grupos según la pureza racial en tiempos de Jesús. ↩︎