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Los dos días siguientes el Maestro y los tres apóstoles continuaron recorriendo las agrestes estribaciones de Jericó[1], evitando los caminos y transitando por lugares escarpados y abruptos, lejos de las miradas curiosas. El Rabí continuó con sus lecciones avanzadas para sus tres amigos más íntimos, con la esperanza de que las comprendieran y luego las transmitieran fielmente al resto de los doce. Pero iba a resultar un empeño complicado.
Al regresar al campamento, los cuatro ausentes se encontraron a los discípulos un tanto alborotados y presas de la discordia. Las diferencias entre los discípulos del Maestro y del Bautista se habían acentuado. La presencia de Jesús solía calmar los ánimos, pero esos tres días de retiro no habían podido contar con su consejo y paciencia, y se habían disparado los recelos.
El resto de los doce y los discípulos de Juan se reunieron en torno a Pedro y los Zebedeo esperando escuchar las nuevas enseñanzas del Rabí. Jesús les había pedido que ahora ellos instruyeran a los demás acerca de las cosas que les había enseñado, pero los tres discípulos no tardaron en modificar y adaptar las palabras de Jesús hacia sus propias convicciones. Resultaba inevitable. Amaban a su maestro y le reverenciaban, estaban convencidos de su mesianismo y de su poder. Pero no eran capaces de aceptar sin vacilar sus enseñanzas. No importaba la cualificación de los apóstoles. Todos caían en el mismo error cuando trataban de transmitir el mensaje de Jesús. Algunas veces llegaban a comprender algo, pero al instante, en la siguiente frase, erraban en sus consideraciones. El Maestro lo sabía y a pesar de ello les dejó a solas durante los días posteriores, sin intervenir en sus discusiones y disputas.
Pedro, Santiago y Juan apreciaban las supremas cualidades humanas de su rabí. Les maravillaba comprobar lo equilibrado y estable que era; su tranquilidad en todas las situaciones. Veían al Maestro, y podían extasiarse con su falta de ansiedad y desconcierto. Jesús parecía ver el futuro. Parecía vivir ajeno a todas las preocupaciones humanas. Nada parecía inquietarle. Pero no eran capaces de aceptar sin más algunas de sus declaraciones. Les parecían un compendio de buenas intenciones, pero poco realistas. Como la declaración en favor de los gentiles. Pedro podía admitir en el reino a los enfermos, pero nunca a los gentiles. Santiago y Juan tenían pensamientos parecidos. Los gentiles debían convertirse al judaísmo para ser aceptados al reino. Sin embargo, la postura de Jesús estaba clara: ninguna conversión era necesaria para entrar al reino. Bastaba simplemente con la fe, y todos serían admitidos.
Cuando algo así no encajaba con los planteamientos tradicionales, los discípulos no dudaban en alterar o adaptar las enseñanzas de Jesús. Llegaron a la conclusión de que la idea del Rabí acerca de los gentiles y su admisión al reino no se refería a una entrada de los gentiles al reino en el momento presente, sino en un momento futuro y sólo para unos pocos privilegiados, cuando el reino llegara a su pleno cumplimiento.
Pedro polemizó también mucho con algunos de los doce acerca de la revelación de Jesús sobre ese ser extraño al que el Rabí había llamado Emavín, y también Emmanuel. Recitó de memoria algún pasaje de las escrituras donde aparecía mencionado, pero erróneamente, se le metió a Pedro la idea de que Jesús, en forma de parábola, en realidad les había estado hablando de sí mismo, y este ser celestial, llamado Emmanuel, no era otro ser que Jesús en persona, en su forma divina.
Estas elucubraciones sobre Jesús como ser divino, aunque compartidas por Juan Zebedeo, no tuvieron mucho éxito entre el resto de los doce y mucho menos entre los discípulos de Juan.
—Pedro, admitimos que el Maestro es a veces divino en sus actos y demuestra un espíritu propio de los grandes profetas, pero de ahí a insinuar que él sea un ser celestial… —le censuraban.
Sin embargo, Jesús había dejado traslucir bien claro que él había sido enviado desde el Cielo, y tanto Pedro como Santiago y Juan trataron de convencer a los demás de que Jesús era alguien especial.
Así pues las discusiones y las largas tertulias debatiendo sobre uno y otro tema no pararon en los días siguientes. Pero la realidad de las multitudes no permitía muchos descansos a los predicadores, de modo que tuvieron que regresar a la rutina del trabajo y olvidarse de aquellos embrollos.
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Sábado, 8 de marzo de 27 (10 de adar sení de 3787)
Este día Jesús y los doce acudieron a la sinagoga de Betabara cumpliendo con el precepto del sábado. Muchos se agolparon en la beth kneset de esta ciudad para escuchar al renombrado rabino, pues Jesús se hizo cargo de las lecturas de la parasah[2], del targum, y del comentario. Todos quedaron impresionados de la profunda comprensión y conocimiento que parecía tener aquel hombre.
En esta ocasión Jesús no continuó con sus enseñanzas de los últimos días, sino que simplemente se limitó a realizar una traducción y aclaración de los textos de la escritura que correspondían a esa semana litúrgica.
Al día siguiente, Andrés convocó a los doce para una reunión matutina. Abner había hablado con Andrés el día antes de lo interesante que resultaría visitar Jericó, donde el Bautista gozaba de muchos simpatizantes y seguidores. Así que sugirió a los apóstoles que el grupo podría cruzar el vado para extender su labor a esta ciudad. A todos les pareció bien.
Andrés consultó la idea con Jesús. El Maestro se mostró encantado de ver que su jefe apostólico empezaba a mostrar iniciativa fuera de su propio consejo, y accedió de buen grado a la idea. La única objeción que puso el Rabí, no obstante, extrañó a Andrés. Le pidió que procuraran no hacer predicación pública en esta ciudad; y que se limitaran a ir de casa en casa como habían hecho en el pasado.
El jefe de los doce no entendía muy bien a qué se debía esta precaución, pero Jesús tenía sus motivos. En Jericó entraban en otra toparquía, perteneciente a Judea, y estaba bajo jurisdicción directa del prefecto de turno, en este caso del nuevo prefecto, Pilatos, que ya había dado una buena muestra de que no era muy sensible hacia las costumbres judías. La fama de Jesús empezaba a arrastrar crecientes multitudes, y el Maestro, en muy buena previsión, quería evitar llamar la atención, al menos por el momento, del nuevo gobernador.
Andrés se las apañó para organizar las visitas a Jericó de modo que no interfiriesen con el actual trabajo de predicación a las multitudes junto al vado. Al menos tres veces por semana, cada vez una pareja distinta acudía a Jericó para hacer apostolado por las casas. Las parejas ya siempre quedaron establecidas tal y como las había organizado Jesús en el pasado: Andrés y Pedro, los dos hermanos Zebedeo, Felipe con su amigo Natanael, Mateo y Simón, los gemelos Alfeo, y la última pareja formada por Tomás y Judas. Sin embargo, Judas pidió permiso a Andrés para no entrar en Jericó, a causa de su familia, que le había repudiado. Todos, comprendiendo el sentir del último apóstol, le dejaron hacer, relevando su posición con algún otro apóstol que estuviera libre en ese momento.
Abner y el resto de discípulos de Juan también se unieron a las parejas de apóstoles en sus esfuerzos por llevar la nueva palabra. No en vano, conocían a muchos seguidores de Juan en la ciudad. Visitaron muchas casas de simpatizantes del Bautista, y no pararon hasta convencer a cada creyente en Juan a que aceptara el nuevo evangelio de Jesús. Muchos en Jericó aceptaron de buen grado esta nueva enseñanza, pues en el fondo los apóstoles de Jesús y los seguidores de Juan, contraviniendo las verdaderas enseñanzas del Maestro, habían homogeneizado su predicación y transmitían una visión muy similar a la propuesta por Juan. Es decir, afirmaban «que el reino se acercaba y había que hacer actos que prepararan a la nación para este magno acontecimiento. Y el mayor de todos era tener fe en la bondad del Señor, que se comportaría como un Padre bueno y amoroso con sus hijos fieles de la casa de Israel». Resultaba evidente que estas no eran las exactas ideas de Jesús, pero al menos lograron un mayor éxito que si se hubieran ceñido al mensaje de su maestro.
Fue en Jericó, por primera vez, donde los apóstoles y los seguidores de Juan finalmente se aplicaron el encargo de Jesús de atender a los enfermos y aliviar sus sufrimientos. Los seguidores del Bautista se habían mostrado muy reticentes a cumplir con esta recomendación del Maestro. Pero en Jericó se encontraron en muchas casas con personas enfermas. Unas fuertes fiebres azotaban la aldea y muchas familias tenían a alguno de sus miembros aquejados de un extraño mal. Los discípulos, hasta donde sus conocimientos médicos llegaban, trataron de aliviar el calor y el sofoco de estas pobres gentes a base de lienzos mojados en agua y baños rituales en corrientes frías.
No era lo más recomendable, pero en aquellos tiempos era todo lo que se creía que podía hacerse para frenar estas fiebres. Sin embargo, más que todos los remedios caseros, lo que más animó y estimuló a estas gentes fueron las novedosas palabras de los doce y de los de Juan proclamando sin dudar que habían encontrado al Mesías en Jesús. El maltrecho ánimo de muchos se iluminó un poco con estas viejas promesas que parecían hacerse realidad.
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Pero la relación entre los apóstoles y los seguidores de Juan, que había mejorado un poco durante estas visitas a Jericó, terminó por estropearse en Betabara. Los de Juan, en especial Jacob y Recab, no habían renunciado del todo a la idea de instaurar el bautismo como rito oficial del evangelio de Jesús, tal y como hiciera el Bautista.
El detonante de la nueva discusión surgió a raíz de una visita a Jericó. Una familia de antiguos seguidores de Juan, al aceptar el evangelio de Jesús y convertirse en seguidores del Maestro, no pararon de rogar a la pareja de apóstoles a la sazón en Jericó, que eran Andrés y Pedro, junto a Recab, que les había acompañado, que les bautizara en nombre de su maestro, tal y como Juan les había bautizado.[3]
A duras penas lograron convencer a esta bienintencionada familia de que su maestro no practicaba el rito del bautismo y que no era necesario que se bautizaran para entrar a formar parte de la nueva hermandad del reino. A pesar de toda la insistencia y las súplicas de estos nuevos creyentes, los hermanos Jonás se mostraron inflexibles. Durante el camino de vuelta al campamento, Recab no paró de hurgar en la herida. Tachó a los dos apóstoles de insensibles y se mostró muy descontento con la obstinada negativa a ofrecer a los nuevos creyentes un signo visible de su conversión. De nada valieron las suaves correcciones de Andrés recordando a Recab que simplemente seguían las indicaciones de su maestro. Pedro estaba bastante contrariado y no sabía cómo replicar al malestar de Recab. En el fondo, estaba dispuesto a conceder la razón al seguidor de Juan. Pero sabía la postura de su maestro, y evitó ahondar más en el agrio asunto.
Sin embargo, al llegar a la ciudad de lonas, el suceso no permaneció en el olvido. Pronto Recab relató el incidente a sus antiguos camaradas, que profesaban las mismas inquietudes acerca del tema del bautismo. Jacob se unió a esta pequeña rebelión, encabezando una protesta ante Abner por lo que había pasado. El jefe de los seguidores de Juan pidió calma y que le informaran.
—Abner, —inició la explicación Jacob—, no podemos prohibir a la gente a que celebren su unión a nuestra fe como mejor les parezca. Hay quienes desean practicar el bautismo, y los apóstoles del rabino Jesús se lo están prohibiendo.
Abner no parecía muy dispuesto a creer aquello, pero cuando Recab relató cómo habían negado el bautismo a la familia de Jericó, conocida por todos, Abner ya no supo qué decir. Les prometió que hablaría con Andrés.
—No, vamos a ir todos ahora y vamos a zanjar este asunto de una vez.
La fiereza de Jacob sorprendió a Abner, que veía en el sombrío horizonte cómo volvían los temibles nubarrones de la escisión, otra vez. La deserción de Esdras y la división de los seguidores de Juan producida meses antes ya había sido una penosa pérdida, y Abner no deseaba que volviera a producirse de nuevo.
—Está bien, —convino el antiguo líder nazareo. Era necesario no dilatar más la discusión.
Los doce ya estaban esperando a los seguidores de Juan. Andrés y Pedro habían comentado la situación que se les había producido en Jericó con la última familia, y discutían sobre la necesidad de hablar con Jesús acerca del tema.
Los once de Juan entraron en la tienda de los apóstoles y Abner, haciendo de portavoz, rogó que les escucharan. Había que hacer algo con el tema del bautismo, pues no podían negar a alguien que lo quisiera este rito milenario, que todos los judíos piadosos practicaban, de un modo u otro.
Andrés y los doce escucharon con interés todas las propuestas, y con preocupación en su rostro, empezaron a comprender que no podían seguir esquivando este problema. Pero, ¡es que el Maestro se negaba repetidamente a solucionar el asunto! ¿Cómo proceder? Algunos de los Juan propusieron obrar al margen del Maestro. ¿Acaso había dado alguna indicación en contra? Les había dicho simplemente que hicieran lo que consideraran. ¿Por qué no incluir entonces el bautismo en sus prácticas? Así pensaban.
Sin embargo, Elí, Menahem, seguidores de Juan, y Natanael el apóstol, que se atenían mucho más que nadie a la idea original del Maestro, no pararon esa tarde de rebatir de forma encendida en contra de ese proceder. «¿Cómo? ¿Obrar al margen de su maestro? ¿Y qué era eso de que Jesús no se había pronunciado en contra del bautismo? Repetidas veces le habían oído manifestar su ausencia de interés no sólo en el bautismo, sino en todos los rituales y ceremoniales judíos. El Maestro reclamaba un nuevo comienzo, donde la pureza del corazón era lo importante, no las formas y maneras exteriores».
La discusión estaba servida. A cada arenga de unos, la réplica de otros se posicionaba en contra. Bautismo sí, bautismo no. Todos tenían razones y motivos para lo uno y para lo otro. Y no se ponían de acuerdo. Las voces se agriaban y se iba subiendo de tono. Andrés y Abner estaban preocupados y nerviosos. ¿Pero dónde diantres se había metido Jesús?
El Maestro apareció por fin. Algunas tardes continuaba con sus habituales retiros a solas por las colinas, estableciendo contacto con las fuerzas espirituales de su universo. Regresaba pletórico después de retomar cientos de asuntos de su gobierno celestial. Pero el regreso al campamento le quitó la alegría de un plumazo, al percibir los pensamientos de sus amigos.
Apenas le dejaron cenar tranquilo. En cuanto se reunió con los doce, los seguidores de Juan le rodearon, y presionaron a Andrés y Abner para que le abordasen. Sin embargo, no tuvieron que insistir mucho a Jesús. Ya se daba cuenta de que había llegado el momento de decir algo.
—Mirad, hijos, —empezó diciendo Jesús—, durante este tiempo hemos trabajado como una familia, y os he ofrecido una gran libertad de acción en nuestra obra, no como actúan los rabinos de las escuelas de Jerusalén con sus alumnos. Lo he hecho así para que empecéis a vislumbrar el alcance de nuestra obra. Desearía que comprendierais que yo no estaré mucho más tiempo entre vosotros. Algún día desearéis tenerme a vuestro lado para dirimir vuestras disputas, y os lamentaréis profundamente, por que yo ya no estaré. Pero me preocupa que no estéis preparados para ese día. No esperéis que yo sirva de juez y decisor entre vosotros en todas vuestras componendas. Estoy aquí para iluminar vuestras mentes, alimentar vuestra fe, y expandir vuestro corazón. Y con estas herramientas tengo la esperanza de que sabréis en un futuro discurrir sobre todos los problemas que nuestra hermandad deba afrontar.
Todos se quedaron en silencio y cabizbajos. Apenas ya sí les asombraba aquella capacidad de su maestro para leer en sus mentes. ¿Cómo sabía Jesús que le iban a abordar acerca de una discusión que había tenido entre ellos sin que nadie se lo hubiera contado?
Parecía que Jesús ya había dicho todo, pero Jacob no se daba por vencido, y volvió a la carga con la cuestión del bautismo. Explicó sucintamente el problema que les había surgido ese día con la familia que deseaba ser bautizada, y pidió una respuesta a Jesús: ¿podían o no bautizar a los creyentes?
Pero el Maestro no iba a caer en la tentación de formar una nueva religión. Repetidas veces les había aclarado cuál era su misión en la Tierra y su propósito. Aunque sus amigos parecían empecinados en no entender.
—Jacob. Escuchad, escuchad todos. Sed fieles al mensaje de la paternidad de mi Padre y la filiación de todos sus hijos. Tened fe en mi Padre, y todo lo demás, todas estas dudas y dificultades, veréis como se disipan por sí solas. Haced como mejor creáis que debéis hacer. Aceptaré vuestra decisión como si fuera mía.
Y les dejó.
Todos se quedaron un tanto confusos. Ahora no se sentían tan decididos a adoptar la dichosa ceremonia. Después de las palabras de Jesús, Natanael y gran parte de los doce se mostraron muy reticentes a instaurar el rito como signo de la pertenencia al reino. Pero los seguidores de Juan, sobre todo Jacob y Recab, se aferraron a las últimas palabras de Jesús, «haced como mejor creáis», como excusa para decidirse a favor.
Esa noche hubo un largo debate en la tienda de los apóstoles. Jesús, sabiendo que este día sus amigos iban a tener una larga deliberación, prefirió dejarles a solas, y se ausentó por unas horas del campamento.
Al final de la larga discusión, bien entrada la noche, el grupo llegó por fin a una solución: los doce, por el momento, no bautizarían a los creyentes. Pero si alguno deseaba hacerlo, entonces le conducirían ante uno de los once de Juan. Los seguidores del Bautista podrían seguir practicando el ritual, si lo deseaban. Que cada cual obrase como mejor le pareciera. Aunque algunos del grupo de Juan, como Elí y Menahem, o incluso el propio Abner, no estaban muy a favor de continuar con el ritual, al final, para evitar mayores tiranteces, cedieron y adoptaron esta solución de compromiso. Los once de Juan practicarían el bautismo y los doce de Jesús no.
Los parasah son los diferentes pasajes en que se dividían las escrituras hebreas para que fueran leídas las mismas partes en las mismas fechas cada tres años. ↩︎
Esta historia sobre el conflicto entre los discípulos de Juan y Jesús, que finalmente provocó la decisión de adoptar el bautismo como rito de iniciación, proviene de las insinuaciones de El Libro de Urantia (LU 141:6.5). El suceso pudo no ocurrir así pero el resultado final es el mismo que relata El Libro de Urantia (LU 141:9): la aceptación por parte de los apóstoles del bautismo como requisito para la admisión de los creyentes (aunque realmente la administración del sacramento corrió a cargo de los discípulos de Juan). ↩︎