© 2010 Jan Herca (licencia Creative Commons Attribution-ShareAlike 4.0)
Lunes, 7 de abril de 27 (11 de nisán de 3787)
El lunes 7 de abril Jesús continuó con sus predicaciones en el templo. La expectación era máxima. Muchos viajeros se acercaron hasta la explanada del gran edificio sólo con tal de ver a la nueva atracción. Jesús ofreció varios discursos en los que desgranó lo más esencial de su nuevo concepto de Dios como un padre.
Sus oyentes se quedaron impresionados con la firmeza, la seguridad y la profundidad que emanaban de su voz. Su físico imponente y la poderosa atracción de su mirada hacían el resto. Todos regresaban a sus casas convencidos de haber conocido a un nuevo profeta, quizá alguien llamado a la grandeza.
El sanedrín empezó a ponerse cada vez más nervioso. Muchos rabinos acudieron a escuchar las disertaciones de Jesús sólo con el fin de encontrar algún punto objetable de su predicación, y poder tener la excusa para llamarle al orden. Para empezar, no estaba ordenado como hakam, como escriba. Pero además, esa forma tan abierta y liberal de hablar acerca de Dios no era del agrado de los doctores de la ley.
La oposición no tardó en aparecer. En uno de sus discursos, el rabí fue increpado por varios levitas y estudiantes de las escuelas rabínicas, al tiempo que invitaban a los oyentes a que se disolvieran o bien acudieran a escuchar las lecciones oficiales que se impartían en el atrio de Salomón.
Jesús, lejos de mostrarse malhumorado con la interrupción, y tratando de evitar problemas, dio por concluida su charla y pidió a los doce que regresaran a Betania.
Al día siguiente, Jesús decidió no entrar en el templo, y condujo varias lecciones en las escaleras de acceso a las puertas de Hulda. Pero los dirigentes del templo no se mostraron satisfechos, y continuaron enviando levitas y estudiantes para formular a Jesús preguntas capciosas.
Durante esa mañana, al terminar su disertación, se acercó al Maestro el siervo de un judío de la ciudad, que deseaba invitar a su casa a Jesús. El siervo se explayó con más detalles, haciendo ver al Maestro que su señor no deseaba dar muestras de su interés por sus enseñanzas en público, por temor a los jefes del sanedrín. Al parecer, este judío, griego de origen, había sufrido una fuerte persecución desde que decidiera construirse una casa en Jerusalén. El Rabí no necesitó muchas más explicaciones del sirviente y le aseguró que estaría encantado de conocer a su amo, prometiéndole acudir a cenar a su casa esa noche.
━━━ ✦ ━━━
Flavio era de la temblorosa región griega de la Élide, y su ciudad patria era Olimpia. Pero siempre había compartido una entusiasta afición por la escultura clásica, con una reverente adoración por todas las religiones. Desde muy joven, cuando un maestro le inculcó la idea de un dios supremo, se convirtió al judaísmo, y desde entonces, no había abandonado nunca su devoción hacia Jerusalén y su templo, la morada de la deidad única y definitiva.[1]
Pero en el fondo Flavio era un buscador incansable de la verdad. Muchas aventuras había corrido con su familia, viajando de forma infatigable por medio mundo, hasta convertirse en un acaudalado magnate. Su casa en el barrio rico de la ciudad santa era una clara muestra de alto estatus. Rodeado de un frondoso jardín, la villa estaba construida con materiales duraderos y apoyada en sillares de gruesa piedra caliza. Tenía dos plantas y todo el exterior estaba profusamente decorado de adornos florales tallados en la roca.
La casa, alargada y organizada en torno a un amplio peristilo, permitía a los transeúntes adivinar desde el exterior la suntuosidad del interior. Al fondo, en un amplio comedor, se abría un acceso al vergel. Todas las paredes estaban profusamente pintadas con frescos sobre estuco, formando figuras de sillares simulando el mármol o pareciendo cuadros de temas geométricos colgados a media altura. El techo estaba adornado con molduras con dibujos de gran realismo, y el suelo tenía grandes mosaicos narrando escenas mitológicas. Mirase donde se mirase, la casa era como un museo. En todas las paredes había nichos que dejaban hueco a preciosas esculturas y obras de arte.
Esa tarde, Jesús y los doce fueron recibidos por el propio Flavio a las puertas de la casa. No permitió que fuera un criado quien les condujese al interior. Agradeció repetidas veces al Maestro su deferencia al honrar su hogar, y el Rabí no dejó de sonreírle encantado con su amabilidad. Se le notaba a Flavio que estaba nervioso. Desde que había empezado a escuchar las enseñanzas de Jesús, tenía muy claro que era alguien muy especial, un profeta o alguien más. Y le resultaba sumamente embarazoso pensar que un hombre así, judío de nacimiento, quizá no se encontrase a gusto entre tantas esculturas, que estaban prohibidas en la religión judía. Había pensado esa mañana en taparlas con telas, pero resultaba muy gravoso, pues tenía una enorme colección.
Así que condujo con premura a sus invitados hacia la zona de recepción, al extremo de la casa, junto al jardín. Pero según iban pasando por la llamativa vivienda, Jesús no dudó en detenerse delante de una escultura bellísima. Todos se quedaron un poco atónitos con la actitud de Jesús, pues la estatua representaba a una mujer desnuda, de delicadas formas, atusándose el cabello.
Flavio se sorprendió del interés del Rabí:
—Esta es quizá una obra un poco impúdica. Pero tengo otras más recatadas y admirables —dijo el griego a modo de excusa, tirando del brazo del Maestro.
Pero Jesús estaba como prendado. La policromía era perfecta, resaltando los cabellos y los pliegues de una túnica a los pies. Giró alrededor para apreciar más la obra, y le dijo, para admiración de todos:
—Es preciosa. He visto algunas durante mis viajes, pero esta es excelente. Esa expresión idealizada, esa finura de los detalles, y esa armonía de las proporciones, son claramente propias de un maestro antiguo. Ya no hacen los escultores obras así.
Flavio volvió en sí y con una sonrisa embobada, confesó:
—Realmente es una copia de una Venus en su vestidor que un maestro alejandrino tenía en su taller. Me costó una buena cantidad.
Los doce no sabían dónde mirar. La sugerente figura, mostrando dos tersos senos, y con la postura de una mujer que retoca su peinado, era el colmo de la indecencia para un judío piadoso. Esperaban poder salir de aquel antro helénico que rezumaba paganismo por los cuatro costados, pero el Rabí, para su fastidio, fue recorriendo con calma el peristilo, apreciando cada obra que exhibía Flavio.
En cada figura, el Maestro no dejó de hacer preguntas. Flavio tenía muchas estatuillas y esculturas que había ido coleccionando durante sus viajes por Grecia, Italia, Egipto y Partia: un Apolo caminante, una Ifigenia aceptando el sacrificio, un rapto de Helena, un Hector en el rictus de dolor antes de la muerte, un busto de la mujer de Flavio, Ulises y las sirenas… Los doce empezaron a sentirse nerviosos y algo cansados, pero Jesús estaba entusiasmado con la exquisita colección.
Mientras admiraban un Edipo sufriente, y los doce se mantenían algo apartados haciendo comentarios por lo bajo, Flavio se sinceró y le dijo al Rabí:
—No podía haber imaginado que serías una persona que apreciara tanto el arte griego y romano. Para los judíos es un síntoma de idolatría.
—Porque aprecias la belleza de las cosas creadas por mi Padre y confeccionadas con la mano artística del hombre, ¿deberías esperar que te recriminen? A pesar de que Moisés una vez tratara de combatir la idolatría y la adoración de falsos dioses, ¿por qué deberían todos los hombres rechazar la reproducción de la gracia y la belleza?
› Yo te digo, Flavio, que los hijos de Moisés le entendieron mal, y ahora son ellos los que hacen falsos dioses incluso de sus prohibiciones de imágenes y retratos de las cosas humanas y divinas. Pero incluso si Moisés enseñó tales restricciones a las mentes confusas de aquellos días, ¿qué tiene que ver aquello con este día glorioso en que el Padre del Cielo se revela como el gobernante espiritual de todo el universo?
› Flavio, yo te aseguro que en el reino venidero ya no se enseñará más aquello de «No adoraréis esto» o «No adoraréis aquello»; ya no estarán preocupados de ordenar absteneros de esto o de no hacer aquello, sino que más bien se centrarán en un único deber supremo. Y este deber del hombre está expresado en dos grandes privilegios: la adoración sincera del Creador Infinito, el Padre del Paraíso, y el servicio amante al prójimo. Si tú amas a tus semejantes como te amas a ti mismo, entonces ya sabes que eres un hijo de Dios.
› En una época en que mi Padre no fue bien comprendido, Moisés estaba justificado en sus intentos de resistir la idolatría, pero en los años venideros el Padre se habrá manifestado a través de su Hijo, y esta nueva revelación de Dios hará innecesario por siempre el confundir al Padre Creador con los ídolos de piedra o las imágenes de oro y plata. En adelante, los hombres inteligentes podrán disfrutar de los tesoros del arte sin confundir la apreciación material de la belleza con la adoración y el servicio del Padre del Paraíso, el Dios de todas las cosas y todos los seres.
Flavio se quedó perplejo de las progresistas palabras de Jesús. Había juzgado erróneamente sus enseñanzas y había creído sin razón que se trataba de un maestro judío más.
Cuando logró volver en sí, se entretuvo con el Maestro preguntándole con más profundidad sobre estas ideas. El Rabí conversó encantado durante largo rato con este inquieto buscador religioso. Flavio estaba muy interesado en inculcar una renovación del judaísmo, pues consideraba que muchos preceptos rabínicos se excedían en sus pretensiones, como la prohibición sobre las imágenes.
Todo el tiempo el Maestro no dejó de hablar con Flavio en un perfecto griego koiné[2], pues a Jesús le gustaba aprovechar cualquier ocasión para practicar la lengua helénica. Con el paso del tiempo el Maestro había adquirido casi un bilingüismo total, y hablaba a la perfección el griego y el arameo. Además, conocía bastante bien el hebreo, a pesar de que éste último casi no lo utilizaba.
Durante la cena, en la que los apóstoles hablaron poco y comieron mucho, todos conocieron a la familia de este noble converso. Flavio no dejó de escuchar a Jesús, admirado con él, y formulando una pregunta tras otra.
Al final de la cena, henchido de la necesidad de sincerarse, le dijo a Jesús:
—Quiero pedirte disculpas, rabí.
—¿Por qué? —le preguntó el Maestro.
—Cuando esta mañana mandé a mi siervo para pedirte que vinieras a mi casa, no quise ir yo en persona por miedo a que me vieran contigo. Ayer yo estuve escuchando parte de tu discurso en el templo, y quería seguir oyendo más…
Jesús sonrió pero le dejó hablar. Sabía sus pensamientos.
—Tengo negocios muy lucrativos con Caifás y los miembros del sanedrín. Algunas de la últimas construcciones en el templo me han sido contratadas a mí. Y en el pasado he tenido que tener cuidado con mis declaraciones acerca de la ley judía, puesto que soy sólo un converso.
› Pero quiero que sepas que no volveré a esconderme, no creo que deba seguir haciendo eso.
Jesús parecía inmensamente feliz después de oír eso, y le dijo:
—Ahora mismo acabo de ver entrar más luz en esta casa que en todas las casas juntas de Jerusalén.
Algunos apóstoles miraron sin comprender a los candelabros y otras lámparas que adornaban el salón. Pero Flavio sí entendió la frase de Jesús, pues su rostro denotaba una enorme paz y felicidad.
Flavio quedó impresionado con Jesús. Esa noche habló largamente con sus familiares y todos llegaron a la misma conclusión: habían conocido a un gran hombre, un gran maestro y profeta, y decidieron al unísono convertirse en sus protectores. Al día siguiente, junto a su mujer y sus hijos, hicieron un viaje rápido al Jordán, en carruaje, para ser bautizados por los discípulos de Juan. Hicieron así tras el consejo de algunos sirvientes de la casa, que eran creyentes en Juan y luego lo habían sido de Jesús, y sabían que ni Jesús ni los doce se dedicaban a bautizar.
Esta conversación que Jesús tiene con Flavio está basada en El Libro de Urantia (LU 142:4), pero se ha alterado el orden en que parecen transcurrir los acontecimientos. El Libro de Urantia parece sugerir que Jesús primero estuvo en casa de Flavio con un judío de Creta llamado Jacobo, y luego se encontró con Flavio. Aquí se ha adelantado la reunión con éste último.
La descripción de la casa de Flavio está inspirada en la villa romana encontrada en Séforis llamada «la casa de Dioniso».
Acerca de la región griega de la Hélide veáse Wikipedia. ↩︎
El koiné era un dialecto o variedad del griego usado ampliamente en la época de Jesús por todo el mundo conocido. Era sobre todo una simplificación en la pronunciación. ↩︎