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Miércoles, 9 de abril de 27 (13 de nisán de 3787)
El miércoles, a su regreso del Jordán, Flavio volvió a invitar a cenar al Rabí a su casa. Deseaba presentarle a un nutrido grupo de amigos, entre los que había muchos griegos prosélitos y también judíos.
Durante la velada, el Maestro encontró un auditorio predispuesto y con mucho interés en sus palabras. Se habló en griego y los apóstoles siguieron como pudieron la conversación, pero se habló mucho de religión y de todas las confesiones del mundo. Jesús expuso ante estos hombres distinguidos su visión personal acerca de lo que debería ser la religión para el hombre.
Todos los asistentes se quedaron gratamente conmovidos con las enseñanzas de Jesús. Entre estos amigos de Flavio había muchos nobles, hombres ricos de la ciudad y algunos maestros judíos de tendencia liberal, continuadores de la obra del desaparecido Hillel[1]. Todos ellos se convirtieron esta noche en creyentes del evangelio de Jesús.
Los apóstoles estaban impresionados con la capacidad de su maestro de conectar con la gente, incluso con hombres paganos. Aprendieron mucho de las formas y maneras de Jesús estos días. Evitaba la discusión sin sentido, y nunca se mostraba nervioso o enojado si alguien rebatía sus ideas con tenacidad. Al contrario, exhibía todo el tiempo una pasmosa tranquilidad, y derrochaba una calma que desarmaba toda oposición. Sus palabras no buscaban rehacer los comentarios de sus oyentes, sino que implicaban preguntas o giros con los que volvía siempre a la carga con la misma idea, pero desde otro ángulo. Algunas de sus comparaciones eran tan lógicas que no podían ponerse en duda, como cuando decía «que si no eras dichoso es que no estabas dentro del reino, pues ¿cómo iba a permitir Dios que sus hijos fueran infelices?». Jesús eliminaba con esto la posibilidad de considerar los sacrificios, las penas autoimpuestas y otras prácticas de mortificación como medios para alcanzar a Dios. «El Padre sólo desea vuestra felicidad y bienestar. Si lo que hacéis os resulta gravoso, ¿no será quizá que vuestro corazón no es sincero y no hace con verdadera devoción esa obra? ¿O no será que vuestra obra no es la de Dios?».
Al finalizar esa noche, en la que nadie quería despedirse del Maestro, Flavio rogó a Jesús que a partir de ese momento considerase su casa como suya, y que la usara libremente para conducir sus lecciones. Él se encargaría de proporcionarle más oyentes. Los apóstoles a duras penas pudieron digerir el que su maestro aceptase encantado la proposición. Sin embargo, Jesús estaba feliz, y aseguró a Flavio que acudiría al menos dos días por semana a conducir algunas charlas, quedándose a dormir con su familia.
A partir de este día, la casa de Flavio fue la primera comunidad de seguidores del Maestro en Jerusalén.
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El jueves al atardecer se formó una gran celebración de la pascua en casa de Lázaro.[2] Los sirvientes de la casa asaron un delicioso lechazo y prepararon una amplia mesa para dar cabida a todos los de la mansión más a Jesís y los doce apóstoles. El Rabí hizo noche en casa de Lázaro, y sus doce amigos buscaron alojamiento en las proximidades, unos en un huerto del Olivete, y otros acogidos por familiares que vivían en la ciudad.
Jesús se mostró algo silencioso durante todo el día, pero luego, a la mesa, tras beber la segunda copa, la de la Haggadá[3], empezó a dar muestras de su habitual buen humor, y solicitó a uno de los mancebos de la casa que servía la mesa que se sentara a su lado para iniciar el rito de la pesá[4].
—¿Ma nishtaná halaila hazé micol haleilot?
Jesús sonrió complacido de ver que el niño conocía a la perfección la pregunta obligada: «¿Por qué esta noche es diferente al resto de noches?». Y tomó la palabra ofreciendo una respuesta un tanto inusual:
—En esta noche se conmemora el día en que un grupo de simples beduinos del desierto decidió emprender la larga y difícil senda del progreso espiritual. Pero esta obra no fue sólo el esfuerzo de un único hombre, sino que durante muchos siglos nuestra nación ha recibido la creciente ministración de diversos maestros que no han dejado de incrementar la comprensión del carácter y la naturaleza de mi Padre.
Y luego dijo, en una pregunta casi para su oídos: «¿Será capaz esta generación de continuar este progreso?».
Tras el primer plato de verduras, Jesús se negó a probar la carne. Aunque los doce, Lázaro, y sus hermanas, ya estaban acostumbrados a estos desplantes de su amigo, ninguno se atrevía a imitar a su maestro. Una superstición muy fuerte tiraba de ellos. Incluso aunque no se tuviera hambre, la tradición judía establecía que no debía quedar nada del cordero para el día siguiente. Había sido una orden de Yahvé, y no comer la carne era un gesto contrario a los mandatos de Dios. Ninguno había captado la verdadera intención de las palabras de Jesús durante la pesá.
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Esos días se estaba desatando una tormenta de forma silenciosa en Jerusalén. Entrada la semana de los panes ácimos, llegó a la ciudad santa el nuevo prefecto, Poncio Pilato. En buena previsión adoptó como cuartel general la inexpugnable fortaleza Antonia, dejando el palacio real para sus tropas. El número de soldados se incrementó de forma notable, y la vigilancia por las calles se hizo notar mucho más.
Era la primera vez desde el incidente de los estandartes que el prefecto visitaba la ciudad. Todos se preguntaban si el suceso había quedado olvidado, o bien el nuevo gobernante era de los que guardaban el resentimiento en su interior.
Para sorpresa de todos, el prefecto parecía haber cambiado de rumbo y realizó una serie de despachos y reuniones con Herodes Antipas, el sumo sacerdote, los miembros más destacados del sanedrín, y parte de la nobleza.
Caifás, en una de estas reuniones, tuvo la mala fortuna de mencionar al prefecto una avería que se había producido en uno de los acueductos que proveían agua a la ciudad. Este conducto captaba el agua desde varios manantiales en las colinosas elevaciones cercanas a Hebrón y lo hacía descender hasta unas enormes piscinas, construidas en tiempos de los asmoneos y el rey Herodes, que proveían de agua a Jerusalén por dos canales. El agua era vital para mantener los rituales del templo, pero además fluía en todas las casas de los ricachones de la ciudad para garantizar el cumplimiento de sus prescripciones de purificación.[5]
La avería no era grave, pero el prefecto la tomó como excusa para urdir un maléfico plan. Sabía que los judíos tenían en el templo un ingente tesoro repleto de oro proveniente de las numerosas donaciones que hacían los judíos repartidos por todo el mundo. Básicamente, el templo era como un gran banco central. Y como muchos gobernadores antes que él, Pilato codiciaba echar mano de una buena tajada de ese botín; no sólo tenía en mente el dinero, sino también quería resarcirse de algún modo de la humillación que le había supuesto su enfrentamiento a causa de las insignias.
Así pues, esos días se dedicó a recibir los informes de sus ingenieros aguadores acerca de las condiciones del sistema de acueductos de la ciudad. Aunque la avería no había sido grave, el estado del canal de agua, después de tantos años, ya no era muy bueno. Conociendo esto, Poncio se empeñó en que era necesaria una reforma en profundidad del acueducto, para lo cual estaba dispuesto a patrocinar las obras de remodelación.
Pilato se entrevistó con Caifás y otros magnates de la ciudad para hacerles partícipes de sus planes. En principio la idea pareció bien a todos, pero se trataba de una empresa de gran calibre, pues el tramo afectado tenía casi cuarenta kilómetros de longitud. Había un problema. ¿Quién aportaría la cuantiosa cantidad de dinero que haría falta? Poncio se ofreció a sufragar una sustanciosa parte de los gastos, y solicitaba que los representantes judíos también corrieran con una parte. Cuando Pilato explicó la cifra que tenía que aportar el sanedrín, los dirigentes se frotaron las manos, pues les parecía ínfima. Encantados con la propuesta, el sanedrín aprobó la construcción de inmediato.
Nadie podía sospechar que esto marcaría el inicio de una gravísima situación.
El rabino Hillel o Hilel (c. 70 a.C. - 10 d.C.), llamado «el Anciano» y «el Sabio», fue un eminente maestro judío que tuvo una gran repercusión en el judaísmo. ↩︎
Sobre la celebración de la pascua, veáse el artículo Las fiestas judías. ↩︎
En tiempos de Jesús las escrituras se enseñaban siempre mediante su transmisión oral. Sólo se fijaban por escrito como método para el aprendizaje, pero lo importante era la interpretación oral que se hacía de los textos. Esta interpretación nunca se ponía por escrito en aquella época, y suponía mucho más contenido del que realmente estaba escrito. La halakah eran un conjunto de reglamentaciones extraídas o derivadas de las literales de las escrituras, y tenían tanta importancia como la escrita o más. La aggadah eran una serie de relatos o historias que aclaraban los conceptos. Sólo en el siglo II de nuestra era esta tradición oral antigua fue consignada por escrito en una serie de textos (Mishna, Midrash, Targum, Gemara y Talmud). ↩︎
La pesá es el rito que se celebraba en la cena pascual: alguien pregunta por el sentido de los alimentos de la cena y el padre de la casa responde con la explicación. La pregunta típica era «¿Ma nishtaná halaila hazé micol haleilot?», que significaba «¿Por qué esta noche es diferente al resto de noches?». La respuesta daba pie a la explicación de los símbolos de la cena. ↩︎
Sobre el suceso de la reparación de un acueducto por parte de Poncio Pilato, veáse el artículo Pacifismo en la época de Jesús. Esta reparación es la que Pilato costeó usando el tesoro del templo, y que provocó una encendida revuelta en el pueblo, como se verá más adelante. ↩︎