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Juan se encargó de comentar al resto de los doce el mal recibimiento que su pariente Anás había dado a Jesús. Se quedaron todos un poco temerosos al ver la reacción de uno de los dirigentes más influyentes de la nación. Ahora no se sentían tan animados de entrar en Jerusalén.
Pero Jesús no varió ni un ápice sus planes del día, y sin inmutarse por el desaire ocurrido en casa del antiguo sumo sacerdote, reunió a los doce y les ordenó que se preparan para iniciar las predicaciones dentro de los precintos del templo.
Fue un grupo nervioso y expectante el que anduvo el camino que esa mañana ya habían recorrido Jesús y Juan, ascendiendo el monte de los Olivos, para descender hacia el sur, hacia el portón de la Fuente. Apenas se detuvieron en la cumbre unos minutos para contemplar la grandiosa vista de la ciudad santa y su impresionante templo, el más grande de todo el imperio romano. Las laderas del Olivete estaban plagadas de tiendas y huertos donde se cobijaban muchos de los peregrinos. Las puertas de la ciudad eran un trasiego constante de peatones, carretas y animales. Los corrillos de limosneros y lisiados se multiplicaban llenando las calles y obstaculizando el paso. Muchos de los viajeros no dudaban en realizar las obligadas buenas obras entregando algunas monedas a los indigentes.
El Rabí caminó con paso decidido hacia la enorme mole del templo, hasta llegar a los pies del inmenso pináculo, la esquina sur del fastuoso edificio, que alcanzaba los sesenta metros de altura. Muchos observaron la procesión de tanta gente que seguía a Jesús y se preguntaban unos a otros quién era aquel hombre. Algunos hicieron correr la voz de que se trataba del nuevo profeta galileo, que el Bautista del Jordán había nombrado como su sucesor.
Jesús decidió ascender a la explanada de los gentiles por los túneles de las puertas de Hulda. Los juegos de luces y sombras de aquel gigantesco pasadizo, con su techo ornamentado de preciosas rosetas florales, volvieron a maravillar la vista del Maestro y sus acompañantes. Muchas mujeres y otros seguidores del Rabí venían detrás de los doce. Para todos, Jerusalén siempre resultaba un asombroso espectáculo de magnificencia.
Cuando terminaron de subir el último peldaño y la inmensa explanada del templo se abrió ante ellos, se les hizo un nudo en la garganta. Miles y miles de judíos y no judíos se agolpaban en este majestuoso espacio. La gigantesca masa del santuario se elevaba de forma increíble otros sesenta metros hacia el cielo, y parecía acariciar las nubes. Los altos torreones y murallas que la protegían parecían un simple vallado junto a la inmensidad de este edificio.
Con paso firme, Jesús se encaminó entre el gentío hacia las escalinatas del jel[1], la terraza que marcaba el límite al que no podían acceder los gentiles. La gente se separaba y dejaba pasar al grupo del Maestro, presa de la curiosidad. Jesús informó a Andrés que se encargaría él de dirigir unas palabras a la multitud.
A las numerosas preguntas de la concurrencia los doce iban explicando de quién se trataba su maestro. Para cuando el Rabí llegó a lo alto de la escalinata, un nutrido grupo de peregrinos, sacerdotes, gentiles, vendedores y otras gentes de paso, se habían reunido en torno a él, y se sentaron como pudieron en los escalones de acceso al recinto sagrado.
Este fue el primer discurso que pronunció Jesús en este recinto de tanta trascendencia. Con potente voz reclamó la atención de su improvisado auditorio, y dirigió las primeras palabras a las multitudes del templo:
—El reino de los Cielos se acerca. Aquel reino que tanto tiempo atrás vislumbraron algunos de nuestros profetas, el reino tan esperado, ya está aquí, a las puertas. No será dentro de mucho más tiempo cuando llegue, sino que está ahora mismo creciendo y formándose entre vosotros.[2]
› Pero este reino ha sido mal comprendido por muchos de nuestro pueblo. No llegará de súbito, y no se implantará en la Tierra en medio del estruendo y de grandes muestras portentosas. Pasará un largo período de tiempo entre este momento, en que el reino comienza su andadura, y el pleno establecimiento del reino de los Cielos en la Tierra.
› El nuevo reino de los Cielos que está llegando es el reino de la voluntad celestial, el reino que mi Padre está a punto de establecer en corazón de sus hijos materiales. Y este reino, una vez llegado a su cumplimiento, será un dominio eterno. El gobierno de mi Padre en el corazón de aquellos que desean hacer su voluntad no tendrá fin. Y será universal. Todos los hijos de la Tierra se sentarán a la mesa del reino.
› El poder de este reino no consistirá en la fuerza de los ejércitos o en la importancia de las riquezas, sino en la supremacía del espíritu que habita en el corazón de los ciudadanos renacidos de este reino celestial, los hijos de Dios. Este reino será una hermandad de amor y rectitud cuyo único grito de batalla será: «paz en la Tierra y buena voluntad a todos los hombres». Este reino fue el deseo supremo de todas las edades, y muchos antiguos profetas rogaron fervientemente por su cercano establecimiento. Sin embargo, todos perecieron sin llegar a contemplar lo que vosotros ahora veis, y por eso seréis envidiados por muchas generaciones.
› El reino no es sino una ampliación siempre creciente de ese deseo de mayor perfección en el corazón de los hombres y mujeres, una búsqueda incansable y siempre en aumento de la voluntad mi Padre por parte de los hijos de Dios renacidos.
› El reino de los Cielos es el hecho del reconocimiento del hombre de la soberanía de Dios, y la creencia sincera del hombre de que es hijo de Dios, unida a una fe férrea en el deseo supremo de hacer la voluntad de Dios y de querer ser semejante a él.
› Para entrar en este reino de perfección paradisíaca el único requisito que se le exige al hombre es la fe en la paternidad de Dios, el reconocimiento honesto de que todos somos los hijos del Padre, y hermanos de su gran familia. Aquellos que busquen entrar al reino y se esfuercen por tratar a todos los seres humanos como miembros de su propia casa, ya mismo estarán dentro del reino sin saberlo, y poseerán todos los medios necesarios para permanecer dentro de él. Es la fe y la dependencia confiada propia de los niños pequeños hacia sus padres la que os hará traspasar los umbrales de las puertas del reino. De ninguna otra manera lograréis entrar en el reino. Cuando vuestra fe en el amor del Padre sea tan confiada como el amor incondicional que muestra un pequeñuelo por sus padres, entonces habréis ganado vuestra admisión.
› La única regla por la que se medirá a los ciudadanos de este reino celestial será el amor. Mi Padre es amor incondicional y su único deseo para sus hijos es que ellos compartan al igual que él este amor por todas sus criaturas, que se vuelvan tan amantes y misericordiosos como él lo es desde su mundo de divina majestad.
› Cuando améis a vuestros semejantes tanto como os amáis a vosotros mismos, cuando vuestros hermanos sean para vosotros tan importantes como lo son vuestros asuntos y negocios, entonces habréis alcanzado el supremo servicio en el reino, y seréis los mayores en su enorme familia de seres.
› Sólo existirá una ley en el nuevo reino celestial de mi Padre, y esa será la obediencia a su voluntad. Muchos os preguntareis cuál es la voluntad del Padre, cómo podréis estar seguros de estar haciendo su voluntad y no seguir los dictados erróneos de vuestras inclinaciones naturales. Yo os digo: por vuestros frutos lo sabréis. Cuando estáis dentro del reino y vuestra voluntad se ha tornado completamente la voluntad de vuestro Padre, entonces producís los frutos del espíritu, y vuestra vida se vuelve un reflejo de la vida perfeccionada de los Cielos.
› Sólo quienes han descubierto que la voluntad de mi Padre es que os améis unos a otros con un amor sincero e incondicional son quienes renacen y despliegan ante sus semejantes esos frutos espirituales que provocan un nuevo llamado a extender ese amor. Es la vida y la forma en la que la vivís la que os hace merecedores de los puestos de honor en el reino, no vuestros logros. Cuando vuestras motivaciones provienen de un ajuste progresivo y tenaz a hacer que vuestras decisiones coincidan con el criterio del Padre, entonces estáis cumpliendo los mandatos del Padre.
› ¿Cuántos entrarán a este reino de perfección gloriosa y progresión ascendente? Todos cuantos estén dispuestos a dejar a un lado sus propias aspiraciones y anhelos, sus sueños de grandeza y honor, y se conviertan, como niños que todo lo desean aprender, en hijos de Dios renacidos y renovados para una nueva vida de servicio y amor sin límites.
› Muchos del este y oeste vendrán y serán admitidos al reino porque el Padre no hace acepción de personas y admitirá a todos cuantos estén dispuestos a pagar el precio por su admisión. Pero para aquellos orgullosos y altaneros que se creen en la posesión de un puesto en el reino por el mero hecho de su privilegio de nacimiento o por prerrogativas de ascendencia, dejadme que os diga que ningún antepasado os justificará ante los portones del reino, sólo vuestra propia determinación a hacer la voluntad divina.
› Pero, ¿qué es el reino?, os preguntaréis. ¿Dónde está? O, ¿dónde podemos encontrarlo? Muchos han intentado buscarlo sobre la faz de la Tierra y no lo han encontrado. Otros lo han perseguido en las palabras de los profetas y los sabios, y dieron vueltas y vueltas en balde. Muchos hablan del reino como algo escondido y recóndito, sólo al alcance de unos pocos afortunados. Yo os digo: que no os confundan quienes os digan «Este es el reino», o «Allí está el reino», porque el reino no tiene nada que ver con las cosas materiales y mundanas. Os hablo de un «reino», pero de lo que os hablo se parece más a una gran familia que a un gobierno. Su gobernante no es tanto un monarca, como un padre comprensivo y tierno. Así pues, abandonad esas búsquedas estériles. El reino está dentro de vosotros, en vuestro corazón. La realidad más perceptible de ese reino es el amor, ese mismo vínculo que une a los hijos y a los padres terrenales. Allí donde esté vuestro espíritu interior guiado y conducido por el amor, ahí estará el reino de Dios.
› Porque el reino de los Cielos del que os hablo es el reino de la rectitud, la paz y la felicidad de los que se conducen por el espíritu.
Este primer discurso de Jesús fue mucho más largo y extenso. Por espacio de más de una hora, el Maestro ahondó en su concepto y visión acerca del verdadero «reino de Dios», y quienes le oyeron ese día se quedaron anonadados de la maravillosa y emocionante perspectiva nueva de Jesús acerca de este concepto.
Muchos se dedicaron después a divulgar entre el resto de visitantes de la ciudad las enseñanzas de Jesús, de suerte que su fama se acrecentó por sí sola.
Entre los oyentes de este primer discurso hubo una nutrida representación de sacerdotes y sanedritas que acudieron a ver qué ocurría, al comprobar el gentío que se había formado. Las reacciones entre ellos fueron diversas pero por lo general se mostraron sumamente preocupados por lo que consideraron una usurpación de su autoridad para enseñar. Esa misma tarde, muchos ellos convocaron una reunión en la liskat ha-gazyt, la sala de las piedras talladas del sanedrín,[3] junto al muro oeste del templo, para plantear una cuestión: «¿qué hacían con este nuevo profeta del Jordán?». Si le seguían permitiendo enseñar en el templo, muchas gentes sencillas podían acabar confundidas e irse en pos de él. Caifás, el sumo sacerdote en curso, no estuvo en esta reunión, pero sí que estuvo Anás, su suegro. Todos los presentes coincidían en que tenían que hacer algo al respecto de este maestro inusual. No podían dejarle a sus anchas en Jerusalén. Sólo las palabras de Anás tranquilizaron un poco los ánimos del consejo. Anás razonó que aquel farsante pronto llamaría la atención de los gobernantes y seguiría los pasos de su predecesor, del bautista del Jordán, así que invitó a sus camaradas a que tuvieran calma y esperasen. «Su movimiento se esfumará en breve», les dijo.
El antiguo sumo sacerdote no sabía aún lo muy equivocado que estaba.
El jel, también llamado soreg, era un murete de un metro de altura, que se estaba construyendo en la época de Jesús alrededor del santuario del templo de Jerusalén, para marcar la zona a la que tenían prohibido el acceso los gentiles, so pena de muerte. ↩︎
Esta porción del primer discurso de Jesús en el templo de Jerusalén está inspirado en las indicaciones de El Libro de Urantia (LU 142:1). ↩︎
Sobre el sanedrín véase el artículo El gran sanedrín de Jerusalén y otros tribunales judíos. ↩︎