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Viernes, 11 de abril de 27 (15 de nisán de 3787)
El viernes Jesús y los doce continuaron con sus enseñanzas en Jerusalén, pero en vista de la fuerte oposición que estaba mostrando el sanedrín, lo hicieron en las escalinatas que conducían a las puertas de Hulda. Los doce hicieron mucho trabajo de diseminación del evangelio entre grupos pequeños, mientras Jesús se hacía cargo de una amplia multitud que se paraba a escuchar en la explanada al sur del templo.
Junto al trabajo de predicación, Jesús y los doce visitaron muchas casas de enfermos. Un profeta siempre era considerado un hombre santo, capaz de realizar curaciones milagrosas sólo con su presencia. Sin embargo, no ocurrió nada especial en todo ese tiempo. El Maestro aceptaba de buen grado a entrar en la casa de cualquiera, ya fuese judío o gentil, y sin importarle la profesión ni la ocupación, pero tan sólo utilizó los medios habituales para aliviar el sufrimiento y consolar a los que padecían algún mal.
Durante estos días, Julio, el espía de Antipas, se mantuvo muy ocupado. Sabía que el tetrarca ya no se fiaba de él, así que no perdió ripio de ninguna de las evoluciones de Jesús y sus seguidores, en espera de algo que pudiera granjearle de nuevo la confianza de su jefe.
El joven galo ya no era el mismo desde que empezó a perseguir al Maestro. Escuchó con interés todos los discursos del Rabí, y se empapó a fondo de sus enseñanzas, tanto que su corazón se volvió completamente creyente. En secreto, en lo más profundo de su ser, se había hecho la promesa de ayudar a Jesús a evitar las suspicacias de su señor. Todos los informes que Julio llevó a Antipas trataron siempre de convencer al tetrarca acerca de las intenciones benévolas del nuevo profeta. De no ser por su cautelosa y oportuna colaboración, sin duda que el hijo de Herodes habría adoptado una actitud contraria a Jesús mucho antes.
El Maestro pasó el domingo retirado en casa de Flavio, mientras que los doce se hicieron cargo de las predicaciones en el templo. Durante todo el día, muchos hombres cultos y ricos de la ciudad desfilaron por la mansión del amigo de Jesús para conocer a la nueva atracción.
Esa tarde, cuando los doce se unieron a su maestro para compartir la cena con Flavio y sus amistades, Jesús recibió la visita de un judío adinerado proveniente de Creta, que unos días antes había enviado a un esclavo para solicitar ver a Jesús en la casa del griego.
Mientras compartían la cena el Rabí se extendió en aclarar a este buen hombre, llamado Jacobo, su nuevo concepto acerca de Dios. La conversación se prolongó hasta que anocheció, pues Jacobo no se convencía fácilmente con las explicaciones del Maestro.
—Pero, Rabí —trataba de argumentar Jacobo—, Moisés y los profetas nos han enseñado que Yahvé es un dios celoso, un dios presto a la cólera y fiero de ira. Los profetas nos mostraron que odia a los malhechores y toma venganza de los que no obedecen su ley. Tú y tus discípulos nos enseñáis que Dios es un padre bueno y misericordioso, que ama tanto a todos los hombres que les daría a todos la bienvenida en este nuevo reino de los Cielos que proclamáis tan cercano.
—Jacobo, —volvió a la carga Jesús—, has expuesto con claridad las enseñanzas de los antiguos profetas, que instruyeron a su generación de acuerdo con los conocimientos de su tiempo. Pero nuestro Padre del Paraíso es inmutable. El concepto de su naturaleza se ha ampliado y ha crecido desde los días de Moisés, a través de los tiempos de Amós, y hasta la generación del profeta Isaías. Ahora he venido yo en la carne para revelar al Padre en una nueva gloria y para manifestar su amor y su misericordia a todos los hombres de todos los mundos. A medida que este evangelio del reino se expanda por el mundo con su mensaje de alegría y buena voluntad para todos los hombres, irán creciendo mejores relaciones entre las familias de todas las naciones. Según pase el tiempo, los padres y sus hijos se amarán más unos a otros, y así se conseguirá una mejor comprensión del amor del Padre en el Cielo por sus hijos en la Tierra. Recuerda, Jacobo, que un padre bueno y verdadero no sólo ama a su familia como un todo, como su prole, sino que también ama y cuida con afecto de cada miembro individual.
—Ya, maestro, pero el hombre no puede equiparar su papel como padre con el inmenso trabajo que supone para Yahvé velar por su pueblo. Además, ¿qué padre no obliga a sus hijos díscolos, aun incluso por la fuerza, a que se enderecen?
—Jacobo, ¿acaso si un hombre sufre por los desvaríos de un hijo que toma decisiones alocadas, se volverá rencoroso contra su hijo? ¿Se volverá vengativo y estará deseando desquitarse de su afrenta? ¿Acaso los hombres no actúan con suprema misericordia para con sus hijos, que son capaces de perdonar a un hijo que repetidas veces les ha decepcionado? Si un padre humano es capaz de hacer esto, ¿qué misericordia no será capaz de desplegar nuestro Padre del Cielo, que habita en un círculo de inmensidad y perfección fuera de la imaginación del hombre?
—Ya, maestro, pero, entonces, ¿qué lugar queda para la justicia? Si Yahvé es como un padre humano, y derrocha perdón para todos sus hijos apóstatas y perversos, ¿en qué lugar deja eso a los hijos justos y honestos que han vivido su vida conforme a su ley? ¿Acaso entonces no habría que decir que no trae cuenta seguir sus mandatos, que es mejor dar rienda suelta a las satisfacciones de la carne y a la concupiscencia?
Jesús y Jacobo continuaron por espacio de media hora, y el maestro trató de hacer ver a este judío lo erróneo de la teoría de la retribución por las obras, ideas que promulgaban muchos rabinos de su tiempo. Pero Jacobo era testarudo. Tras mucha discusión, Jesús dejó sin terminar una frase y le dijo:
—Jacobo, tú deberías conocer la verdad de mis palabras, siendo como eres padre de familia numerosa.
El cretense se sorprendió.
—Pero, maestro, ¿cómo sabes eso de mí? ¿Te dijo alguien que soy padre de seis hijos?
Jacobo no había visto nunca antes a Jesús y durante la conversación, tratando muchos aspectos de las relaciones entre padres e hijos, había percibido algo extraño. Como si Jesús conociera los sucesos más íntimos de su vida, pues Jacobo había tenido dificultades con sus hijos muy similares a las que le había descrito Jesús.
El Maestro quiso quitar la atención de su oyente hacia algo sobrenatural y prosiguió con prisa:
—Baste con decir que el Padre y el Hijo conocen todas las cosas, porque en verdad lo ven todo. Pero, mira, puesto que tú amas a tus hijos como un padre de la Tierra, deberías entender y aceptar el hecho de que el Padre del Cielo nos ama con un amor celestial, no solamente como hijos de Abraham, sino como seres individuales.
› Cuando los hijos son pequeños e inmaduros, y hay que castigarlos, ellos podrían pensar que su padre está enojado y lleno de ira resentida. Su inmadurez no les deja penetrar más allá del castigo para discernir el afecto correctivo y previsor del padre. Pero cuando estos mismos niños se vuelven hombres y mujeres adultos, ¿no sería absurdo por su parte aferrarse a estos principios y nociones erróneas con respecto a su padre? Como hombres y mujeres maduros, deberían discernir el amor que les tenía su padre cuando les disciplinaba en sus primeros años de infancia.
› De la misma forma, Jacobo, a medida que transcurren los siglos, ¿no debería la humanidad comprender mejor la verdadera naturaleza y el carácter amoroso del Padre del Cielo? ¿Qué beneficio habrás obtenido de la iluminación espiritual de las anteriores generaciones, si persistes en ver a Dios como le vieron Moisés y los profetas?
› Yo te digo, Jacobo, que a la brillante luz de esta hora, deberías ver al Padre como ninguno de los que vivieron antes le han visto jamás. Y al verle de este modo tan avanzado, deberías alegrarte de entrar en un reino en el que gobierna un Padre tan misericordioso, y deberías tratar de buscar que su voluntad domine tu vida de aquí en adelante.
› Jacobo, ¿acaso no estás dispuesto a creer en un Dios así?
Jacobo contestó:
—Rabí, yo creo. ¿Podrías conducirme a ese reino del Padre?
Jesús, para satisfacción de todos los comensales, le dijo:
—Jacobo, ya estás dentro de él. En el momento en que reconoces haber comprendido tu estado espiritual respecto a tu Padre, en ese momento ya no consideras más este mundo un lugar extraño lleno de mal, sino el reino divino en el que con el tiempo se irán cumpliendo los designios de mi Padre.[1]
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Concluida la charla, Jesús y los doce se despidieron de Jacobo, Flavio, y el resto de sus amigos, y marcharon a una finca llamada Getsemaní, en el monte de los Olivos. El Maestro, que cada día se veía más acosado por las multitudes en Betania, había decidido pernoctar en esta plantación propiedad de la familia de Lázaro, pues era un lugar ignoto y recóndito. Encerrado por muretes de piedra, perdido en medio del extenso olivar que eran las laderas occidentales del Olivete, resultaba un lugar apartado y tranquilo. En muchos huertos como éste solían colgar sus tiendas y lonas las familias de peregrinos que acudían a Jerusalén por las fiestas. Los troncos y las ramas de los vetustos árboles facilitaban la disposición de los toldos.
Jesús dirigió la escueta comitiva. Conocía este oculto lugar, pues fue un área de juegos en su niñez, cuando conoció a Lázaro. Guió a los doce a través del puente del arroyo Cedrón hasta las empinadas cuestas de la montaña, y surcando la espesura entre los abruptos senderos, les condujo hasta media pendiente. Luego, abriendo una desvencijada cancela de madera, todos se internaron en el silencioso paraje. Con buena previsión, unos sirvientes de Lázaro ya habían dispuesto el campamento, llevando las pertenencias del Rabí y de los apóstoles. Uno de ellos montaba guardia, dormido bajo la carpa que habían dispuesto en uno de los olivos.
Nadie quería irse a dormir, y cuando Jesús despidió al mandadero, Pedro reavivó la fogata que los criados habían dejado medio consumida, poniendo nuevos leños.
Todos tomaron sus mantos y se arrebujaron en torno a las llamas. Jesús, sabiendo lo que significaba, se sentó junto a ellos, calentando la palma de sus manos con el aliento cálido del fuego. Fue Pedro quien tomó la palabra:
—Maestro, te he escuchado en casa de Flavio, y no entiendo algunas de las cosas que has explicado a Jacobo. Tú hablas de que el Padre es invariable, que nunca ha cambiado de manera de ser. Pero después afirmas que los profetas le vieron de un modo diferente a como realmente es. Por tanto, dices que las escrituras no muestran su verdadera forma de ser, pero, sin embargo, las escrituras están inspiradas por Yahvé mismo. Entonces, no consigo conciliar tus enseñanzas. ¿Cómo puede ser que el Padre se revele ante los hombres de diferentes maneras y seguir siendo inmutable? ¿Acaso esta enseñanza no es un contrasentido?
Jesús hizo gestos a Pedro con la mano pidiéndole que le dejara responder. La cara del Maestro reflejaba una profunda decepción:
—Pero, ¿aún no habéis entendido las tradiciones de Israel en relación con el crecimiento de la idea de Yahvé? ¿No habéis comprendido la enseñanza de las escrituras acerca de la doctrina de Dios?
—¿A qué enseñanza te refieres, maestro? Leímos en Cafarnaúm los textos que nos indicaste, y todos los sábados leemos los libros en la sinagoga. Pero no hay nada en ellos como lo que dices. Moisés y los profetas hablan todos de la misma forma acerca del carácter de Dios.
Jesús se puso cómodo y se hizo con el atizador, escarbando entre las brasas para colocar mejor los leños y mejorar el tiro. Los troncos se resintieron y chisporrotearon en el frío silencio de la noche. El lugar era agradable y apartado de las voces curiosas, y el Rabí se decidió a revelar verdades más avanzadas a sus amigos.
—Escuchad, lo que os voy a contar no es sólo para vuestros oídos, pero muchos hermanos de nuestro pueblo no están preparados para escucharlo. Usad con precaución esta enseñanza.
Los doce asintieron y todos se arrimaron más para oír mejor.
—Cuando Moisés sacó de Egipto a las tribus que luego formaron nuestro pueblo, estas tribus ya tenían muchos dioses y demonios maléficos en los que creían. En aquella época, Yahvé no era sino un simple dios de la tierra, el que hacía crecer los pastos. Los pastores de aquella época lo asociaban al monte Horeb, una montaña temible que asustaba a los habitantes de la región porque temblaba y tronaba de vez en cuando.
› Pero Moisés les hizo ver que aquel dios no sería ya más uno de los muchos dioses, sino que debían considerarlo «su dios», el único dios que Israel debía adorar. En aquel tiempo, a Yahvé se le adoraba en la forma de esculturas de metal con la forma de un toro. Y Moisés por cierto tiempo toleró esta práctica. Percibió muy claramente que para el Padre del Cielo la forma en que sus hijos le rinden adoración no es lo importante. Da igual si el concepto que los hombres tienen de Dios no coincide con su verdadera naturaleza divina, con tal de que su veneración sea sincera.
› A pesar de la tolerancia de Moisés hacia el becerro de oro y otras prácticas, trató de borrar ciertos ceremoniales que consideraba impropios de un pueblo con un dios santo y bondadoso, como la práctica de sacrificar recién nacidos. Moisés conocía las tradiciones de Melquisedec, el sacerdote de Salem que instruyó a Abraham en las verdades del reino, y que proclamaba a Dios como El Elyon[2], el Altísimo.
› Abraham había tenido que huir de Ur con su hermano porque allí habían empezado a adorar como a un dios al Sol y a otros astros, y ellos no estaban conformes con los ritos y conceptos sobre la divinidad que se tenían en su tierra de origen.
› Por eso emigraron a Salem, donde habían oído que se proclamaba un nuevo concepto de Dios y se predicaba un nuevo evangelio.
› El concepto de El Elyon de Melquisedec era todavía más avanzado que el de Yahvé, pues El Elyon era el dios no sólo de Israel, sino de toda la creación, el dios de todos los pueblos, y era el único dios posible. Melquisedec enseñó a Abraham acerca de «los tres dioses Altísimos», y desde entonces esa doctrina se difundió en el nombre de Elohim, «los tres dioses».[3]
Jesús pausó unos segundos sólo para comprobar que sus amigos estaban inevitablemente perdidos, con cara de profunda confusión. El Maestro trató de hacerse entender:
—¿No recordáis que las escrituras empiezan afirmando que Bereshit bará Elohim et hashamayim ve’et ha’aretz[4], es decir, «En el principio los dioses crearon los Cielos y la Tierra»? Este pasaje está así escrito porque cuando se incluyó en las escrituras, todavía había escribas que aceptaban como válidas las doctrinas de «los tres dioses» actuando como uno solo, que habían encontrado su lugar en la religión de nuestros antepasados.
Los doce se quedaron pasmados porque Jesús tenía razón. La palabra Elohim, en hebreo, era el plural de Eloah[5], que era una de las muchas formas de mentar a Dios de los judíos. Pero les pareció herético la sola posibilidad de considerar que las muchas veces que aparecía Dios mencionado en las escrituras como Elohim en realidad se estuviera refiriendo a una tríada de dioses. Natanael y Pedro iban a interrumpir a Jesús para dar rienda suelta a estos pensamientos, pero percibiendo que el Maestro quería continuar explicándose, permanecieron callados.
—Moisés tenía una ventaja sobre sus congéneres —prosiguió el Rabí—. Moisés, gracias a sus padres, también conocía otras tradiciones que consideraban a Dios como El Shaddai[6], y estaba versado e instruido en la doctrina de la divina providencia. De este modo, visualizó a Dios desde múltiples puntos de vista, y ofreció a sus seguidores un mensaje grandemente avanzado para su tiempo.
› Sin embargo, un exceso de progresión en las ideas religiosas suele terminar parcialmente en el fracaso, como así le sucedió a Moisés. Pasando los años, las tribus que se establecieron en Canaán se volvieron adoradoras de sus antiguos ídolos y fetiches y perdieron de vista el revolucionario mensaje del emancipador.
› Sólo en los tiempos más recientes de Isaías, estas verdades sobre el concepto de Dios volvieron a ser ampliadas. Recordaréis en Nahum cuando os pedí que leyerais primero del libro de Isaías, y después os pedí que compararais sus declaraciones con las de otros profetas. ¿Acaso no leísteis donde dice, hablando del Padre: «Yo soy el altísimo y sublime que habita en la eternidad»? O donde dice: «Yo soy el primero y el postrero, y fuera de mí no existe dios alguno». Este Isaías proclamó un nuevo Yahvé, supremo y por encima de todos los dioses locales y nacionales, un dios mundial que era capaz de perdonar y abrazar a todos los pueblos de la Tierra.
› Y ahora nos corresponde a nosotros continuar la labor de Isaías. Porque aunque este noble profeta visualizó en el destierro a un dios que estaba por encima de las luchas raciales, todavía no proporcionó al mundo una visión clara y rotunda de cómo se relacionaba Dios con cada individuo particular. Todavía hay en el mundo muchas almas temerosas y vacilantes que consideran la religión una cuestión de orgullo nacional y de patriotismo, un cumplimiento racial y una tradición. Y ven a Dios como un impreciso ser al que veneran y respetan, pero con el que no sienten tener relación.
› Ahora nosotros debemos convertir esta idea petrificada de Dios y volverla a la vida insuflando la verdad plena de que Dios es un ser real, que es como un padre amante de sus hijos, y con esta idea renovada, aspirar a nuevos ideales de relación entre todos los hermanos de la familia terrenal.
Los apóstoles estaban pasmados y atónitos. No sabían cómo encajar estas afirmaciones sobre las escrituras. No se atrevían a preguntar nada, porque su confusión apenas les dejaba pensar. Jesús prolongó el silencio esperando el primer interrogante, pero viendo que nadie se lanzaba, continuó:
—Habríais entendido estas verdades si hubierais leído con cuidado las escrituras. ¿No habéis leído lo que dice el profeta Samuel: «De nuevo la ira del Señor se encendió contra Israel, e incitó a David contra ellos diciendo: Ve, haz un censo de Israel y de Judá»? No es de extrañar que el escriba consignara esto así, pues en la época de Samuel los hijos de Abraham creían de verdad que Yahvé creaba tanto el bien como el mal. Pero cuando el cronista narró estos acontecimientos, tras el destierro, después de que se ampliara el concepto judío de la naturaleza de Dios, ya no se atrevió a atribuir el mal a Yahvé, por lo que dijo: «Y se levantó Satanás contra Israel e incitó a David a hacer un censo de Israel». ¿No podéis discernir que estos relatos de las escrituras muestran claramente cómo el concepto de la naturaleza de Dios sigue creciendo de una generación a otra?[7]
Jesús pausó otra vez sólo para volver a comprobar que las caras de sus amigos seguían sumidas en un mar de dudas. Todos tenían la mente ocupada tratando de recordar los pasajes del segundo libro de Samuel y del primer libro de las crónicas a las que se refería Jesús. Pero trataban de espantar semejantes sugerencias. «¿Cómo? ¿Acaso las escrituras se contradecían y estaban confundidas?». Ninguno de los doce realmente captaba las intenciones de estos ejemplos del Maestro.
Jesús lo intentó otra vez, con infinita paciencia.
—Tenéis en las escrituras muchos otros ejemplos de cómo fue creciendo en la compresión de los escribas el carácter de mi Padre. Cuando los hijos de Israel salieron de Egipto, en una fecha anterior a la revelación ampliada sobre Yahvé, las tribus tenían diez mandamientos que les sirvieron de ley hasta los tiempos en que acamparon frente al Sinaí: «No adorarás a ningún otro dios, porque Yahvé es un dios celoso»; «No te forjarás dioses fundidos»; «No te olvidarás de celebrar la fiesta de los panes ácimos»; «No poseerás los primogénitos de hombres ni animales, pues los primogénitos me pertenecen»; «No trabajarás el séptimo día, sino que sólo trabajarás seis días y el séptimo descansarás»; «No te olvidarás de celebrar la fiesta de las primicias y la de la cosecha»; «No mezclarás la sangre de un sacrificio con pan fermentado»; «No podrá quedar nada del sacrificio de la fiesta de pascua para el día siguiente»; «No os quedaréis las primicias de los frutos de la tierra, sino que los llevaréis ante Yahvé»; y «No podréis hervir un cabrito en la leche de su madre».
› Leed con atención la Torá y el relato del éxodo para descubrir que los escribas, cuando compilaron estas listas de leyes, tenían diferentes grupos de mandamientos, unos más antiguos que otros. Y cuando se encontraban con grupos mejores de órdenes, las consignaban delante. De este modo introdujeron el relato de cómo Yahvé, en medio de los truenos y relámpagos del Sinaí, les dio los nuevos diez mandamientos que todos conocen, y que coincidiréis en admitir que son principios más dignos de un concepto elevado de la Deidad.[8]
Los apóstoles estaban perplejos y se miraban con gesto de extrañeza. Jesús pareció algo divertido con la ignorancia de sus amigos.
—¿Pero es que no habéis observado nunca que los mandamientos están registrados dos veces en las escrituras? ¿Y que hay claramente dos grupos de mandamientos, unos más antiguos y retrógrados que sus equivalentes avanzados? En el primer grupo, la liberación de Egipto se señala como el motivo para respetar el descanso sabático, mientras que en la adición posterior al libro, el avance de las creencias religiosas de nuestros antepasados exigió que este motivo se cambiara por el reconocimiento del hecho de la creación en siete días.
› Pero aún así, podéis percataros todavía de un hecho más importante. —Los doce estaban en ascuas—. ¿Acaso no habéis percibido que todos los grandes mandamientos son prohibiciones? Los antiguos legisladores estaban más preocupados de castigar el mal y vengarse del pecador, que de difundir y promocionar el bien. Por eso estas declaraciones se quedaron obsoletas cuando, una vez más, a la luz espiritual mejorada de los días de Isaías, los diez mandamientos negativos fueron sustituidos por la gran ley positiva del amor, el mandamiento de amar a Dios por encima de todas las cosas y al prójimo como a sí mismo. Y yo también os declaro que esta ley suprema del amor a Dios y a los hombres debería constituir todo el único deber del hombre.
Jesús, contemplando la confusión de los pensamientos de ellos, prefirió dejar para otro día estos novedosos asuntos sobre las escrituras, y se incorporó, despidiéndose. Como todos estaban muy cansados, se fueron tras él a la tienda. Pero ninguno consiguió dormir mucho esa noche.
Esta conversación con Jacobo está basada en El Libro de Urantia (LU 142:2). ↩︎
El Elyon es el nombre dado a Dios en las escrituras hebreas, significando «el Dios Altísimo», que aparece raras veces. Una de sus apariciones es como la divinidad adorada por Melquisedec (Gn 14:18). ↩︎
Esta conversación con los apóstoles es una adaptación de El Libro de Urantia (LU 142:3). Se han usado también datos muy interesantes de los documentos 96 y 97.
Siempre se ha considerado que el pueblo judío pasó de forma súbita del politeísmo típico de la antigüedad a un monoteísmo estricto. Esto no es cierto. Los judíos tardaron mucho en volverse monoteístas, y sus escrituras están plagadas de indicaciones que demuestran que también por cierto tiempo consideraron como válidos otros dioses. El contacto permanente con otros pueblos que les conquistaron también les hizo asumir y hasta admitir un cierto politeísmo, como demuestra la palabra Elohim. Los judíos suelen explicar que esta palabra (que designa el plural de El o Eloah, es decir, «los dioses»), en realidad es un plural mayestático, queriendo expresar realeza o poder, pero muchos estudiosos dudan de esta interpretación y simplemente afirman que es un resto que quedó de una denominación antigua judía que denotaba politeísmo.
Para saber más sobre las diferentes denominaciones a Dios de los judíos, consúltese Dioses, mitos y rituales de los semitas occidentales en la antigüedad, de J. María Blázquez, Ediciones Cristiandad, y Wikipedia: El Elyón, El Shaddai, Yahvéh, Elohim, El y Deidades hebreas. ↩︎
Bereshit bará Elohim et hashamayim ve’et ha’aretz es la frase con la que comienza el libro del Génesis, y que significa «En el principio los dioses crearon los Cielos y la Tierra». ↩︎
Eloah es el singular de Elohim. Equivalía a El, nombre del dios semítico más emblemático de todos, el dios supremo y padre de todos los demás dioses. ↩︎
El Shaddai es otra rara denominación de Dios en las escrituras hebreas. Se ha traducido tradicionalmente por «Dios Todopoderoso», pero nuevos descubrimientos han venido a indicar que esta traducción podría no ser correcta, y en realidad debería relacionarse con la fertilidad de la tierra. ↩︎
Los dos relatos que Jesús compara son 2 Samuel 24:1 y 1 Crónicas 21:1. ↩︎
Sobre los diez mandamientos, es cierto que no existe una única compilación de mandamientos en la Biblia. Esto lo saben los estudiosos desde antiguo. En realidad el Pentateuco, los cinco primeros libros de la Biblia son un largo compendio de mandamientos, y de ahí que los judíos la denominaran la «ley» (Torá). El primer grupo de diez mandamientos es el que aparece en Ex 20:2-17 o Dt 5:6-21. Pero en Ex 34:10-28 aparece otro texto muy antiguo, considerado por los rabinos israelitas como uno de los que mejor expresaba las exigencias de Yahveh al celebrarse la «alianza». Éste es el otro decálogo, menos conocido, al que se refiere Jesús.
Véase en Wikipedia los mandamientos. ↩︎