© 2010 Jan Herca (licencia Creative Commons Attribution-ShareAlike 4.0)
Lunes, 14 de abril de 27 (18 de nisán de 3787)
Al amanecer unos negros nubarrones se posaron sobre la ciudad santa, pero en el horizonte asomaba el sol, con ganas de aliviar la oscuridad del cielo. El Rabí había pasado la noche consciente, como solía hacer. Sin muchas ganas de permanecer en la estera por más tiempo, se levantó el primero. El huerto de Getsemaní estaba silencioso y tranquilo. Todavía no había empezado la hora de la molienda. Los judíos tenían que recordar esos días que no podían amasar el pan con levadura, como prescribía la ley.
A Jesús le gustaba hacer aquellas labores matinales que tradicionalmente se relegaba a las mujeres, por lo que se hizo con el molino de mano que solían llevar en el zurrón, una humilde piedra lisa sobre la que deslizaban otra pequeña, y se dedicó con cuidado a moler un poco de grano. Después preparó una generosa fogata, y la usó para calentar y cocinar las tortas de pan.
Mientras disfrutaba de una hogaza tierna y caliente, se deleitó con la vista de Jerusalén, extendida a los pies del monte, en dirección oeste. Las primeras humaredas de los sacrificios del templo se elevaban ya desde el interior del santuario, escalando hacia las nubes con un tono negro de mal presagio.
Jesús meditó lentamente sobre la poca aceptación que sus enseñanzas estaban teniendo entre los representantes del templo. Los dirigentes judíos, como imaginaba, no habían tardado en considerarle una nueva amenaza para su poder y privilegio establecidos. Veía la ciudad a los pies del templo y un sentimiento de pena impregnaba su mente. Su capacidad de previsión del futuro le hacía ver con claridad que nunca sería aceptado entre los potentados judíos. «Si sólo supieran lo favorables que son los auspicios con los que cuentan…», pensaba para sí. «Este pueblo no llegará a saber cuánto han progresado en la larga evolución espiritual. Tienen la mejor religión que existe sobre la Tierra, pero por desgracia van a desaprovechar esta fantástica ocasión de continuar su avance.»
Jesús sabía que se estaba preparando una tormenta contra él en la ciudad. Caifás, por el momento, no quería dar demasiada importancia al asunto, y simplemente había solicitado calma. Algunos sanedritas deseaban poner a Jesús bajo arresto de inmediato. No podían tolerar que alguien sin la ordenación rabínica pudiese predicar con libertad en Jerusalén. Pero Caifás, siguiendo el consejo de su suegro, Anás, había solicitado algo de paciencia. Se trataba de un «loco más del desierto», no había por qué preocuparse.
Así que esos días la tensión en el templo se relajó un poco y los levitas y estudiantes dejaron algo tranquilos a Jesús y los doce. El Maestro, por tanto, decidió retomar las lecciones en el interior de los pórticos. Se reunió mucha gente de nuevo, pues toda la semana miles y miles de viajeros acudían a la ciudad para cumplir con su peregrinación anual.
Muchos judíos y algunos extranjeros venidos de todas partes del mundo conocido tuvieron la ocasión de detenerse durante unos minutos para escuchar la oratoria de aquel nuevo maestro. La mayor parte no tomaron muy en serio a Jesús, pues la población ya estaba acostumbrada a estos oradores, que pululaban por todas las ciudades del mundo, y que pronunciaban elocuentes discursos sobre todo tema que se preciara con tal de recibir a cambio algo para su sustento. Jesús mismo estuvo durante bastantes días compartiendo estrado con otros oradores, algunos de ellos escribas, que al igual que Jesús reclamaban la atención del público y aleccionaban al personal con sus enseñanzas.
Una de las más preciosas lecciones que ofreció Jesús esa semana la expuso este día en respuesta a una pregunta de un hombre de Damasco, que le dijo:
—Pero, Rabí, ¿cómo podemos tener la certeza de que eres un enviado de Dios, y que realmente se puede entrar en ese reino que tú y tus discípulos declaráis que está tan cerca? ¿Cómo podemos tener la seguridad de que tal reino es verídico?
Jesús se explicó largamente diciéndole a él y a todos los que escuchaban:[1]
—En cuanto a mi mensaje y la enseñanza de mis discípulos, deberías juzgarlos por sus frutos. Si os anunciamos las verdades del espíritu, el espíritu será testigo en vuestro corazón de si nuestro mensaje es auténtico. En cuanto al reino y a la garantía de que seréis aceptados por el Padre Celestial, permíteme preguntarte: ¿Qué padre de entre vosotros, que sea digno de ese nombre y tenga buen corazón, mantendría a su hijo en la ansiedad o en el suspense con respecto a su posición en la familia o al lugar que ocupa en el afecto del padre? ¿Acaso vosotros, padres terrenales, os complacéis torturando a vuestros hijos con la incertidumbre del lugar que ocupan en el amor de vuestro corazón?
› Pues tampoco el Padre del Cielo abandona a sus hijos de la fe en la incertidumbre de la duda sobre su posición en el reino divino. Si recibís a Dios como vuestro Padre, entonces os volvéis en verdad auténticos hijos de Dios. Y si percibís que sois hijos suyos, entonces os sentiréis profundamente seguros en la posición y el lugar que ocupa vuestra filiación eterna y divina.
› Si creéis en mis palabras, entonces creéis en Aquel que me ha enviado, y al creer de este modo en el Padre, sentiréis que ya habéis asegurado vuestro puesto en la ciudadanía celestial. Si hacéis la voluntad de mi Padre del Cielo, nunca fracasaréis en lograr la vida eterna ascendente en el reino divino.
› El Espíritu Supremo dará testimonio con vuestros espíritus de que realmente sois los hijos de Dios. Si sois los hijos de Dios, entonces es que habéis nacido del espíritu de Dios; y todo aquel que ha nacido del espíritu tiene en sí el poder de superar toda duda. Ésta es la victoria que vence toda incertidumbre, vuestra fe.
› Dijo el profeta Isaías, hablando de estos tiempos: «Cuando el espíritu se derrame sobre nosotros desde lo alto, entonces la labor de la rectitud se convertirá en paz, tranquilidad y seguridad por siempre» [2]. Para todos los que creen de verdad en este evangelio, yo seré la garantía de su admisión en la felicidad eterna y en la vida eterna del reino de mi Padre. Así pues, vosotros, quienes escucháis este mensaje y creéis en este evangelio del reino, sois los hijos de Dios, y tenéis la vida eterna por delante; y la evidencia que mostraréis ante todo el mundo de que habéis nacido del espíritu será que sinceramente os amáis los unos a los otros como hermanos.
La multitud de oyentes congregada en torno a Jesús permaneció varias horas haciendo numerosas preguntas y escuchando atentamente las reconfortantes respuestas. A los apóstoles les maravillaba ver a su maestro en estos momentos pletóricos, rodeado de tanto auditorio y proclamando tan emocionantes palabras. Resultó una experiencia sumamente inspiradora para los doce contemplar a su rabí. Al día siguiente se aplicaron a la predicación con más fuerza y determinación que nunca.