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Martes, 15 de abril de 27 (19 de nisán de 3787)
El martes Jesús continuó con sus predicaciones en los atrios de Salomón. Sus discursos acerca de la «hermandad de todos los hombres» y la «promesa de la vida después de la muerte» llenaron aún más el recinto de curiosos venidos de todas partes. Los apóstoles, a su vez, estimulados por el éxito de su maestro, también condujeron grupos más pequeños. Sobre todo Pedro, Andrés, y Santiago, tuvieron un notable éxito en aleccionar a varios particulares.
El sanedrín empezó a preocuparse mucho. Algunos de los fariseos y saduceos más recalcitrantes, sobre todo un tal Alejandro, y otro llamado Juan, instigaron al consejo a hacer algo contra Jesús. Y presionaron a Caifás para que arrestara al «alborotador» sin más dilación.
Los días de la semana de los ácimos terminaban y Jesús dejó en manos de los apóstoles el continuar con las predicaciones en el templo mientras él pasaba unos días en casa de Flavio. Allí recibió numerosas visitas de hombres que deseaban conocer en profundidad el mensaje del Maestro.
La tarde del jueves se acercó un notable miembro del gran sanedrín, llamado Nicodemo. Era un hombre rico y anciano que formaba parte de las familias patricias de la ciudad, y por eso tradicionalmente se le había admitido dentro del consejo. Pero no tenía mucha influencia, en comparación con otros grandes rabinos que formaban esta asamblea.
Nicodemo había escuchado a Jesús varios días antes su pletórico discurso en el que respondió a la pregunta de un hombre de Damasco. No se había atrevido a volver a los atrios por miedo a que algunos de sus compañeros del consejo le vieran. Le hubiera gustado seguir escuchando las enseñanzas del Maestro, pero el sanedrín estaba tan unido en su resentimiento contra el Rabí, que Nicodemo, al igual que otros miembros, no deseaban que se les identificara con el movimiento de Jesús.
Así pues, puesto que buscaba conocer el nuevo evangelio, Nicodemo envió el día antes un mensajero a Andrés, a quien había visto cerca del Maestro, para solicitarle una entrevista privada con él.
Nicodemo llegó a última hora de la tarde, escoltado por varios sirvientes, y evitando que le vieran entrar en la casa del griego. Le condujeron hasta el espacioso jardín trasero de la casa de Flavio, donde Jesús conversaba con Pedro, Santiago y Juan.
Flavio hizo las presentaciones y el Maestro besó a Nicodemo con suma cordialidad.[1] Todos sabían que era un miembro del sanedrín, y que el consejo había estado enviando jóvenes con la tarea de desacreditar al Rabí frente a su público. Pero Jesús no se mostró descortés ni tenso con este miembro del beit dyn hagadol.[2]
—Rabí, no vengo en representación del sanedrín, ni soy su portavoz oficial.
Jesús asintió:
—Lo sé.
Al llamar Nicodemo a Jesús por el título de rabbí dejaba claro que él si le consideraba un maestro legal. Aún había quienes pensaban que la sabiduría no era sólo cuestión de haber cumplimentado unos estudios en las academias de los escribas.
—Rabí, sabemos que eres un maestro enviado por Dios, porque ningún hombre puede enseñar de este modo a menos que Dios esté con él. —Nicodemo usaba el plural porque, obviamente, representaba no sólo a sus propias inquietudes sino también a las de otros sanedritas favorables al Maestro—. Y estoy deseoso de saber más acerca de tus enseñanzas respecto al reino venidero.
Jesús sabía que Nicodemo había estado escuchando el otro día su discurso sobre el reino futuro, y continuando con sus reflexiones de aquella mañana, le dijo:
—En verdad, en verdad te digo, Nicodemo, que a no ser que un hombre nazca de lo alto, no podrá ver el reino de Dios.
Nicodemo había oído aquello, pero no comprendía. Para dar descanso a sus maltrechas piernas, el Maestro le invitó a entrar en la casa y sentarse allí.
—Pero, ¿cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Acaso puede entrar por segunda vez en el vientre de su madre para volver a nacer?
Entraron en la casa, seguidos de Flavio y los tres apóstoles, que escuchaban con interés la conversación.
—Pues te aseguro que a menos que un hombre no nazca del espíritu, no podrá entrar en el reino de Dios. Lo que ha nacido de la carne es carne, pero lo que ha nacido del espíritu, es espíritu. No debes maravillarte de que haya dicho que es necesario nacer de lo alto. Cuando el viento sopla, se oye el crujir de las hojas, pero no se ve el viento, ni de dónde viene ni a dónde va. Del mismo modo es con todos los que nacen del espíritu. Con los ojos de la carne tan sólo se pueden contemplar las manifestaciones del espíritu, pero en realidad no se puede discernir el espíritu.
Se sentaron todos. Nicodemo tenía una expresión de profundo desconcierto.
—Pero, no entiendo… ¿Cómo puede ser eso?
—¿Es posible que seas un maestro en Israel e ignores estas cosas? —Todos se quedaron un poco sorprendidos de que Jesús no tratase con más deferencia a este anciano del presbiteryon. La costumbre judía era mostrar reverencia por los jefes de la nación. Pero el Rabí no estaba dispuesto a adoptar un tono condescendiente por el hecho de que Nicodemo fuera del sanedrín—. Los que conocen las realidades del espíritu tienen el deber de revelar estas cosas a los que sólo pueden discernir las manifestaciones del mundo material. Pero, ¿nos creerás si te hablamos de las verdades celestiales? ¿Tendrás el coraje de creer, Nicodemo, en aquel que ha descendido del Cielo, en el «Hijo del Hombre»?
Nicodemo no se resintió por el reproche de Jesús. Al contrario, estaba decidido a no marcharse de allí sin comprender esta nueva enseñanza.
—Pero, ¿cómo puedo empezar a captar ese espíritu que me debe renacer en preparación para entrar en el reino?
Jesús sonrió.
—El espíritu del Padre Celestial ya está dentro de ti. Si permites ser conducido por este espíritu de lo alto, muy pronto empezarás a ver con los ojos del espíritu, y luego, si escoges de todo corazón seguir su orientación, nacerás del espíritu. Porque el único propósito de tu vida será hacer la voluntad de tu Padre del Cielo. Al encontrarte así, renacido en el espíritu y dichoso en el reino de Dios, empezarás a producir en tu vida diaria los abundantes frutos espirituales.
Nicodemo se marchó esa noche algo confuso. «Desde luego, esta enseñanza era novedosa», pensaba. Nunca en todos sus años de estudio había leído o escuchado nada igual. Aún se repetía en sus oídos algunas de las palabras que Jesús le había dirigido mientras regresaba a su casa. Pero una cosa le quedó clara. Aquel hombre llamado Jesús de Nazaret era alguien especial, sin duda un nuevo profeta en Israel.
La conversación con Nicodemo aparece en El Libro de Urantia (LU 142:6), y también fue recogida por el evangelista Juan (Jn 3:1-21). Estos pasajes de la vida de Jesús están bastante bien consignados por Juan, el único de los evangelistas que relata estos hechos, aunque se nota una gran diferencia en la profundidad de la conversación que recoge El Libro de Urantia. ↩︎
Beit dyn hagadol es otra denominación para el sanedrín, que significaba «el gran tribunal», pues era quien juzgaba los delitos más importantes. Otra forma de llamarlo era presbiteryon. Véase el artículo El gran Sanedrín de Jerusalén y otros tribunales judíos. ↩︎