© 2010 Jan Herca (licencia Creative Commons Attribution-ShareAlike 4.0)
Habiendo concluido la semana de los ácimos, el número de habitantes de Jerusalén descendió con rapidez. De un día para otro, miles de peregrinos emprendieron la marcha de regreso a sus hogares, dejando las concurridas calles de la ciudad casi sin viandantes.
El Maestro permaneció la semana siguiente en Getsemaní, donde pasó mucho tiempo retirado y a solas en un rincón escondido que había encontrado al fondo del olivar. Todas las noches se encargó de profundizar con sus apóstoles en diversas enseñanzas. Los doce hicieron alguna labor personal en la ciudad, visitando a varios enfermos y predicando en privado, pero ni Jesús ni los discípulos volvieron a entrar en los precintos del templo.
Judas se estaba poniendo nervioso porque la bolsa estaba menguando con rapidez, y los fondos que habían mantenido en reserva para sus familias, que puntualmente llegaban a casa de cada apóstol por medio de mensajeros, se estaban agotando. El Iscariote se había alegrado de que durante unos días Lázaro o Flavio se hubieran ofrecido a su manutención, pero ahora Felipe tenía que acudir al mercado para proveerse de víveres, y los últimos gastos habían mermado sus ingresos considerablemente. Así que se lo comunicó a Andrés, quien habló sobre el tema con Jesús y con Mateo.
Andrés no tenía muy claro qué podían hacer para mantenerse durante los próximos meses, y consideró la posibilidad de regresar a Cafarnaúm. Pero las intenciones del Rabí eran las de continuar realizando una gira de predicación por territorio judío. Así que anunció a todos que a partir de ese momento, deberían contar con las ayudas y los donativos que les quisieran entregar los creyentes de su predicación.
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Miércoles, 23 de abril de 27 (27 de nisán de 3787)
Este miércoles Jesús y los doce lo pasaron descansando en casa de Lázaro. El Maestro conversó con Lázaro y sus hermanas y mantuvo una instrucción privada con sus apóstoles. Esa noche, en el espacioso jardín de Lázaro, el maestro continuó aleccionando a sus amigos. Durante la conversación, Tomás hizo una pregunta que produjo una instructiva respuesta.
—Maestro, el día que nos ordenaste como apóstoles del reino, nos dijiste muchas cosas, nos enseñaste acerca de nuestro modo de vida personal y cómo debíamos vivir, pero, ¿qué vamos a enseñar a la multitud? ¿Cómo deberán vivir estas personas después de que llegue el reino a su plenitud? ¿Podrán tus discípulos tener esclavos? ¿Deberán los creyentes estimar la pobreza y renunciar a las posesiones? ¿Prevalecerá por sí sola la misericordia de modo que ya no será necesaria la ley ni la justicia?
El Rabí asintió, conociendo las inquietudes de Tomás. Esto es lo que les dijo:
—Mirad, hijos míos, comprendo que os sintáis confusos sobre las exigencias de vuestro apostolado, porque no estamos viviendo una vida sólo para inspiración de los creyentes sino para todos los pueblos de un vasto universo en toda una edad.
› Escuchad, mis amigos. Yo he descendido de lo alto para vivir una vida excepcional en la carne. La experiencia por la que voy a pasar no deberá ser obligación ni inspiración para los creyentes venideros. Pero vosotros, queridos míos, habéis sido llamados para participar en esta experiencia sublime, y por tanto, deberéis compartir muchas de las imposiciones que esta obra requerirá. Y no será fácil. No os prometo un mar tranquilo lleno de agua en calma y bendiciones. Será con mucha tribulación y mucho dolor que el reino se establecerá en la Tierra. Y será con mucho pesar y mucha penuria que los embajadores del reino harán brillar la luz del evangelio.
› Pero recordad. Mi vida es única. Esta existencia en la carne por la que estoy atravesando es algo irrepetible e insólito que sólo ocurrirá esta vez y nunca más volverá a suceder sobre la Tierra. El «Hijo del Hombre» es un ser peculiar y fuera de lo común. Y cuando termine su donación a este mundo, se volverá un ser de unas características sin par en todo un universo; el único capaz de ver simultáneamente dentro del corazón mismo del Padre y a la vez dentro de las profundidades del alma humana; un espíritu que procede de lo alto y revela como nadie la verdad a las criaturas de lo más bajo.
—Pero, maestro, no entendemos tus palabras. ¿Cómo puede ser que el reino llegue en medio de sufrimiento y pesar? ¿Acaso no es el reino venidero ese reino de bienestar y eterna abundancia, un mundo nuevo y próspero donde por fin dejará de reinar el mal y la iniquidad de los poderosos?
—No es de extrañar que hagáis estas preguntas. ¡Por tanto tiempo os han hablado los maestros de un reino de perfección y dicha sin fin! ¡Por tanto tiempo ha anhelado el hombre que Dios tomara las riendas de este mundo e impusiera por la fuerza su voluntad! ¡Qué actitud más indolente del hombre la que desea que todos sus problemas sean terminados por el poder de un ser superior!
› No, hijos míos, el reino del Cielo no es ese anhelo de nuestros antepasados. En realidad, el reino es una experiencia siempre creciente que comienza aquí en la Tierra y que progresa de morada celestial en morada celestial hasta llegar al mismísimo Paraíso, la morada eterna de mi Padre.
› Este mundo nuestro no es el final. Existen en la creación del Padre miríadas de otros mundos, moradas de una perfección excelsa donde los hombres continúan su vida después de la muerte y se perfeccionan aún más, hasta superar a los ángeles en su gloria de esplendor.
› Puesto que el reino es algo evolutivo, que irá formándose con el paso del tiempo, no debéis esperar una inminente llegada del reino a su plenitud. El reino ya está aquí, pero tardará todavía edades incontables en alcanzar su máximo desarrollo. Algún día, cuando el reino haya alcanzado una etapa madura de logro, yo mismo volveré a visitar este mundo, y entonces sí vendré con todo el poder espiritual y sentado en la gloria divina de la majestad excelsa.
Nunca lo supieron los apóstoles, pero allí junto a ellos, millones de seres ignotos que escuchaban en las sombras de la noche soltaron un silencioso murmullo de aprobación admirada al oír estas últimas palabras. Pero los doce nada percibieron de todo aquello excepto la quietud del jardín de Lázaro.
—Veréis. La idea del reino no es el mejor modo de mostraros vuestra relación con Dios. Utilizo la palabra reino porque muchos de nuestros compatriotas tienen una cierta idea acerca del reino y porque Juan también empleó este término. Pero los pueblos de otra era comprenderán mejor el evangelio del reino cuando se lo presente en términos que expresen la relación familiar, cuando el hombre comprenda que la religión en realidad es la enseñanza de la paternidad de Dios y la hermandad de los hombres, la filiación con Dios.
› Podéis imaginar con bastante exactitud qué tipo de relación existe entre Dios y el hombre si examináis las relaciones que imperan dentro de una familia terrenal. En toda familia, desde bien temprano, se establecen dos reglas básicas que todos los miembros de la familia suelen acatar: en primer lugar, el amor al padre y la madre, los jefes de la familia; y en segundo lugar, el amor de todos los hermanos entre sí. ¿Qué le dice una madre a sus hijos cuando les ve discutiendo acaloradamente y pegándose? ¿Acaso les deja hacer y no se entromete, como si fueran extraños? ¿No les conmina inmediatamente para que dejen de golpearse y se pidan perdón?
› ¡Cuántas enseñanzas verdaderas acerca de Dios podéis extraer de la contemplación de una familia honesta! Porque si os dierais cuenta, Dios no es más que el Padre descomunal de una inmensa familia.
› ¿Acaso no os habéis percatado de que los hijos heredan ciertos rasgos de parecido con los padres? Y no sólo en el aspecto físico, sino que los hijos parecen ser de temperamento parecido a los padres. ¿Acaso esto no demuestra que nuestra personalidad depende de un acto creador? ¿Qué seríamos sin nuestros padres, de quienes dependemos enteramente cuando somos pequeños?
› ¿Queréis comprender a Dios? ¿Queréis imaginar cómo es? Entonces contemplad a ese padre sabio y a su familia. Los verdaderos padres muestran gran satisfacción en proveer a sus hijos de sus necesidades. No simplemente les dan lo necesario para vivir, y les alimentan y les visten, sino que van mucho más allá y les proporcionan todo tipo de diversiones y placeres.
› Los padres sabios y amantes se preocupan por el futuro de sus hijos y les ofrecen una profesión para que se puedan valer por sí mismos el día de mañana.
› Los padres previsores y ecuánimes no dudan en corregir y disciplinar a sus hijos cuando éstos cometen alguna equivocación, y son comprensivos de sus limitaciones e inmadurez.
› Los padres afectuosos y tiernos no permiten que las rencillas aniden en su corazón, más bien mantienen una relación íntima y llena de cariño con sus hijos. Están siempre dispuestos a escuchar sus solicitudes por muy peregrinas que parezcan, y están dispuestos a compartir sus penas y a ayudarlos en sus dificultades.
› Los padres compasivos y misericordiosos perdonan sin concesión a sus hijos. Los padres no son como los jueces, los enemigos o los acreedores. Incluso para un hijo que se reconoce malvado, el padre siempre suplicará clemencia ante el tribunal, porque es su hijo amado. Nadie hará mejor defensa ante la corte de un reo que un padre o una madre. Las mejores familias son las que están cimentadas sobre las bases de la tolerancia, la paciencia, y el perdón.
› Los padres esperanzados y de largas miras no sienten temor ante la muerte pues saben que aunque muera un miembro de la familia, aun así la vida sigue, y la familia continúa, y a una generación seguirá otra. Y por eso, con previsión, se preocupan de dejar algo en herencia para sus hijos.
› Pues del mismo modo podríais aplicar estas formas de relación entre padres e hijos a la realidad de Dios. Porque todo este amor, toda esta bondad derrochada por los padres terrenales hacia sus vástagos, no es sino una sombra, un reflejo de las realidades eternas del Padre de todos. El Padre dona la personalidad a sus hijos, y este don es el que confiere unidad e identidad a los ojos del universo para las criaturas materiales del tiempo y del espacio. El Padre os proporciona todo lo que necesitáis para vuestro largo viaje de peregrinación hasta el Paraíso. A medida que vuestros logros requieran nuevas vestiduras santas, estos ropajes celestiales os serán otorgados para que podáis cumplir con las exigencias de la siguiente etapa del camino. Y el Padre será paciente y tolerante hasta el extremo con vuestras dudas, vuestros tropiezos, y vuestra falta de fe. Él estará alentandoos y esperándoos en su eterna morada. Cualquier cosa que la imperfección del mundo os hubiera podido robar, cualquier defecto que os hubiera podido retrasar en este largo viaje, os será resarcido y os será recompensado con creces en la siguiente etapa del infinito camino de la vida. Si no en esta vida, en muchas vidas futuras, tendréis la ocasión plena de satisfacer todas vuestras ilusiones y deseos sinceros.[1]
Jesús continuó durante largo rato repasando estas comparaciones entre la actitud de los miembros de una familia ejemplar y la verdad acerca de Dios. Y los apóstoles se sintieron sumamente dichosos de escuchar estas clarificantes palabras. El Maestro les dijo, a modo de conclusión:
—Yo conozco verdaderamente toda la relación que puede darse entre un hijo con el Padre del Cielo, porque todo lo que debáis alcanzar en un futuro en esta relación, yo ya lo alcancé hace mucho tiempo. El «Hijo del Hombre» se está preparando para ascender a la diestra del Padre. De este modo, en mí hallaréis el camino, todavía más claro y abierto, para ascender donde está Dios, y cuando hayáis completado vuestra progresión gloriosa, para volveros tan perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto.
Todos se quedaron electrizados y sorprendidos de estas declaraciones. Era la primera vez que oían a Jesús declarar abiertamente ante ellos que él era alguien especial, un ser celestial quizá. Pero no tenían muy claro a qué tipo de ser se refería Jesús. Aquella denominación que había empleado, «Hijo del Hombre», era una expresión corriente en las escrituras y en los textos de los escribas. Podía tener más de una docena de posibles interpretaciones. Algunos creían que se refería a un hombre elegido por Dios, una especie de profeta; otros pensaban en un ser celestial, un ángel o arcángel, o alguno de los otros seres que poblaban la mitología hebrea. Pero no se atrevieron a preguntarle por este tema. Sin embargo, sí le pidieron más explicaciones sobre el Padre, a las que Jesús se entretuvo en responder profusamente.
Tomás, no obstante, que se había mostrado muy inquieto esa noche, no parecía satisfecho con las respuestas. Por eso, tras otra larga intervención del Rabí, le preguntó de nuevo:
—Pero, maestro, ¿no te parece que el Padre del Cielo a veces no nos trata con clemencia y misericordia? Muchas veces sufrimos duramente en la Tierra, y no siempre son contestadas nuestras oraciones. ¿En qué fallamos al captar el significado de tus enseñanzas?
—Tomás, Tomás, ¿cuánto tiempo necesitarás para que adquieras la habilidad de escuchar con el oído del espíritu? ¿Cuánto tiempo pasará hasta que disciernas que este reino del que hablo es un reino espiritual, y que mi Padre también es un ser espiritual? ¿No comprendes que os enseño como hijos espirituales de la familia celestial, cuyo jefe paterno es un espíritu infinito y eterno?
› ¿Es que no me dejaréis usar el ejemplo de la familia terrestre como ilustración de las relaciones divinas sin que apliquéis mis enseñanzas de forma literal a las cuestiones materiales?
› ¿No podéis separar en vuestra mente las realidades espirituales del reino de los problemas materiales, sociales, económicos y políticos de esta época?
› Cuando os hablo en el lenguaje del espíritu, ¿por qué insistís en traducir mis ideas en el lenguaje material? ¿No veis que utilizo estas comparaciones sencillas simplemente con la finalidad de aclararos?
› Hijos míos, os ruego que dejéis de aplicar la enseñanza del reino del espíritu a los sórdidos asuntos de la esclavitud, la pobreza, las casas, las tierras, y a los problemas materiales de la equidad y la justicia humana. Estas cuestiones temporales interesan sólo a los hombres de este mundo, y aunque en cierto modo afectan a todos los hombres, vosotros habéis sido llamados para representarme en el mundo al igual que yo represento a mi Padre. Sois los embajadores espirituales de un reino espiritual, los representantes especiales del Padre Celestial. A estas alturas ya debería poder instruiros como hombres maduros del reino espiritual. ¿Tendré que seguir hablándoos como si fuerais niños? ¿No creceréis nunca en percepción espiritual?
Jesús suspiró.
—Pero no os sintáis agobiados. Os amo a todos y seré indulgente con vosotros hasta el fin de nuestra obra. E incluso cuando yo ya no esté entre vosotros, mi espíritu os precederá por el mundo entero.