© 2010 Jan Herca (licencia Creative Commons Attribution-ShareAlike 4.0)
Tras la jornada de descanso en casa de Lázaro, el Maestro les reunió por la mañana y les anunció un nuevo período de predicación en el templo. Esta vez Jesús solicitó a los apóstoles que trabajaran por separado, cada uno dirigiendo enseñanzas a un grupo, y que recabaran al final de sus discursos algún óbolo para sufragar sus gastos.[1]
Los doce se quedaron un tanto asustados. El sanedrín había conspirado aquellas últimas semanas contra ellos, impidiendo que predicaran en público con tranquilidad, y aquella práctica de solicitar limosnas por la enseñanza era algo que los escribas prohibían tajantemente. Consideraban una aberración y una afrenta al Señor cobrar por la instrucción. Aunque en realidad eran unos hipócritas, porque a cambio del dinero nunca despreciaban un buen banquete si les invitaban.
Como bien habían supuesto los doce, los problemas no tardaron en aparecer. Jesús y los doce se repartieron por los atrios de Salomón, donde solían congregarse los oradores y los estudiantes, y comenzaron con normalidad su predicación. Pero al poco rato de estar en el templo, ya varios levitas habían llevado la noticia al sanedrín del regreso del galileo.
Y estalló la guerra. Esta vez, un grupo de cuatro sanedritas, dos fariseos y dos saduceos, se personaron en los atrios. Eran Alejandro, Semes, Juan y Dothaim. La gente se apartó al ver la blancas y pulcras vestiduras de los escribas y sacerdotes. Eran lo más granado de la escuela de Shammay[2]. El Maestro estaba en medio de uno de sus discursos sobre el requisito único de la fe para entrar en el reino, y tuvo que interrumpirse. Los sanedritas, de forma despótica, tomaron la palabra sin permitir a Jesús terminar su frase.
—¿Quién te ha autorizado a enseñar de este modo? ¿De quién has recibido esta enseñanza?
Aquella pregunta en realidad quería decir: «O te marchas inmediatamente o tomaremos medidas». Los doce, desde sus otros estrados, captaron en seguida la tensión y se dirigieron de inmediato al corrillo en torno a Jesús. Estaba claro que se estaba preparando una tormenta. Los dirigentes del sanedrín no estaban solos, e iban escoltados por un nutrido grupo de levitas y estudiantes rabínicos.
Cuando llegaron junto a Jesús, el Rabí hizo un gesto a los gemelos y a Pedro indicando que se tranquilizaran. El Maestro aún no había respondido a sus inquisidores. Alejandro, un hombre adusto y mayor, se impacientaba:
—Esperamos una respuesta. ¿Quién te ha permitido estar enseñando esas cosas en nuestra casa santa? Nada de lo que dices se encuentra en las escrituras. Confundes a nuestros alumnos con tu falsa doctrina.
Jesús se acercó a este hombre:
—La hermandad de los creyentes en el Padre divino ya ha empezado a alborear sobre la Tierra. ¿Deseáis escuchar el evangelio que anuncia esta nueva era de comprensión en la relación de los hombres como hijos de Dios, o lo que buscáis es cerrar la puerta a las palabras de amor del Padre?
Algunos levitas, ansiosos de provocar una revuelta, y deseosos de llevarse a Jesús a rastras hasta una celda, exclamaron desde el fondo de la multitud: «¡Este hombre blasfema!». Jesús había mencionado la palabra Dios y encima se había atrevido a llamarle Padre, cosa que solía hacer siempre sin importar sus interlocutores. Pero es que esta vez tenía delante a los más importantes miembros del tribunal de Israel, varios de los deca protoi[3] del sanedrín.
—Esto es insultante, —le espetó Alejandro a Jesús, visiblemente disgustado—, ¿nosotros escuchar de ti enseñanzas? ¿Pero quién te has creído que eres? Ni siquiera estás instruido en las escuelas de los escribas, ¿cómo pretendes darnos lecciones a nosotros?
La siguiente frase fue la losa que todos aquellos fanáticos estaban esperando a que llegara.
—Te conminamos ahora mismo a que abandones este lugar y te prohibimos a que continúes enseñando. —Alejandro titubeó un poco al escuchar el murmullo de desaprobación de muchos presentes, gentes llanas que estaban escuchando con placer a Jesús. Y suavizó un poco los términos de su proclama—. Si deseas continuar enseñando, te recomendamos que acudas a las escuelas, te instruyas sobre la doctrina de las escrituras, y luego, cuando te hayas ordenado y hayas obtenido la edad necesaria, ejerzas como maestro.
Pero el Rabí, sin perder la compostura, aunque con el gesto muy serio, estableció con firmeza las intenciones que tenía:
—Trabajaré hoy, mañana continuaré, y pasado habré terminado mi obra. Mientras tanto, quienes tengan a bien escuchar esta enseñanza, serán bien recibidos en nuestra hermandad.
Aquella postura de enfrentamiento dejó a todos anonadados. Nunca habían visto a su maestro con esta actitud tan rebelde y desafiante. El miedo se apoderó de los doce. La gente estaba pasmada. Los levitas empezaron a increpar a Jesús gritándole que «cómo se atrevía a hablar así a un doctor de la ley», y Alejandro y sus compañeros se quedaron petrificados de la solidez y seriedad de Jesús.
Pero el Maestro, haciendo caso omiso del revuelo, regresó al estrado, un pequeño murete al que se subía por una escaleras, y continuó con su charla.
Sin embargo, pese a que los doce rodearon a su maestro con la idea de que iba a ser arrestado de forma inminente, los sanedritas dieron media vuelta, airados e iracundos, y a paso rápido se llevaron consigo a los levitas hacia la sala de las piedras talladas.
El Rabí continuó su lección de la mañana sin que le temblara un solo momento la voz, pero el mal ya estaba hecho. Había estallado la contienda.
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Julio, el espía de Herodes, que había sido testigo del careo entre Jesús y los sanedritas, vio en seguida la posibilidad de un beneficio en aquello. Salió del templo y se fue a buscar a uno de sus confidentes, un judío que tenía influencias dentro de la cámara del bouleyterion[4].
Cuando los grammateis entraron en la sala de las piedras talladas, estallaron en un arrebato de cólera y furia. Sus colegas, que les esperaban para ver qué tal les había ido con el «profeta», se encendieron de indignación, y no tardaron en enviar mensajeros para que acudiera con la mayor prontitud el sumo sacerdote.
Caifás no tardó en llegar. Anás no estuvo presente en esta reunión.
—Estimado kôhen gadôl —empezó Alejandro casi sin dejar al sumo sacerdote sentarse en su asiento—, tenemos que hacer algo con ese galileo. ¡Se está burlando de nosotros! ¡Se ríe de nosotros! Nos ha insultado públicamente y ha despreciado nuestra autoridad. Se comporta de forma rebelde y subversiva.
Caifás dejó a otros compañeros del consejo que se vaciaran en su ira. Pero aburrido de estas insidias, y sabedor del puesto que ocupaban realmente en la autoridad judía, les hizo ver la realidad:
—¿Y qué queréis que haga contra él? Estamos en territorio del prefecto romano. No tenemos poder para ejecutar la pena capital. Tendremos que llevarle ante el gobernador. ¿De qué vamos a acusarle?
Pero los sanedritas estaban congestionados de irritación.
—No podemos permitir a ese hombre que continúe predicando a las gentes. Muchos se están haciendo seguidores suyos. Predica las típicas cosas que gustan a las masas incultas y zafias que no tienen entendimiento para comprender las escrituras. ¡Si no hacemos algo pronto, todo el pueblo en bloque marchará detrás de él!
Los saduceos estaban unidos y decididos a favor de hacer algo, lo que fuera. Y Caifás, viendo a sus compañeros de partido tan aliados en esta causa, tuvo que ceder. Pero les hizo ver que debían buscar alguna acusación que lo inculpara ante los romanos.
—Debemos ejecutarlo sin dilación. Al nuevo prefecto le traerá sin cuidado.
—¡No! —gritó Caifás—. No permitiré que se cometan equivocaciones. Nuestra relación con el prefecto, por ahora, es adecuada. No enturbiemos con asuntos de poca monta la escasa relación que podemos mejorar con el prefecto.
› Se le apresará y se le azotará. Pero no quiero que nadie le mate. No sin el consentimiento del gobernador. De momento los cargos serán los de ofender a un representante del pueblo. Y ya buscaremos un medio de deshacernos de él…
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Julio esperaba junto al murallón del templo, en la esquina sur. Su confidente había podido escuchar parte de la sesión en la sala del sanedrín, pues era sirviente de uno de los setenta. En esta reunión, ni Nicodemo ni ningún otro sanedrita partidario de Jesús había abierto la boca por temor de sus compañeros.
El soplón informó a Julio de las decisiones que había tomado el consejo.
—Esperan arrestarlo hoy mismo. Supongo que los ammarkalin[5] ya habrán dado órdenes a los guardias.
El galo dejó caer un par de monedas sobre las manos del criado, y agradeciendo a su amigo, se encaminó hacia el palacete de Herodes. Ya tenía lo que necesitaba. Era cuestión de echar bien los dados.
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En el palacio asmoneo Herodes aún continuaba instalado, aunque haciendo preparativos para viajar hacia Maqueronte, su fortaleza favorita. Julio fue recibido sin mucho interés por parte del tetrarca.
—Ah, Julio —exclamó Antipas al percatarse de quién se trataba—. No te hacía por aquí. ¿Aún continúa ese rabino por el vecindario?
Herodes pensaba que el Maestro se había marchado de Jerusalén, pues en la última semana no se había vuelto a hablar de él en la ciudad santa.
—Tengo noticias importantes. Esta mañana los dignatarios del templo le han interrogado en público y han quedado profundamente irritados con su aire altivo y su falta de sumisión a sus órdenes.
Antipas se rió. Era la primera sonrisa del día. Llevaba unos días algo tenso con su mujer a causa de malentendidos nimios. Le agradó tener algo divertido que escuchar, al fin.
—Esos idiotas están disgustados con medio Israel. ¿Y qué hay de nuevo en ello?
—Me he informado. Han convocado una reunión en la boulé[6] justo después, con Caifás, y han resuelto arrestarle. Creo que en su ánimo está ejecutarle.
Julio resbalaba por terreno peligroso. Sabía que aquello último no era cierto, pero podía causar un efecto muy interesante.
—¡Cómo? —Antipas enarcó las cejas presa de la rabia—. ¡Esas malditas ratas! ¿Con qué autoridad?
—Con la suya propia. No tienen la autorización del prefecto, señor.
Antipas movió afirmativamente la cabeza mientras pensaba. «Serán fanáticos idiotas, nos van a meter a todos en un problema…», murmuró. Por un momento, fue a darle instrucciones a su espía, pero luego, pensándolo mejor, pidió al jefe de cámara que llamara a uno de sus embajadores.
Julio se resistía a irse. Quería saber si había surtido efecto su estrategia.
—¿Alguna orden para mí, señor?
Antipas se volvió hacia él.
—No, sigue como hasta ahora. Has hecho bien, Julio. Mantenme al corriente de todo lo que sepas.
El tetrarca no soltaba prenda.
—Puesto que el profeta va a ser arrestado, ¿sigo vigilando a sus discípulos?
Antipas movió la cabeza en negación.
—¡De ninguna manera! ¡Esos engreídos no van a hacer nada sin mi consentimiento! —la voz de Antipas había sonado, por primera vez en bastante tiempo, imperativa y dominante. E hizo un gesto al espía para que se marchara.
Julio dejó el palacete con una sonrisa. La conjura había sido abortada.
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El Maestro no permaneció ajeno a toda la tormenta que se estaba desatando contra él. Esa mañana, imperceptibles mensajes del mundo espiritual le habían sido notificados, y Jesús, en permanente comunicación con el mundo celestial, sabía de las maquinaciones del sanedrín. Por ello, cuando dio por concluido su discurso, solicitó a los doce que abandonaran el templo. No se lo tuvo que repetir. Todos estaban deseando salir de la ciudad.
Regresaron a Getsemaní, y allí Jesús les reunió en torno suyo, explicándoles la difícil situación en la ciudad. No deseaba que los doce vivieran ignorantes de los peligros que empezaban a acecharles. La cara de preocupación era patente en el rostro de los apóstoles. La decisión del Rabí estaba clara: emprenderían un viaje de predicación por el sur de Judea, en espera de que los ánimos se calmaran. Así que se dispusieron a recoger la tienda y sus pertenencias del huerto de Lázaro.
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Mientras tanto, el enviado del tetrarca se personó ante Caifás, solicitando explicación por los recientes rumores sobre un arresto de un predicador del distrito de Galilea sin la autorización de Antipas. Caifás, sin sorprenderse de que el asunto hubiera llegado tan rápido a oídos del tetrarca, suspiró, fastidiado por su poca capacidad de acción. Prometió que revocaría la orden de arresto y que acudiría a hablar con Herodes para tratar el asunto.
Pero la situación cambió cuando al día siguiente los sanedritas vigilaron el templo en espera de ver aparecer a Jesús. Cuando circuló el rumor de que el profeta galileo había marchado de la ciudad, los dirigentes del templo se mostraron satisfechos y concluyeron que el falso maestro se había asustado y había dejado de ser su preocupación. No sabían aún que sus desvelos no habían hecho más que empezar.
Un aspecto que no debemos pasar por alto es el relativo a la economía del grupo de Jesús. Que el Maestro tuvo a bien organizar su grupo teniendo en cuenta sus necesidades económicas se deriva del hecho de sobras conocido de que Judas, el traidor, era quien llevaba la bolsa de dinero con los fondos. Pero, ¿cómo sufragaba sus gastos el grupo de Jesús? ¿Vivían simplemente de limosnas y aportaciones de los fieles? Les vemos en los evangelios viajar de aquí para allá por Palestina sin dedicarse durante mucho tiempo a su profesión. Aquí los evangelistas cometieron un grave error: se olvidaron de incluir estas pequeñas cosas del día a día, que hoy pueden llevar a la falsa idea de que Jesús vivió de la caridad durante todo su ministerio, cuando ya hemos visto que no fue así. Durante una temporada previa, Jesús y los doce trabajaron lo suficiente como pescadores como para pensar en un esfuerzo de predicación de varios meses usando los fondos recaudados. Despúes, Jesús no hizo ascos a las donaciones que recibió de Zebedeo y otras personas adineradas. El Libro de Urantia también nos dice que el apóstol Mateo, que era una persona acomodada, realizó una generosa aportación a la causa. Que los doce y Jesús pasaron en algunos momentos ciertas penurias económicas es algo lógico de pensar si consideramos que fueron hombres corrientes de su tiempo y generación, y que no vivieron ajenos a estas preocupaciones mundanas. Veáse El Libro de Urantia (LU 139:7.8). ↩︎
Shammay, llamado «el Viejo», fue un notable rabino judío del siglo I, contemporáneo de Jesús, y director de una escuela rabínica que llevaba su nombre, opuesta en muchas de sus doctrinas a la escuela de Hillel. Véase la Wikipedia. ↩︎
Los deca protoi son los diez miembros más destacados del sanedrín, que ejercían como portavoces. En otros consejos locales judíos también solían nombrarse a diez hombres como los más destacados. ↩︎
El bouleyterion es el edificio donde se reunía el sanedrín. ↩︎
Los ammarkalin, en singular ammarkal, son los guardianes del templo, unos sacerdotes jefes encargados de la vigilancia del edificio sagrado. ↩︎
La boulé es el consejo o asamblea que gobernaba con cierta autoridad en el pueblo judío. Se solía usar para el sanedrín. ↩︎