© 2010 Jan Herca (licencia Creative Commons Attribution-ShareAlike 4.0)
La mañana amaneció nublada, sin un pobre rayo de sol. Jesús y los doce se levantaron bien temprano y se dirigieron rumbo al sur con los petates al hombro. El Maestro solía llevar parte de las lonas de la tienda, que pesaban bastante. Cada uno de los doce se repartía el resto de los enseres y seguía una costumbre que habían fijado desde el principio.
El primer destino era Belén[1] y las aldeas próximas: Metopa y Galim. El camino era arduo y quebrado, pero en apenas unas horas cubrieron los escasos diez kilómetros que separaban la ciudad santa de Belén, patria del rey David.
Antes de partir para Belén, Jesús había enviado un mensajero a Betabara con instrucciones para Abner y el resto de seguidores de Juan. La idea era que se unieran todos en un esfuerzo común en el sur de Judea. Abner y los suyos, nada más recibir este mensaje, se pusieron en marcha rumbo a Belén.
La antigua Efratá era una próspera ciudad rodeada de interminables olivares, donde se producía un aceite exquisito. Jesús recordaba a los entrañables posaderos que le alojaron años atrás, y condujo a los doce hacia este caserón, situado en pleno centro de la urbe.
Judas pagó al posadero por adelantado una semana, pero fueron prácticamente las últimas monedas que llevaba. Cuando pudo, el apóstol se acercó a Jesús y le comentó que la bolsa estaba casi exhausta.
—Tenemos que hacer algo, maestro. Debemos dejar por un tiempo la predicación y buscar algo que hacer.
Pero el Maestro no parecía tan angustiado.
—Tranquilo, Judas. Aún podemos esperar unas semanas.
—¿Unas semanas? Maestro, apenas nos queda para ¡unos días! Será un milagro que nos llegue el dinero.
Judas no desaprovechaba la ocasión para retar al Rabí a que se manifestara de forma sobrenatural. Pero Jesús parecía radiante y lleno de confianza.
—Tranquilo, Judas. Estoy esperando un milagro. Pero cuando llegue, seguro que no lo llamaréis así.
Judas se quedó confuso y extrañado. No entendía estos enigmas de su maestro, y estaba muy preocupado por su situación. Le expresó su sentir a Andrés, pero no consiguió hacer partícipes de su ansiedad a ninguno de los demás. ¿Por qué afanarse si Jesús mismo no estaba intranquilo?
Judas se felicitó de habérsele ocurrido la idea de que se incluyera en el mensaje de Jesús a los discípulos de Juan una solicitud para que recogieran parte del dinero que tenían en depósito en Jericó. Estaba seguro de que el Maestro se estaba comportando de forma irresponsable y que lo lamentaría.
Esa noche Jesús la pasó con los doce en la vieja posada donde había nacido él. Pero evitó comentarles este hecho. No deseaba reavivar su fervor mesiánico con la jugosa idea de que había nacido en Belén, lugar en el que el profeta Miqueas situaba el nacimiento del Mesías. Se reunieron todos en el patio, junto a los establos, y el Maestro les instruyó sobre lo que debían hacer en los próximos días.
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Al día siguiente, los discípulos se distribuyeron por parejas la tarea de predicar. Algunos fueron a las aldeas próximas; otros se quedaron en Belén. Jesús se retiró a solas en las colinas cercanas, siguiendo el camino del acueducto.
El trabajo de predicación de esos días, por indicación de Jesús, no fue público, sino que los doce trabajaron como maestros yendo casa por casa. Resultó sumamente gratificante, pues muchos de los habitantes de esta zona eran descendientes de antiguos cananeos. La propia Belén fue en la antigüedad un centro de culto al dios Lahamu[2], divinidad del fango y el lodo. Había muchos judíos de mentalidad abierta en estas tierras, y la predicación de los apóstoles encontró un terreno abonado para el éxito de las enseñanzas del Rabí.
Se formó un gran interés por el Maestro, y Jesús fue invitado todos los días a cenar en casa de algún vecino del pueblo, de modo que nunca tuvieron que cenar en la posada. Todos los lugareños se disputaron el honor de servir la mesa al nuevo profeta.
Al segundo día de estar en Belén llegaron Abner y sus diez compañeros: Jacob, Recab, Simón, Eleazar, José, Jotán, Santiago, Elí, Menahem y el otro Santiago. Todos se alegraron de volver a reencontrarse. Judas pudo respirar por fin cuando Menahem depositó en sus manos la bolsa con el remanente que quedaba en el banco de Jericó. Aunque después de contarlo, no se quedó tan satisfecho al descubrir los sangrantes intereses con que se había quedado el cambista. «Menos mal que era un viejo amigo de la familia», pensó el Iscariote. Desde luego para otra vez evitaría Jericó.
Los once discípulos de Juan contaron atropelladamente sus muchas experiencias en el vado del Jordán. La gente se bautizaba en masa. El campamento había crecido una enormidad, y habían incluso dejado a cargo de él a un grupo de los antiguos seguidores de Juan.
—Ya ves, maestro, —resumió Abner—, ahora todos los antiguos seguidores de Juan se unen a nosotros.
El Maestro agradeció a todos su esfuerzo, y les reunió en el patio de la posada para desvelarles sus planes para el futuro.
—Desearía que por el momento trabajáramos por separado. Andrés dirigirá a un grupo y Abner al otro. Nosotros viajaremos al norte, hacia Galilea, y vosotros al sur, hacia Idumea. En un futuro, cuando hayamos completado nuestro trabajo, nos reuniremos todos en algún lugar intermedio.
A todos pareció bien la propuesta.
—Tened cuidado con el tetrarca y sobre todo extremad las precauciones en Jerusalén y sus proximidades. En las grandes ciudades ya no seremos bienvenidos, y nuestra obra podrá correr peligro si no somos cautos.
› Durante estas semanas predicaréis por toda esta región. Iréis en parejas, uno de cada grupo. Para el resto de cosas lo discutiréis con Andrés y Abner, y lo que ellos decidan, hacedlo como si lo hubiera decidido yo.
Recab preguntó.
—Y tú, maestro, ¿dónde irás?
—Abner y yo marcharemos unos días a En-Gedí. A nuestro regreso, viajaremos con vosotros. Dejad siempre recado en esta casa a Salomón, el posadero, de adónde os habéis dirigido, y de este modo podremos encontraros.
—Y, ¿qué hemos de hacer con Esdras y sus seguidores? ¿Debemos tratar de que abandonen su actitud y se unan a nosotros?
Jesús sabía de qué hablaban pero se hizo el ignorante. Le informaron de que Esdras, junto a Ezequiel y Ariel, los discípulos de Juan que habían desertado del Bautista, se encontraban en Hebrón, y desde allí dirigían su predicación por los pueblos de la zona, bautizando a la gente en nombre de Juan. El Maestro fue rotundo:
—No nos interpondremos en su labor, ni mantendremos disputas con ellos. Han elegido su camino. Si desean unirse a nosotros, les aceptaremos. Si no, dejadles tranquilos.
Aunque Belén es un claro destino turístico para cualquier seguidor de Jesús, y aunque existen monumentos antiguos dignos de contemplarse, no hay nada en la ciudad actual que pueda inducirnos a conocer la población de tiempos de Jesús. La tan visitada cueva en la que supuestamente nació Jesús es muy seguro que no tenga nada que ver con la posada en la que realmente vino al mundo. La tradición de que Jesús nació en una cueva es una leyenda muy posterior a los evangelios, y Lucas no menciona ni una cueva, ni un establo, sino un pesebre y una posada (Lc 2:7,12,16). Esto se refiere claramente al lugar donde descansaban los animales de los huéspedes de la posada. Por tanto, no fue una cueva, ni tampoco un edificio para animales. Fue una de las dependencias de una posada. Sin embargo, de las casas o edificaciones antiguas de la época del Maestro no quedó ni rastro ya el siglo II. El emperador Adriano destruyó Belén con la finalidad de borrar todo rastro de los lugares venerados en esa época, y la posada en la que nació el Maestro, que nunca recibió la consideración que merecía, se perdió para siempre del recuerdo de los creyentes.
Para conocer algún detalle más veáse la Wikipedia acerca de Belén y la Basílica de la Natividad. ↩︎
Lahamu era la diosa del fango en la mitología mesopotámica, que dio nombre a la ciudad de Belén en la antigüedad. ↩︎