© 2010 Jan Herca (licencia Creative Commons Attribution-ShareAlike 4.0)
Al día siguiente, Jesús y Abner se dirigieron hacia En-Gedí[1]. La intención del Maestro era visitar la colonia de nazareos que allí residía, la misma de la cual Abner fue el presidente en el pasado, y donde había vivido Juan durante un tiempo.
De Belén fueron a Bethbassi, y de allí hasta cerca de Herodión, la fortaleza donde se encontraba la tumba del rey Herodes. Continuaron rumbo al sur hasta Tecoa. En este lugar, Abner, conocedor del terreno, le indicó el camino al Rabí por medio de un wadi muy largo que desembocaba en el mar Muerto, el Arugot. La torrentera apenas tenía un hilillo de agua a pesar de ser época de lluvias. La zona era árida y reseca.
Bajo un sol asomando entre gruesos nubarrones fueron descendiendo con precaución las agrestes cárcavas en dirección al gran mar salado.
En mitad de su camino, vieron a un pastor que les solicitó su ayuda. Necesitaba que alguien cuidara su majada mientras se iba a rescatar a una oveja que se le había caído en una grieta. Jesús y Abner pasaron un rato agradable sirviendo de ayuda a este pobre muchacho de gran inquietud que no estaba dispuesto a perder ninguna de sus ovejas.
Por aquella zona había multitud de pastores y comunidades que se dedicaban al pastoreo y la trashumancia. Las aldeas tenían pequeñas industrias lecheras y de producción de queso. Gran parte de los corderos criados allí abastecían los mercados de Jerusalén para los sacrificios. Perder una sola oveja significaba mucho para estos zagales que trabajaban por cuenta ajena.
Horas después el torrente empezó a cobrar vida y, tras un recodo, el mar se abrió a la vista. Aquello era un vergel, un auténtico oasis en medio del desierto polvoriento y vacío.
En un descenso vertiginoso, entre cascadas de agua y piscinas naturales, el encajonado riachuelo se hacía más caudaloso y desembocaba en el mar en medio de una selva repleta de vegetación. Era En-Gedí. Un lugar privilegiado de la Tierra.
—¿Qué te parece? —le dijo Abner al Maestro desde el amplio mirador.
—Espectacular.
Abner condujo a Jesús por los zigzagueantes caminos que evitaban los peligrosos cortados. Había un frenesí de aves y animales disfrutando del agua potable en cisternas y arroyos. Un acueducto aprovechaba el desnivel y llevaba el agua directamente al centro de la población desde un segundo arroyo, el nahal David, que rodeaba la zona más al norte. Toda la ribera del mar estaba tapizada de terrazas donde se cultivaban hortalizas y crecían unos famosos viñedos.
La ciudad era una bulliciosa urbe judía llena de comerciantes, ganaderos, artesanos y gentes de paso. Herodes mismo se había hecho construir un palacio en las afueras. El producto estrella de la población era un magnífico bálsamo elaborado con árboles de la zona. Cuando entraron en la calle principal, un intenso aroma a esencias y a alheña[2] inundó su olfato.
El Maestro nunca había visitado antes este paraíso y se quedó extasiado contemplando la riqueza y frescor de aquel rincón de Israel.
Abner le llevó a la casa donde convivían los hermanos de la comunidad nazarea. Era un edificio amplio, que ocupaba una buena manzana de la ciudad. El edificio contrastaba por su quietud con el ajetreo de la población. Llamaron y abrió un anciano, que al reconocer a Abner, se quedó mudo y sorprendido.
Abner repartió besos y abrazos entre todos los que salieron a saludar. Tiempo atrás, él había dirigido aquella comuna. Sus antiguos compañeros aún permanecían en la casa. Los miembros del cenobio seguían dietas estrictas y mantenían celosamente su cabello largo, sin rasurar. Vivían como podían de la venta de queso y de las limosnas, y eran gente sencilla y muy hospitalaria. Sin embargo, al descubrir al acompañante de Abner, una sombra de recelo se cruzó en sus miradas.
Abner saludó efusivamente al nuevo director del claustro, un tal Nun, e introdujo a Jesús. Pero sobraban las presentaciones. En cuanto mencionó que era el famoso Jesús de Galilea, todos supieron de quién se trataba.
Nun, borrando aquellos gestos de desconfianza, invitó a los viajeros a pasar. Estaban en un gran patio al aire libre en el centro de la villa, y alrededor se disponían multitud de pequeños cubículos donde tenían sus habitaciones los hermanos. Por lo que empezó a explicar Abner al Maestro, ayudado por Nun, en una casita contigua vivían también algunas mujeres que habían hecho los votos nazareos.
Nun se excusó con la pobreza de recursos, pero ofreció unos cuencos de agua para que Abner y Jesús se limpiaran los pies y se lavaran. Jesús agradeció todas las atenciones y se limpió a conciencia el polvo del camino.
Luego vino el asunto delicado. Abner solicitó a Nun que dejase hablar a Jesús a la comunidad. El director puso cara de circunstancias, pero no quiso negarse. Abner entendió que su maestro no iba a tener un público fácil entre sus antiguos camaradas.
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Esa noche la cena se celebró contando con la invitación especial para Abner y Jesús. Les habían dado una celda a cada uno. Los eremitas se habían bañado ritualmente en los miqvéhs[3] que había distribuidos por el patio. No se sentaban nunca a la mesa sin haberse purificado de cuerpo entero.
Después de la cena, frugal y en la que no se probó el vino ni ninguna otra bebida fermentada, Nun ofreció la palabra a Jesús, indicando a los presentes que el rabino galileo deseaba hablarles.
El Maestro empezó diciéndoles:
—Durante mucho tiempo, los profetas y los sabios han escrutado en su corazón los designios de Dios. Dejaron consignadas sus enseñanzas en los libros que han llegado a nuestra época con la esperanza de que algún día quienes los leyeran se vieran también llamados a tratar de comprender su verdad. Y durante mucho se ha estudiado, leído, discutido, y analizado cada palabra, cada acento y cada letra de las escrituras.
› Pero yo ahora vengo a vosotros para deciros que ha llegado un nuevo tiempo. Los profetas de antaño hablaron de este momento y os envidiarían de poder estar aquí. Porque yo vengo a traeros una nueva revelación que complete y extienda aquella que dejaron nuestros mayores en los tiempos pasados.
› Y esta revelación no es otra que la del reconocimiento de que Dios es una persona llena de amor y comprensión con sus criaturas, con un amor y una dedicación no sólo para el pueblo de Israel, sino para todos los pueblos de la Tierra, ya sean romanos, griegos, medos, o extranjeros de cualquier reino. Su amor no entiende de celos. Su amparo es universal. Todos los seres humanos sin distinción forman parte de los planes de Dios.
› Esta es la revelación que os traigo: el carácter amante de Dios, igual que el de un Padre compasivo y desvelado, es el que nos convierte a todos en una gran familia universal de hermanos.
› Si creéis en esta revelación de Dios, entonces creéis en mis palabras, y si lo hacéis, ya ahora mismo estáis formando parte de los nuevos creyentes en la hermandad de la gran familia de hijos de Dios que desearía establecer sobre la Tierra.
Luego siguió el Maestro discurriendo sobre diferentes temas relativos a los conceptos sobre el reino venidero y sobre el Mesías. Aclaró a los presentes que él no estaba allí para proclamar el cumplimiento de estas profecías, que lo que él deseaba es abrir un corazón nuevo en los creyentes e iluminar las mentes de los que buscan a Dios.
Habló durante una larga hora en la cual no fue interrumpido ni una vez. Estos hombres curtidos, muchos de ellos adultos y ancianos, algunos pocos jóvenes, trataron con respeto y educación a Jesús. Pero cuando terminó su disertación, todos se pusieron a debatir entre sí. Algunos afirmaban que el Rabí decía la verdad, pero la mayoría se sentían incómodos con algunas de las ideas del Maestro.
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Pasaron varios días más en la colonia nazarea. Visitaron algunas casas de En-Gedí y Jesús pudo conocer a muchas familias y hombres distinguidos de la ciudad. Pero no conseguía convencer a estos monjes nazareos a que le siguieran.
La noche antes de irse, el Maestro respondió a muchas preguntas. Uno de los hombres entabló un debate con Jesús sobre la necesidad de vivir la pureza, lejos de las tentaciones de la vida mundana. E inquirió al Rabí por qué él no abogaba por invitar a sus discípulos a separarse del pueblo y vivir en retiro, evitando las concupiscencias de la carne.
—Es un error que se ha mantenido por mucho tiempo —respondió Jesús—, la consideración de que sólo para estar más cerca de Dios hay que dejarlo todo, a familia y amigos, y vivir encerrado en un lugar retirado, lejos de las cosas de este mundo.
› No es que esté yo en contra de vivir en forma retirada, pero nunca podré estar de acuerdo con aquellos que predican que sólo por medio del ascetismo y de la separación se puede alcanzar a Dios.
› El Padre no está más cerca ni más lejos de aquellos que viven una vida de privaciones, que hacen votos de abstinencia, y que evitan el contacto con el resto del pueblo.
› Lo que el Padre desea de vosotros es que tratéis a todos los hombres y mujeres del mundo, sin distinción de procedencia ni de condición, como si fueran hermanos de vuestra familia, de la inmensa familia de los hijos de Dios.
› Haced esto, y no tendréis necesidad de hacer nada más.
Los murmullos de desaprobación corrieron entre los oyentes de Jesús. El que había preguntado puso voz a los pensamientos de todos los presentes.
—Pero, Rabí, estás muy equivocado. Estos actos de abnegación, el ayuno, la continencia, el sacrificio, ¡fueron un mandamiento de Dios, bendito su Nombre! ¿Cómo puedes enseñarnos que olvidemos todas estas cosas? ¡Están en la ley! Estoy de acuerdo en que no conviene olvidar las buenas prácticas y ser generosos y acoger a todos los hombres de la Tierra como nuestros hermanos. Pero, ¿por qué habrá eso de significar que rompamos con nuestras tradiciones?
Pero el Maestro volvió a la carga.
—No has comprendido bien mis palabras. No os digo lo que no debéis hacer, sino aquello esencial, aquello que sí es importante para vuestra admisión en el reino. Aquel que ha renacido del espíritu y ha comprendido que su filiación con el Padre es un don seguro y fuera de peligro, se vuelve un creyente de la hermandad de los hombres y produce en su vida los frutos abundantes de una vida de servicio. Al hacer así, ha encontrado la suprema verdad de todos los tiempos, y ya nada le parece más importante que esta definitiva ley de amar a Dios y de corresponder por igual a sus semejantes. Si aún consideráis de suprema importancia el conservar las prácticas de los antiguos para alcanzar a Dios, es que no habéis renacido espiritualmente y no habéis comprendido lo que quiere Dios de vosotros.
En En-Gedí, este lugar paradisíaco y privilegiado junto al mar Muerto, unas notables excavaciones están sacando a la luz, año tras año, la antigua ciudad que pudo conocer Jesús. Veáse la Wikipedia. ↩︎
La alheña es un arbusto cuyas hojas secas sirven para hacer tintes. ↩︎
Las miqvéhs eran bañeras en el interior de las casas donde los judíos piadosos realizaban sus rituales de purificación. ↩︎