© 2010 Jan Herca (licencia Creative Commons Attribution-ShareAlike 4.0)
En En-Gedí, Jesús continuó aquellos días respondiendo a las preguntas de los ermitaños, tratando de convencer a estos sencillos ascetas de que las prácticas místicas de retirarse al desierto y vivir en comunas no les acercarían más a Dios, y que era necesario un contacto estrecho con el mundo exterior para desarrollarse como un auténtico hijo de Dios.
—¿Y qué quiere Dios de nosotros? —le requirieron al Maestro.
—Que crezcáis en la fe. Que ampliéis vuestro amor. Que os volváis cada día más y más perfectos, al igual que él es celestialmente perfecto. No podéis alcanzar a Dios si presumís guardar celosamente las ideas y los conceptos de nuestros antepasados, y no os lanzáis con decisión a buscar las nuevas verdades del reino.
› La verdad sobre el Padre es una verdad viva. No se la puede vivir en medio de la soledad. Es sólo mediante el contacto íntimo con vuestros hermanos mediante el cual comprendéis la importancia de los lazos familiares. Si comprendiérais esto, veríais que cuando un hombre o una mujer se descubren como verdaderos hijos del Padre, sienten contagiarse de un espíritu nuevo, de un amor desbordado, y salen con ilusión a conquistar el mundo con su nueva verdad del evangelio de la fraternidad humana.
Sin embargo, una larga tradición milenaria de antiguos profetas y santos judíos pesaba como una losa sobre los esfuerzos de Jesús. Algunos de la colonia nazarea, hablando en privado con Jesús, declararon estar de acuerdo con el espíritu de sus enseñanzas. Pero la mayor parte de estos hombres austeros y pintorescos no estaban dispuestos a abandonar sus prácticas ni sus votos.
Viendo que nadie estaba dispuesto a seguirle, Jesús dio por concluida la visita, y al día siguiente, Abner y él reemprendieron camino a Belén.
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Mientras regresaban, Abner preguntó mucho a Jesús, y tuvo interesantes conversaciones con él acerca de las ideas mesiánicas y las escrituras. Abner era un hombre maduro, era el mayor de todos los seguidores del Maestro. Había vivido toda su vida como nazareo de En-Gedí hasta el día en que conoció a Juan.
Al principio, Abner se había mostrado un poco cauto cuando Juan declaró a Jesús como el Mesías. Pero ahora que empezaba a conocerle, todas las dudas de Abner se habían disipado, y se había convertido en un creyente fiel y devoto.
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Cuando llegaron a Belén se encontraron en la posada a varios de los veintidós discípulos. Estaban un poco alterados. Hablaban de algunos sucesos que habían tenido lugar esos días.
Pusieron al corriente a Jesús. Al parecer, Esdras, el discípulo de Juan que había capitaneado un cisma entre los seguidores del Bautista, se encontraba en Hebrón. Allí es donde se había refugiado este tiempo desde que Antipas hubiera iniciado las persecuciones contra los seguidores de Juan.
Pero lo más notable es que Esdras había declarado como Mesías a un tal Amós[1], un pastor, un antiguo nazareo que declaraba ser descendiente del rey David. Y muchos de la zona se iban a Hebrón a conocer al Mesías y a bautizarse por Esdras.
Jesús no pareció dar muestras de preocupación y simplemente les pidió que fueran a buscar al resto de discípulos para que regresaran.
—En cuanto podamos viajaremos a Hebrón.
Los apóstoles se quedaron algo dubitativos. Aquello podía significar algún altercado con los seguidores de Esdras. El discípulo había ganado muchos conversos por la zona.
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A los pocos días, todos tomaron el camino hacia el sur. Según fueron atravesando las pequeñas ciudades se detenían uno o dos días para visitar a los enfermos y enseñar por las tardes dentro de alguna casa que les acogiera. Estuvieron en Faora, Bet Zacarías, Kiriath Arbaia, Kefar Lekitaia, Bet Zur, y Alula. Pasaron por el fortificado santuario de Mamré[2] y la ciudad adyacente llamada Terebinthos. De allí fueron a Bethennim, y antes de llegar a Hebrón, visitaron la tumba de los patriarcas en la cueva de Macpelá[3], de modo que les llevó prácticamente dos semanas de mayo alcanzar esta ciudad.
A medida que se dirigían al sur, las noticias sobre el pariente de Juan llegaron a oídos de Esdras en Hebrón. Esdras había sido nazareo en En-Gedí como Juan. Desde antes incluso de conocer al Bautista siempre había admirado a un compañero de la comunidad llamado Amós, un hombre mayor, perteneciente a una distinguida familia de Jerusalén, que lo había dejado todo cuando era joven para retirarse al desierto. Muchos lo habían seguido y había formado un pequeño grupo de seguidores hasta que se hizo nazareo y todos sus discípulos se hicieron nazareos con él. Amós tenía fama de hombre piadoso y cumplidor de la ley. Al principio Esdras se debatió entre Juan y Amós como Mesías, pero finalmente, el arrojo y el carisma de Juan le cautivaron.
Esdras esperaba que Juan declarase a Amós como el Mesías, y así lo difundió por Pella mientras estuvieron allí acampados. Pero su desilusión fue máxima cuando descubrió que su adorado maestro pretendía hacer de un pariente suyo, y encima galileo, el nuevo rey.
Sin embargo, Esdras había conocido a Jesús. Le había escuchado aquella noche que regresó al campamento de Pella. Le había visto entre la gente de las tiendas, entre los peregrinos que acudían a Juan. Había espiado cómo se desenvolvía entre las gentes sencillas, su forma alegre y despreocupada de conectar con jóvenes, niños y ancianos, y de qué modo todo el mundo parecía sentirse bien a su lado.
Su deserción había sido un gesto impulsivo de puro orgullo, un rechazo prejuicioso y pasional. Tiempo despúes, al volver a reencontrarse con Amós, reflexionó mucho y llegó al punto de pretender convencerle de que él y no el galileo debía de ser el Mesías.
Amós era ya un hombre anciano, y sus muchos años de peripecias por Judea, y sus muchos años de estudio y de oración le habían convencido de que el Mesías esperado no había sido bien comprendido. Para él, este personaje debía de cumplir las profecías, no podía ser un hombre cualquiera que no portara los credenciales establecidos por los antiguos profetas. Por lo que aceptó de buen grado asumir que él se ajustaba mejor que nadie a la figura mesiánica.
Así las cosas, Esdras, al conocer que Jesús, con sus discípulos y los de Juan, se dirigían hacia donde él estaba, decidió levantar su campamento y marcharse. Se dirigió rumbo a Nabatea con sus seguidores. Y después de eso, viendo que allí no tenían éxito, marcharon por la calzada real rumbo al norte, hacia las rutas orientales, camino de Babilonia, donde encontraron un terreno fértil para sus ideas, que en el fondo eran las del propio Juan.
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Cuando Jesús y los veintitrés llegaron a Hebrón y no encontraron ni rastro de Esdras, ni de Amós, ni de ninguno de sus seguidores, se quedaron profundamente impresionados con su maestro. Veían aquello como una especie de huida, como si Esdras hubiera sentido miedo de enfrentarse al Rabí.
Pero el Maestro no se mostró entusiasmado por no ver allí al discípulo prófugo. Lamentaba no haberse encontrado con él, y perder otro gran hombre para el reino. Se mantuvo serio y algo decepcionado durante todo el día, en contraste con la satisfacción de los apóstoles.
Amós es un personaje basado en El libro de Juan o Libro de los ángeles de los mandeos, del que ya se hablaba en el capítulo «El desacuerdo de Esdras». Sobre el mazdeísmo veáse la Wikipedia ↩︎
Mamré era en la época de Jesús un lugar de culto, que antiguamente fue un altar cananeo, donde se encontraba una famosa fuente llamada «la fuente de Abraham», y un terebinto muy conocido, y que Herodes rodeó de una muralla para proteger a la incipiente ciudad (Terebinthos) que se formó alrededor. Véase la Wikipedia. ↩︎
Macpelá, en las inmediaciones de Hebrón, era un antiguo santuario judío (hoy también musulmán), donde se cree están enterrados los patriarcas hebreos (Adán y Eva, Abraham y Sara, Isaac y Rebeca, y Jacob y Lía). Hoy en día el lugar es tristemente célebre por ser fuente de disputas sangrientas entre israelíes y árabes. Véase la Wikipedia. ↩︎