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En Hebrón Jesús y los veintitrés hicieron el mismo tipo de trabajo privado que venían usualmente haciendo por las casas de los creyentes. No hubo ninguna predicación pública ni en la sinagoga, ni en el mercado. Los apóstoles tuvieron un éxito moderado en esta antigua población cananea. La mezcolanza del pueblo judío con otros pueblos árabes del sur era mayor aquí, y las ideas un tanto intransigentes de los maestros rabínicos no había contaminado tanto esta población como otras de la comarca.
Abner, prudentemente, no dio muchos detalles del éxito nulo que había tenido el Maestro en En-Gedí. Muchos de ellos provenían de aquella comunidad, y les hubiera gustado saber de qué habló Jesús con sus antiguos camaradas. Pero el Rabí sabía que no todos los discípulos de Juan estaban preparados para ciertas enseñanzas suyas, y había pedido a Abner en el camino de regreso que por el momento guardara cierta discreción.
Esos días, un nuevo forastero llegó a Hebrón de forma inadvertida. Era Julio, el espía de Herodes. Había vuelto a ganar la confianza de su amo, y sus órdenes eran las de vigilar a un nuevo Mesías que había aparecido en Hebrón. Había perdido el rastro de Jesús, y el tetrarca se había tranquilizado un poco con la desaparición repentina del profeta de Galilea.
La sorpresa de Julio fue mayúscula cuando supo que el objeto de sus pesquisas había tomado rumbo al sur, y que no había rastro de Mesías, pero sí de Jesús, su pasión secreta.
Por el momento, prefirió no contactar con Antipas, y se quedó de incógnito en la ciudad, tras los pasos del Rabí, en espera de acontecimientos.
Se acercaba la fiesta de Pentecostés, que ese año recaería el 7 de siván[1], justo el primer día de junio. Jesús, satisfecho con el trabajo por el sur, y habiendo escuchado noticias de tranquilidad sobre el sanedrín, decidió regresar a Jerusalén.
Los apóstoles sintieron de nuevo el miedo en sus cuerpos. El último altercado en el templo les había sumido en la preocupación. No habían esperado esta enconada reticencia de los archiereis.
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Llegaron a Getsemaní a fines de la última semana de mayo, e instalaron la tienda que llevaban consigo, y otra que transportaban los once apóstoles de Juan. Abner y los suyos habían decidido esta vez acompañar al Maestro.
El sábado Jesús visitó a Lázaro y sus hermanas, que se mostraron muy felices de ver que su amigo continuaba bien, pues las noticias que habían llegado de Jerusalén no habían sido nada halagüeñas.
Rápidamente se difundió por la ciudad santa que Jesús había regresado. Julio sabía que no iba a poder ocultar por más tiempo la reaparición del Rabí, y decidió poner rumbo a Maqueronte, donde Antipas se había instalado de nuevo, para informarle.
Cuando Flavio, el griego converso, supo que Jesús había vuelto a Jerusalén, no dudó en enviar a un sirviente solicitándole el honor de cenar con él.
Esta vez fue un nutrido grupo el que se presentó en casa de Flavio, expectante ante la presencia al completo de Jesús y sus veintitrés apóstoles. La fiesta de las semanas, además, había congregado en la ciudad a lo más granado de la sociedad judía.
Los doce de Jesús ya estaban acostumbrados a las imágenes y tallas de esta casa pagana, pero los discípulos de Juan se mostraron profundamente indignados de que Jesús se rebajase a entrar en aquel supuesto antro de idolatría. Fue una experiencia un tanto desagradable para estos judíos rigurosos ver la laxitud y liberalidad con la que su maestro trataba al dueño de la casa y a sus invitados gentiles.
Durante la cena Jesús se mostró de un humor excepcional, y no escatimó en referir bromas y acertijos graciosos, para divertimento de sus amigos gentiles y extrañeza de los seguidores del Bautista.
Tras la cena, el Rabí se puso más serio, como solía hacer, y habló largamente sobre los prejuicios y los problemas del estancamiento en los asuntos espirituales. Indudablemente, estaba lanzando una crítica velada hacia los altos estamentos del templo, por su terquedad en considerar sus enseñanzas como una amenaza, y no ver más allá de sus atribuciones.
Esa noche, el Maestro recibió una visita sorpresa. Como ya hiciera Nicodemo semanas atrás, un miembro destacado del sanedrín se presentó sin ser visto en la casa de Flavio.
Jesús recibió a este hombre, llamado Simón, con la misma naturalidad que le propició a Nicodemo. Simón le pidió a Jesús que hablaran en privado.[2]
—Maestro, vengo a prevenirte de que mis compañeros del gran tribunal están deliberando y buscan un modo de apresarte y ajusticiarte.
El Maestro sabía todo aquello, pero su gesto de preocupación no era por lo que acababa de oír. Sabía que Simón deseaba sincerarse, y le dejó hablar.
—Maestro, yo soy rabino, estudié en la escuela de Hillel, mi mentor. Tengo ya muchos años y he visto muchas cosas necias y sabias en este mundo. Pero creo que mis hermanos se equivocan sobre tu enseñanza. He podido escuchar de labios de mis sirvientes tu evangelio, y creo que hablas la verdad de Dios cuando dices que todos los hombres deberían vivir como una gran familia.
El Maestro tenía una sonrisa inmensa de felicidad. Sabía que aquel hombre estaba pasando por un auténtico tormento.
—Maestro, yo no sé qué hacer. No puedo hablar con sinceridad de mis sentimientos. El consejo ha sido unánime. Creo que no hay nadie que esté dispuesto a aceptar tus enseñanzas, por eso te pido que me perdones si yo también deba votar en tu contra, llegado el momento.
Jesús sólo dijo:
—No estás solo, Simón, también hay otros.
—¿Quiénes? —El sanedrita estaba estupefacto. Ignoraba por completo que hubiera más miembros del consejo que pensaran como él.
Jesús le dio cinco nombres. Y aquello fue suficiente para comenzar una pequeña revolución.