Emil Schürer escribe (La literatura del pueblo judío en el tiempo de Jesús, pp. 329-331):
Si bien esta explicación más breve en forma catequética [Preguntas y respuestas sobre el Génesis] estaba destinada a círculos más amplios, la obra científica especial y principal de Filón es su extenso comentario alegórico sobre el Génesis, Νομων ιερων αλληγοριαι (tal es el título que le dan Euseb, Hist. eccl. ii. 18. 1, y Focio, Bibliotheca cod. 103. Compárese también Orígenes, Comment. in Matth. vol. xvii. c. 17; contra Celsum, iv. 51). Estas dos obras con frecuencia se aproximan en cuanto a su contenido. Pues también en las Quaestiones et solutiones se da el significado alegórico más profundo, así como el significado literal. En el gran comentario alegórico, por el contrario, prevalece exclusivamente la interpretación alegórica. El sentido alegórico más profundo de la carta sagrada se resuelve en una discusión extensa y prolija, que, debido a la abundante adición de pasajes paralelos, a menudo parece desviarse del texto. Así, todo el método exegético, al incorporar los pasajes más heterogéneos para dilucidar la idea que se supone existe en el texto, recuerda con fuerza al método del Midrash rabínico. Sin embargo, esta interpretación alegórica, con toda su arbitrariedad, sus reglas y leyes, mantiene posteriormente con aceptable consistencia el significado alegórico, tal como se estableció para ciertas personas, objetos y eventos. Es especialmente fundamental, y de ahí se deduce la exposición, que la historia de la humanidad, tal como se relata en el Génesis, no es en realidad más que un sistema de psicología y ética. Los diferentes individuos que aparecen aquí denotan los diferentes estados del alma (τροποι της ψυχης) que se dan entre los hombres. Analizarlos en su variedad y sus relaciones, tanto entre sí como con la Deidad y el mundo de los sentidos, y de ahí deducir doctrinas morales, es el objetivo principal de este gran comentario alegórico. Así, percibimos al mismo tiempo que el principal interés de Filón no es —como podría suponerse a partir del plan general de su sistema— la teología especulativa por sí misma, sino, por el contrario, la psicología y la ética. A juzgar por su propósito último, no es un teólogo especulativo, sino un psicólogo y moralista (cf. nota 183).
El comentario, al principio, sigue el texto del Génesis versículo por versículo. Posteriormente, se seleccionan secciones individuales, algunas de las cuales se tratan con tanta profundidad que llegan a convertirse en monografías regulares. Así, por ejemplo, Filón aprovecha la historia de Noé para escribir dos libros sobre la embriaguez (περι μεθης), lo cual hace con tal minuciosidad que una recopilación de las opiniones de otros filósofos sobre este tema llenó el primero de estos libros perdidos (Mangey, i. 357).
La obra, tal como la conocemos, comienza en Génesis ii. 1; Και ετελεσθησαν οι ουρανοι και η γη. Por lo tanto, no se trata de la creación del mundo. Pues la composición De opificio mundi, que la precede en nuestras ediciones, es una obra de carácter completamente diferente, pues no es un comentario alegórico sobre la historia de la creación, sino una exposición de esa historia misma. El primer libro de Legum allegoriae tampoco se vincula en modo alguno a la obra De opificio mundi; pues la primera comienza en Génesis ii. 1, mientras que en De opif. mundi, también se trata de la creación del hombre, según Génesis ii. Por lo tanto —como afirma acertadamente Gfrörer en respuesta a Dähne— el comentario alegórico no puede combinarse con De opif. mundi como si ambos fueran solo partes de la misma obra. Como mucho, cabe preguntarse si Filón no escribió también un comentario alegórico sobre Génesis 1. Sin embargo, esto es improbable, pues el comentario alegórico se propone tratar la historia de la humanidad, y esta no comienza hasta Génesis 2:1. Tampoco es necesario que el comienzo abrupto de Leg. alleg. 1 parezca extraño, ya que esta manera de comenzar de inmediato con el texto a exponer se corresponde plenamente con el método del Midrash rabínico. Los libros posteriores del propio comentario de Filón también comienzan de hecho de la misma manera abrupta. En nuestros manuscritos y ediciones, solo los primeros libros llevan el título correspondiente a la obra completa, Νομων ιερων αλληγοριαι. Todos los libros posteriores tienen títulos especiales, lo que da la impresión de ser obras independientes. Sin embargo, en realidad, todo el contenido del primer volumen de Mangey —es decir, las obras que siguen— pertenece al libro en cuestión (con la única excepción de De opificio mundi).
Emil Schürer comenta: "Περι μεθης. De ebrietate (Mangey, i. 357-391). Sobre Gén. ix. 21. Desde el comienzo de este libro es evidente que lo precedió otro libro, en el que τα τοις αλλοις φιλοσοφοις ειρημενα περι μεθης. Este primer libro se perdió, pero aún existía en tiempos de Eusebio, Euseb 18. 2: περι μεθης. τοσαυτα (a saber, dos). Jerónimo, vir. illustr. 11: de ebrietate duo. Parecen haber estado en manos de Johannes Monachus ineditus en orden inverso. Pues lo que cita con la fórmula εκ του περι μεθης α, se encuentra en lo que nos ha llegado; mientras que lo que cita con la fórmula εκ του περι μεθης δευτερου λογου, no se encuentra en él (Mangey, i. 357, nota). (La literatura del pueblo judío en la época de Jesús, p. 335)
JHA Hart escribe (The Jewish Quarterly Review Serie original 17, págs. 111-116):
En De Plantatione, Filón reproduce, en la medida de lo posible, los dichos de los demás filósofos sobre la embriaguez, y ahora pasa a considerar la opinión de Moisés. En la Ley, a algunos se les manda beber, a otros se les prohíbe (p. ej., a los sacerdotes, Lev. x. 9); a otros, a veces se les prohíbe y a veces se les ordena (Núm. vi. 2 ss.). Moisés, de hecho, considera el vino con mayor seriedad que los filósofos: para él, es símbolo de insensibilidad (αναισθησια) y falta de educación (απαιδευσια), que producen los mismos resultados desastrosos. Este simbolismo queda claro en Deuteronomio xxi. 18-21, donde se presentan cuatro cargos contra el pecador: desobediencia, provocación, contribución a festines y embriaguez. El primero es, por así decirlo, la forma pasiva del segundo; el tercero, aunque loable si se dirige a un buen fin, está viciado de necedad; el cuarto es la inflamación de la grosería o la falta de educación que siempre quema el alma. El castigo que se pronuncia sobre el ofensor es que debe ser expulsado de ustedes mismos (Deuteronomio 21:21), pues estos pensamientos culpables están dentro de nosotros. «Padre» y «madre» pueden explicarse como el Creador y su Entendimiento (Proverbios 8:22), cuyo único y amado hijo es el universo, o —mejor aquí— como la recta razón y la educación general.
Habiendo llegado así a una interpretación de los padres en cuestión, Filón procede a discutir las cuatro clases de sus hijos: aquellos que obedecen a ambos o a ninguno, y aquellos que obedecen al padre o a la madre. De la última clase, el tipo más claro es Jetro, «creación de confusión» (πλασμα τυφου), quien solo irá a su propia tierra de falsa doctrina e incredulidad (Éx. xviii. 16; Núm. x. 29 s.), y se convence a sí mismo de impiedad incluso en sus profesiones piadosas (Éx. xviii. 11), al comparar a Dios con dioses falsos. Labán es otro de esos, quien sustituye las leyes humanas por las leyes de la naturaleza cuando se niega a dar a su hija menor primero en matrimonio (Gén. xxix. 26). Pero el atleta de la sabiduría (ο σοφιας ασκητης) sabe que las naturalezas son independientes del tiempo; Y, tomando el pasaje en su sentido ético, todos ellos deben primero asociarse con la educación más joven, para que luego puedan alcanzar un disfrute tranquilo de la más perfecta y madura. Sin embargo, ¡qué asombroso es que no podamos escapar de las garras de las cosas fenomenales! En cuanto surge cualquier esperanza, por débil que sea, de riqueza o fama, cedemos y no podemos resistir. La costumbre femenina (pues Raquel habla «de la costumbre de las mujeres», Génesis 31:35) prevalece, y no podemos desecharla y correr a casa de los hombres, como Sara (Génesis 18:14) cuando estaba a punto de dar a luz a Isaac, el autodidacta; pues a los hombres les corresponde seguir la naturaleza en lugar de la costumbre. Pero aunque todavía seamos presa de nuestros sentidos y pasiones, tendremos una aliada, no obstante, en nuestra madre, la educación media, que registra lo que se considera justo en cada ciudad y establece la ley así para este pueblo y así para aquel.
Hay quienes pueden obedecer los mandatos de su padre, y su recompensa es el sacerdocio. «Y si narramos cómo obtuvieron este privilegio, quizá se burlen de nosotros muchos que se dejan engañar por las apariencias superficiales y no perciben los poderes invisibles y ocultos». Estos sacerdotes eran asesinos, fratricidas (Éxodo 32:27 y sigs.). Sí, pero la Escritura no dice asesinos de hombres. Sus víctimas son los afectos de la carne, la atadura de los sentidos y el habla (ο κατα προφοραν λογος), que es lo más cercano a la mente. Así son los que honran a su padre y todo lo suyo, pero menosprecian a su madre y todo lo suyo.
Quienes están en guerra con ambos padres son como quien dijo: «No conozco al Señor, ni desprecio a Israel» (Éxodo 5:2). Aún no se han extinguido, pero existen para atormentar a la humanidad, impíos ante Dios, indignos de confianza ante sus semejantes.
Quienes obedecen a ambos son buenos guardianes de las leyes que su padre, la recta razón, estableció, y fieles administradores de las costumbres que la educación, su madre, introdujo. Uno les enseñó a honrar al Padre del universo, y el otro a no despreciar lo que universalmente se considera justicia (θεσει no φυσει). Y así, Jacob se convierte en Israel. El aprendiz alcanza la perfección, la comprensión plena y la sabiduría. Y así como el arte de Fidias está impreso inequívocamente en todas sus obras, sea cual sea el material —latón, marfil, oro, etc.—, así también la verdadera forma (ειδος) de la sabiduría, el arte de las artes, permanece inmutable en cualquier material en que se imprima.
Hasta aquí, pues, los hijos de esta pareja. Con razón, el borracho desobediente, provocador y pródigo es expulsado por adorador del becerro de oro (Éxodo 32:17-19). La Escritura alegorizaba la vida corporal y la llamaba el campamento donde se libraba la guerra. A lo lejos, el sabio acamparía, trasladándose a la divina vida pacífica de las almas racionales y felices (Éxodo 33:7).
«Cuando salga de la ciudad, extenderé mis manos al Señor, y cesarán las voces» (Éxodo 9:29). Nadie dijo eso, sino la mente que, contenida en la ciudad del cuerpo y la vida mortal, está encerrada, acorralada y confinada como en una prisión. Con Abraham (Génesis 14:22 y sig.), quien ha visto lo Absoluto no reconoce ninguna causa secundaria. Todo lo bueno proviene de Dios, no de las fuentes inmediatas de las que lo obtenemos. La voz de la guerra es la voz de los hombres que hacen del vino un principio (φωνην εξαρχοντων οινου); aquellos que voluntariamente toman el camino que conduce a la incultura y la locura. Ruega, pues, que esto nunca te suceda, y así, cuando tus oraciones sean escuchadas, ya no serás un laico (ιδιωτης), sino un sacerdote.
Porque solo a los sacerdotes y adoradores de Dios pertenecen los sacrificios sobrios (Levítico 10:8-10). Aarón, «el montañoso», es la razón que se preocupa por cosas elevadas y sublimes, y renuncia al vino y a toda droga de locura, incluido el vino. El sentido literal del pasaje es admirable: solo con reverencia se debe acudir a las oraciones y sacrificios con sobriedad y dominio propio. Sin embargo, si suponemos que ni el tabernáculo ni el altar son lo visible, creado a partir de materia inerte y corruptible, sino el objeto intelectual invisible de la especulación (θεωρημα), del cual esta es la imagen perceptible, entonces se maravillará aún más ante el mandato. El tabernáculo es el símbolo de la virtud incorpórea, el altar, el de una imagen perceptible aunque nunca se perciba, así como un tronco hundido en medio del Atlántico nunca se quema, aunque esté destinado a quemarse. La forma de las palabras y la expresión muestran que el escritor no transmite simplemente una orden, sino que establece un significado (γνωμην αποφαινομενος). Pues dice: «No beberéis», y quien así lo haga «no morirá». Es un precepto eterno que la educación es saludable y salvadora, y su falta causa enfermedad y muerte.
De manera similar, Samuel nunca beberá vino ni sidra (1 Reyes i. 11), pues ha sido clasificado, como su nombre lo denota, en las filas del campamento divino. Quizás vivió como hombre, pero ha sido concebido no como un ser vivo compuesto de carne y sangre, sino como una mente que se regocija solo en el servicio y la adoración a Dios. Su madre Ana fue acusada de embriaguez (1 Reyes i. 14), pues en aquellos inspirados por Dios (τοις θεοφορητοις) no solo se eleva el alma, sino que el cuerpo se enrojece e inflama de alegría interior. Grande es la audacia del alma que está llena de las gracias de Dios. Esta es, entonces, la banda (χορος) de los sobrios, que hacen de la educación su líder; el otro, el de los borrachos, cuyo líder (εξαρχος) es la grosería (απαιδευσια).
El otro sentido que tiene el “vino” en las Escrituras es insensibilidad o ignorancia, la insensibilidad del alma, cuyo opuesto es la habilidad o el conocimiento (επιστημη), que son, por así decirlo, los ojos y oídos del alma. Hay dos tipos de ignorancia: la simple, es decir, la insensibilidad completa; la doble, cuando uno no solo está poseído por la falta de conocimiento, sino que imagina saber lo que no sabe, estando elevado por una falsa opinión de sabiduría. De estas, la segunda es el mal mayor, ya que produce maldad deliberada. Así, Lot tiene dos hijas, Consejo y Consentimiento, de su esposa Convención, quien fue convertida en piedra (λιθουμενης); y lo extravían por completo. Pero, de hecho, los sentidos no son guías seguras. Muchos de los objetos de los sentidos varían continuamente. Entre los animales, el camaleón y el pólipo cambian de color con su entorno; El cuello de la paloma cambia de color con los rayos del sol; y el reno es difícil de cazar, no tanto por su fuerza como porque adopta una coloración protectora adecuada a cualquier entorno. La misma variación se encuentra entre los hombres. A menudo, en un teatro, he visto a algunos espectadores tan absortos en la función que se levantan involuntariamente y aplauden, a otros tan impasibles como los bancos en los que se sientan, y a otros tan alienados que se levantan y se van, tapándose las orejas con las manos.
La refracción del agua y el engaño de una visión lejana apuntan en la misma dirección. De hecho, nunca podemos percibir ningún objeto sensible tal como es, sino siempre en relación con algo más. Nada en el mundo se conoce salvo por comparación con su opuesto. Toda percepción sensorial es un proceso complejo y, por lo tanto, incierto, e incluso los juicios sobre lo correcto y lo incorrecto dependen de una educación temprana en el caso de la mayoría de los hombres. La multitud cree en lo que una vez se le enseñó y, al no haber ejercitado su mente, afirma y niega sin un examen independiente. Los filósofos, por otro lado, que examinan y ponen a prueba todas las cuestiones, lógicas, éticas y físicas, no pueden coincidir en sus respuestas. Por lo tanto, la reserva de juicio es el camino más seguro.
FH Colson y GH Whitaker escriben: «Este tratado, al igual que sus dos predecesores, se basa en Génesis 9:20-29, particularmente en las últimas palabras: “Y (Noé) bebió del vino y se emborrachó». Filón, sin embargo, desde el principio se distancia de este texto y, tras analizar al final de De Plantatione las diversas perspectivas filosóficas sobre la embriaguez, procede a considerar las opiniones de Moisés sobre el tema. Establece que Moisés usa el vino como símbolo de cinco cosas: (1) necedad o hablar tontamente; (2) completa insensibilidad; (3) avaricia; (4) alegría y satisfacción; (5) desnudez (1-5). A continuación, ofrece una breve explicación introductoria de cada una de ellas, deteniéndose especialmente en un aspecto de la “desnudez” como la verdad que despoja a la virtud y al vicio de todo disfraz, lo que conduce a una breve digresión sobre la naturaleza mutuamente excluyente de estas dos. (6-10), una idea evidentemente sugerida por la fábula de Sócrates sobre el Placer y el Dolor en el Fedón. A continuación, procede a una consideración detallada de estos cinco, aunque, de hecho, solo los tres primeros se tratan en lo que nos ha llegado. (Filón, vol. 3, págs. 308-309)
I. (1) Lo que otros filósofos han dicho sobre la embriaguez lo tenemos recogido, en la medida de lo posible, en el tratado anterior. Pero ahora consideremos la opinión del legislador, quien fue en todos los aspectos grande y sabio, sobre este tema; (2) pues en muchos pasajes de su historia sobre la promulgación de la ley menciona el vino y la planta que lo produce, es decir, la vid; y ordena a algunos beberlo, pero a otros no; y en ocasiones da instrucciones contrarias a estas mismas personas, ordenándoles a veces beber y a veces abstenerse. Estos, por lo tanto, son las personas que han hecho el gran voto, a quienes se les prohíbe expresamente beber vino puro, siendo los sacerdotes que se dedican a ofrecer sacrificios. Pero quienes beben vino son innumerables, y entre ellos se encuentran todos aquellos que son especialmente elogiados por el legislador por su virtud. (3) Pero antes de empezar a hablar de estos temas examinaremos con precisión algunos puntos que conciernen a este argumento, y que al menos imagino que son éstos.
II. (4) Moisés considera el vino puro como símbolo no solo de una cosa, sino de muchas: la frivolidad, la insensatez, toda clase de insensibilidad, una avaricia insaciable, una codicia difícil de complacer, una alegría que abarca muchos otros objetos y una desnudez evidente en todo lo mencionado, como aquella en la que, según él, se exhibió Noé cuando estaba ebrio. Se dice, pues, que el vino produce todos estos efectos. (5) Pero muchas personas que, por no haber probado nunca vino puro, se consideran sobrias, están envueltas en la misma acusación. Y se puede ver a algunas actuando de forma necia e insensata, a otras poseídas por una completa insensibilidad; y a otras, incluso, que nunca se sacian, sino que siempre anhelan lo inalcanzable por su falta de conocimiento. otros, en cambio, se regocijan y exultan; y otros, en verdad, desnudos. (6) La causa ahora de comportarse neciamente es una ignorancia dañina; con esta expresión me refiero no a una ignorancia de las cosas que son materia de instrucción, sino a un alejamiento y aversión al conocimiento. La causa, a su vez, de la insensibilidad es una ignorancia traicionera y mutilada. La causa de la insaciabilidad es un apetito sumamente doloroso por la indulgencia de las pasiones del alma. La causa de la alegría es a la vez la adquisición y el uso de la virtud. Hay muchas causas de la desnudez: la ignorancia de las cosas que son opuestas entre sí; la inocencia completa y la sencillez de modales; la verdad, que despoja a todos los encubrimientos de las cosas que están ocultas, por un lado revelando la virtud a nuestros ojos, y por otro lado, a su vez, destapando el vicio; (7) pues nadie puede prescindir de ambas cosas a la vez, ni tampoco puede despojarse de ambas a la vez. Pero cuando alguien descarta una, necesariamente debe tomar y revestirse de la otra. (8) Pues como nos dice la vieja historia, Dios, al combinar el placer y el dolor, dos cosas naturalmente opuestas, bajo una misma cabeza, nos dio un sentido externo capaz de apreciarlas a ambas, no al mismo tiempo, sino en momentos diferentes, fijando el período del retorno de una para que coincidiera con el momento de la huida de la otra. Así, de una raíz del principio dominante, brotaron los dos brotes de la virtud y el vicio, sin florecer ni dar fruto al mismo tiempo; (9) porque cuando uno pierde sus hojas y se marchita, entonces el otro empieza a brotar, a florecer y a verse verde, de modo que uno podría imaginar que uno se marchitó por insatisfacción ante la aparición floreciente del otro.Es con referencia a esto que Moisés representa de una manera muy natural la partida de Jacob como contemporánea con la llegada de Esaú: «Porque aconteció», dice él, «que cuando Jacob salió, su hermano Esaú entró».[1] (10) Mientras la prudencia habita y hace morada en el alma, todo compañero de la necedad es descartado y desterrado a la distancia; pero cuando la prudencia se va, entonces la necedad se regocija y entra, puesto que su enemigo y adversario, por cuya causa fue expulsada y desterrada, ya no habita el mismo lugar que antes.
III. (11) Ya hemos dicho suficiente a modo de prefacio a este tratado. Procederemos a presentar las pruebas de todo lo dicho, comenzando por establecer el primer punto. Dijimos, entonces, que la ignorancia era la causa de la insensatez y la mala conducta del hombre, así como una gran cantidad de vino puro lo es para un gran número de personas insensatas; (12) pues la ignorancia es el principal mal de todos los errores del alma, a decir verdad, de la cual, como de un manantial, fluyen todas las acciones de la vida, sin producir jamás para nadie una sola corriente de agua sana o potable, sino solo agua salobre, causa de enfermedad y destrucción para quienes la usan. (13) Así pues, en todo caso, el legislador se indigna profundamente con todas las personas incultas e ingobernables, más que con cualquier otra clase de personas. Y prueba de ello es esta: ¿quiénes son aquellos que están unidos no tanto por el estudio como por la naturaleza, ya sea entre los hombres o entre los demás animales? Nadie, ni siquiera un loco, diría que hay seres tan estrechamente unidos como padres e hijos; pues incluso por el mero instinto natural, el padre siempre cuida de su descendencia y en todo caso se esfuerza por asegurar su seguridad y longevidad.
IV. (14) A aquellos, entonces, que son los protectores naturales de los demás, Moisés los representa como habiendo pasado a las filas de los enemigos, convirtiendo en acusadores a quienes naturalmente habrían sido defensores, me refiero al padre y a la madre, para que los hijos sean destruidos por aquellos por quienes, por encima de todos los demás, era natural que fueran salvados; «Porque si», dice él, «el hijo de alguno es desobediente o contencioso, desobedeciendo la voz de su padre y de su madre, y si lo reprenden y no los escucha, entonces su padre y su madre lo tomarán, lo llevarán ante los ancianos de la ciudad, lo llevarán a la puerta de ese lugar y dirán a los hombres de su ciudad: «Este nuestro hijo es desobediente y contencioso, y no obedece nuestra voz, sino que pasa su tiempo en juergas y borracheras. Y los hombres de esa ciudad lo apedrearán, y destruirán a ese malvado de entre ustedes».[2] (15) Por lo tanto, aquí las acusaciones son cuatro: desobediencia, contencioso, amor a las juergas y borracheras; y la última de estas es la mayor, derivando su crecimiento de la primera, es decir, de la desobediencia; Pues cuando el alma empieza a inquietarse, avanza a través de la contienda y la pendencia, y llega finalmente al límite más lejano: la embriaguez, causa de alienación mental y locura. Pero es necesario ver la fuerza de cada una de estas acusaciones, comenzando por la primera en orden.
V. (16) Es, pues, confesado por todos de forma innegable que es honorable y ventajoso someterse y obedecer a la virtud, mientras que, por otro lado, desobedecerla debe ser vergonzoso y, en gran medida, desventajoso. Y ser contencioso y obstinado es una cualidad que abarca toda extravagancia del mal; pues el hombre desobediente es menos malvado que el contencioso, ya que uno solo ignora lo que se le manda hacer, pero el otro también se esfuerza por hacer lo contrario. (17) Ahora bien, investiguemos la verdadera naturaleza de estas cosas. Puesto que la ley manda, por ejemplo, que los hombres honren a sus padres, quien no los honra es desobediente; pero quien los deshonra es contencioso. Y, además, dado que preservar la patria es una acción justa, debemos llamar desobediente a quien duda en la consecución del objetivo, pero perverso y contencioso a quien, además, está dispuesto a traicionarlo. (18) Además, quien, al ser solicitado para devolver un favor, contradice a quien dice que debe considerarse deudor, es desobediente; pero quien, además de no corresponder, se deja llevar por la contenciosidad hasta el punto de intentar causarle a la persona todo el daño posible, comete una maldad irredimible. Y, además, quien nunca se acerca ni practica sacrificios ni ninguna de las otras observancias que exige la piedad, desobedece los mandamientos que la ley suele ordenar en tales asuntos; pero quien se resiste y se desvía hacia la disposición opuesta, la impiedad, es un hombre malvado y un ministro de la impiedad.
VI. (19) Un hombre como este fue quien dijo: “¿A quién debo obedecer?” y, además, “No conozco al Señor”.[3] Pues con su primera expresión afirma que no existe tal cosa como una Deidad; y con la segunda pregunta quiere decir que, incluso si existiera tal ser, aun así no lo reconocería, lo cual surge de una deficiencia en su providencia; pues si poseyera providencia, sería reconocido. (20) Ahora bien, aportar contribuciones y provisiones para un entretenimiento con miras a participar en la mayor de todas las posesiones, la prudencia, es loable y ventajoso. Pero hacerlo con miras al peor de todos los objetos, la necedad, es desventajoso y censurable; (21) Por lo tanto, las contribuciones para el objetivo más excelente son el deseo de virtud, la imitación de los hombres buenos, el cuidado continuo, la práctica laboriosa, las labores incesantes e incansables; las contribuciones para el objetivo opuesto son la relajación, la indiferencia, el lujo, el afeminamiento y un abandono completo de lo que es correcto. (22) Y podemos ver a quienes todos los días descienden a la arena para competir bebiendo mucho vino y practicando esta cualidad todos los días, y esforzándose por obtener la victoria en la avaricia y la voracidad, trayendo sus contribuciones como si tuvieran algún objetivo deseable en vista, y perjudicándose en todo, en sus propiedades, sus cuerpos y sus almas; porque al contribuir con sus propiedades disminuyen su sustancia; y quebrantan y debilitan las facultades de sus cuerpos con su lujoso estilo de vida, y en cuanto a sus almas, inundándolas con comida inmoderada como un torrente hinchado, las obligan a hundirse en lo más profundo. (23) De la misma manera, todos aquellos que traen contribuciones para la destrucción del conocimiento, dañan lo más importante en ellos, es decir, su mente, cortando todo lo que podría salvarla: prudencia, templanza, coraje y justicia; por lo cual me parece que él mismo usa una palabra compuesta, symbolokopo—n, para la manifestación más manifiesta de su significado, porque quienes presentan intentos de virtud como su ofrenda y contribución, hieren, laceran y cortan en pedazos, almas obedientes y amantes del conocimiento hasta el punto de su completa destrucción.
VII. (24) Por lo tanto, se dice que el sabio Abraham regresó de la matanza de Quedorlaomer y de los reyes que estaban con él.[4] Y por otro lado, se dice que Amalec destrozó la retaguardia de la compañía del meditador de la virtud,[5] en estricta conformidad con la verdad de la naturaleza; pues lo que es contrario a uno también es hostil al otro, y tales cosas siempre están meditando en la destrucción mutua. (25) Pero uno puede culpar especialmente a un hombre que contribuye con ofrendas por esta razón, porque tal persona no solo ha decidido hacer el mal, sino también cooperar con otros en hacer el mal, pensando que es adecuado en algunas cosas ser él mismo el líder, y en otras seguir el liderazgo de otros; De modo que, errando tanto por naturaleza como por lo que ha aprendido, no se deja ninguna esperanza de salvación, y esto, además, a pesar de que la ley dice expresamente que no se debe «seguir a una multitud para hacer el mal»;[6] (26) pues, en verdad, el mal es algo muy diverso y muy fértil en las almas humanas, pero el bien es algo limitado y raro. Además, es una recomendación muy útil no unirse con muchas personas para hacer el mal, sino unirse con unas pocas cuya principal práctica sea la justicia.
VIII. (27) La cuarta y mayor de las acusaciones es la de embriaguez, no leve, sino excesiva. Pues la devoción al crimen equivale a la devoción a inflamar, encender e inflamar el veneno que es la gran causa de la necedad, es decir, la ignorancia, algo inextinguible, pero que en todo momento y en todo caso provoca conflagración y furia en el alma. (28) Muy naturalmente, por lo tanto, seguirá la justicia que purifica toda disposición mala de la mente, pues se dice: “Te librarás completamente del hombre malvado”, no de la ciudad, ni del país, ni de la nación, sino “de vosotros mismos”.[7] Porque hay muchos pensamientos defectuosos y censurables acechando en nosotros, y tomando morada en los recovecos de nuestros corazones, que, como son incurables, es necesario erradicar y destruir. (29) Por lo tanto, es justo que este hombre desobediente y contencioso, que siempre presenta razones plausibles como ofrenda y contribución para la destrucción del bien, y que se inflama con vino fuerte, se enfurece como un borracho contra la virtud y se excita absurdamente por el vino, tenga como acusadores a sus propios padres, ya que debería recibir toda reprimenda y castigo posibles de quienes pueden salvarse; (30) pero padre y madre tienen apelativos comunes, pero sus poderes son diferentes. En cualquier caso, hablaremos con justicia si decimos que el Creador del universo es también el padre de su creación; y que la madre era el conocimiento del Creador con quien Dios, uniéndose, no como se une el hombre, se convirtió en el padre de la creación. Y este conocimiento, habiendo recibido la semilla de Dios, al llegar el día de sus dolores, dio a luz a su único y amado hijo, perceptible por los sentidos externos, es decir, este mundo. (31) En consecuencia, la sabiduría es representada por alguno de los seres de la compañía divina hablando de sí misma de esta manera: «Dios me creó como la primera de sus obras, y antes del comienzo de los tiempos me estableció». Pues era necesario que todas las cosas que caían bajo el encabezamiento de la creación fueran más jóvenes que la madre y nodriza de todo el universo.
IX. (32) ¿Quién, entonces, puede resistir la acusación de estos padres? Nadie puede resistir ni siquiera sus amenazas moderadas, ni su más leve reproche; pues nadie es capaz de contener la inmensurable multitud de sus dones, quizá ni siquiera el mundo entero lo sea; pero como un canal poco profundo, cuando la gran fuente de las bondades de Dios fluye en él, se llenará rápidamente hasta desbordarse; pero si no podemos recibir sus beneficios, ¿cómo soportaremos sus poderes de castigo cuando nos alcancen? (33) Pero estos padres del universo deben ser excluidos de la presente discusión; y por ahora, consideremos a sus discípulos y conocidos, a quienes se les ha asignado el cuidado y la supervisión de las almas que no son reacias a aprender ni analfabetas. Por lo tanto, decimos que el padre es la razón recta masculina y perfecta, y que la madre es ese curso intermedio y encíclico de estudio, instrucción y aprendizaje, que es honorable y ventajoso obedecer como un hijo obedece a sus padres. (34) La recomendación, entonces, del padre, es decir, de la razón recta, es seguir y obedecer la razón, buscando la verdad desnuda y manifiesta; y el mandato de la erudición, es decir, la madre, es obedecer las justas costumbres que los hombres antiguos que abrazaron la opinión, como si fuera verdad, han establecido en ciudades, naciones y países. (35) Ahora bien, estos padres tienen cuatro clases de hijos. En primer lugar, está la clase que obedece a ambos; la segunda es la que no atiende a ninguno, siendo lo opuesto de la anterior. De los demás, cada uno es semi-perfecto. Porque uno está sumamente apegado a su padre y lo atiende, pero ignora a su madre y sus mandatos. El otro, de nuevo, parece apegado a su madre y la obedece en todo, pero presta poca atención a su padre. La primera clase, por lo tanto, se alzará con el premio de la victoria como superior a todos los demás; la segunda, que es lo contrario, se enfrentará a la derrota y la destrucción al mismo tiempo; y en cuanto a cada uno de los demás, reclamarán, uno el segundo premio, y el otro el tercero. El que obedece a su padre será el segundo en honor, y el que obedece a su madre será el tercero.
X. (36) Ahora bien, la imagen más visible del alma unida a su madre, que cede a las opiniones de muchos y cambia constantemente su apariencia de acuerdo con las diversas formas que surgen de los múltiples y diferentes modos de vida, a la manera del egipcio Proteo, que era capaz de asumir la semejanza de cualquier cosa en el mundo entero y ocultar su forma real de modo de volverla completamente invisible, es Jothor, un compuesto de orgullo, que evidentemente representa una ciudad y una constitución de hombres de todos los sectores y de todas las naciones, arrastrados por vanas opiniones. (37) Porque después de que el sabio Moisés había invitado a todo el pueblo del alma a observar la piedad y a rendir el honor debido a Dios, y les había enseñado los mandamientos y las leyes más sagradas, (pues dice: “Cuando haya una controversia entre ellos y vengan a mí, decidiré entre todos ellos y les traeré juntos los mandamientos de Dios y su Ley”).[8] entonces Jothor, sabio en su propia vanidad, no iniciado en las bendiciones divinas, pero habiendo vivido principalmente entre cosas humanas y corruptibles, arenga al pueblo y propone leyes contrarias a las de la naturaleza, teniendo en cuenta solo la opinión, mientras que esas otras leyes son todas referibles al estándar de la realidad y la verdad. (38) Y, en efecto, el profeta, compadeciéndose de este hombre y condoliéndose de su grave error, considera oportuno esforzarse por enseñarle cosas mejores y persuadirlo a cambiar de actitud, a abandonar las opiniones vanas y a seguir con firmeza la verdad. (39) Pues dice: «Tras haber desmantelado y erradicado el vano orgullo de la mente, abandonaremos nuestras moradas y partiremos hacia el lugar del conocimiento, que alcanzaremos mediante los oráculos divinos y su acuerdo con el resultado. Ven ahora con nosotros y te haremos bien».[9] Pues al hacerlo, te librarás de lo más pernicioso, la falsa opinión, y adquirirás lo más ventajoso, la verdad. (40) Pero él, como si estuviera dominado por el encantamiento, descuidará lo que se le dice y no seguirá ningún tipo de conocimiento, sino que se retirará y se refugiará en su propio y vano orgullo. Pues se dice en la Escritura que le respondió: «No iré, salvo a mi país y a mi raza»; es decir, a su infidelidad, imbuida de falsas opiniones, pues no había aprendido la verdadera fe que tanto aprecian los hombres.
XI. (41) Pues, al querer hacer alarde de su piedad, dice: «Ahora sé que Dios es un gran Señor en comparación con todos los dioses»,[10] se acusa de impiedad ante todos los hombres competentes para formarse un juicio; pues le dirán: (42) «¿Sabes ahora, oh hombre impío, el poder del Gobernante del universo? Pero antes de esto no lo sabías. Pues ¿acaso has conocido algo de mayor antigüedad o poder que Dios? ¿Y acaso no son las virtudes de sus padres conocidas por los hijos antes que cualquier otra cosa en el mundo? ¿Y no fue el Gobernante del universo su creador y padre? Así que si ahora dices que lo sabes, no lo sabes ahora, porque no lo sabías desde el principio de la creación». (43) Y no por eso dejas de ser culpable de falsas pretensiones cuando afirmas comparar cosas incomparables y afirmas reconocer la grandeza y preeminencia de Dios sobre todos los demás dioses. Pues si hubieras conocido en verdad al Dios vivo, jamás habrías supuesto que existiera otro dios con autoridad independiente; (44) pues así como el sol, al salir, oculta las estrellas, derramando su propia luz sobre nuestra vista, así también cuando los rayos del Dios iluminador, puros como son, y completamente puros, y visibles a la mayor distancia, brillan sobre el ojo del alma, siendo comprensibles solo por el intelecto, entonces el ojo del alma no puede ver nada más. (45) Por lo tanto, nunca se habría atrevido a comparar al Dios verdadero y fiel con esos dioses falsamente llamados, si realmente lo hubiera conocido; pero la ignorancia del único Dios le ha llevado a creer en muchos como dioses, que en realidad no tienen existencia alguna.
XII. (46) Esta misma opinión la sostiene todo aquel que, habiendo comprendido a fondo los asuntos del alma, contempla con asombro los asuntos del cuerpo y las cosas externas al cuerpo, tan diversas como son, con diferentes colores y formas, para engañar al sentido externo, que es fácilmente manipulable. (47) A este hombre, al que el legislador llama labor, quien, ignorando las verdaderas leyes de la naturaleza, se aviene falsamente a las vigentes entre los hombres, diciendo: «No es costumbre en nuestro país dar en matrimonio a la hija menor antes que a la mayor».[11] (48) Pues cree que le corresponde adherirse a la clasificación que surge de la consideración del tiempo, según la cual, la mayor tiene derecho a la prioridad, y después, la menor puede participar en sus derechos conjuntos. Pero el que practica con sabiduría, sabiendo que las naturalezas no están sujetas al tiempo, desea primero lo más joven y después lo más viejo. Y la razón moral le concuerda en este asunto, pues es necesario que quienes practican algo, primero adquieran el conocimiento más reciente, para después poder aprovechar lo más perfecto. (49) Y, por esta razón, los amantes de la virtud y la excelencia no se acercan a las puertas de la filosofía antigua antes de haberse familiarizado con estas partes más nuevas de ella, la gramática y la geometría, y toda la gama del conocimiento encíclico; porque estas ramas subordinadas siempre asisten a aquellos que con sinceridad y pureza de propósito cortejan a la sabiduría. (50) Pero él actúa astutamente en oposición a estos principios, deseando que tomemos para nosotros primero a la hermana mayor, no para que podamos tenerla de manera permanente, sino para que, atraídos por los atractivos de la más joven, podamos de ahí en adelante relajarnos en nuestro deseo por la mayor.
XIII. (51) Y casi podríamos decir que esto les ha sucedido a muchos de quienes han usado caminos alternativos para el conocimiento; pues, como podría decirse, los hombres que abandonan sus pañales para dedicarse al estudio y estilo de vida más perfectos, la filosofía, no creyendo conveniente ignorar por completo el conocimiento encíclico, han decidido dedicarse a él tarde y de mala gana. Y luego, descendiendo de los conocimientos más antiguos e importantes a la contemplación de las ramas inferiores y más jóvenes, han envejecido entre ellas de modo que ya no pueden regresar a las actividades con las que comenzaron. (52) Es por esta razón, me imagino, que dice: «Cumple sus siete años», lo que equivale a: no dejes que el bien del alma quede incompleto por ti; pero que tenga un fin y una debida completitud, para que puedas encontrarte con la clasificación más joven de las cosas buenas, de las cuales la belleza personal, la gloria, las riquezas y cosas como estas conforman la suma. (53) Pero él no promete lograrlas, sino solo acepta cumplirlas; es decir, estudiando nunca omitir nada que pueda conducir a su crecimiento y plenitud, pero en cada caso esforzándose por superar todas sus dificultades, aunque pueda haber innumerables impedimentos que lo obstaculicen y lo lleven en la dirección opuesta. (54) Y la escritura aquí me parece mostrar muy claramente que los hombres tienen más en cuenta las costumbres que las mujeres, como lo demuestran las palabras de Raquel, quien admira solo aquellas cosas que son perceptibles por los sentidos externos; (55) Por lo tanto, es especialmente conducta de las mujeres prestar atención a las costumbres; porque, de hecho, ese es el hábito del alma más débil y más femenina; mientras que la naturaleza de los hombres, y de esa razón que es realmente vigorosa y masculina, debe ser guiada por la naturaleza.
XIV. (56) Pero me maravillo de la sinceridad y la verdad del alma que, en su conversación, confiesa que es incapaz de rebelarse contra las aparentes bondades, y sin embargo admira y honra cada una de ellas, y casi las prefiere a sí misma. (57) Pues ¿quién de nosotros se resiste a la riqueza, y quién de nosotros se alza contra la gloria? ¿Y quién desprecia el honor o la autoridad, quién, diría yo, de casi todos los que aún están manchados por vanas opiniones? Absolutamente nadie. (58) Pero mientras no tenemos ninguna de estas cosas, hablamos en voz alta y con orgullo, como si fuéramos hombres de pocas necesidades y compañeros de la frugalidad, que hace que la vida se autoabastezca, sea justa y apropiada para hombres libres y de noble cuna. Pero cuando hay esperanza de cualquiera de las cosas que he enumerado, o cuando apenas nos asalta la más mínima brisa de tal esperanza, entonces somos descubiertos, pues al instante cedemos y nos sometemos, incapaces de resistir; y traicionados por los sentidos externos, que nos son tan queridos, abandonamos por completo la alianza del alma, y desertamos no de manera disimulada, sino abierta y sin disimulo. Y quizás esto no sea más de lo que razonablemente cabría esperar. (59) Pues las costumbres femeninas aún predominan en nosotras, mientras que aún no somos capaces de deshacernos de ellas, ni de levantarnos y cruzar al hogar de la habitación de los hombres, como se relata de la mente que amaba la virtud, llamada Sara; (60) pues se la representa en los oráculos sagrados como habiendo dejado de ser influenciada por las costumbres femeninas, [12] cuando estaba a punto de dar a luz a su hijo autodidacta, llamado Isaac. (61) Y se dice que no tuvo madre, habiendo recibido la herencia de parentesco solo de su padre, y no de su madre, no teniendo parte en la raza femenina; pues alguien ha dicho en alguna parte: «Y sin embargo, en verdad, ella es mi hermana, la hija de mi padre, pero no la hija de mi madre».[13] Pues ella no está formada de la materia perceptible por los sentidos externos, que siempre está en estado de formación o de disolución, que se llama la madre, nodriza y cuidadora de las cosas creadas; entre las cuales, en primer lugar, brotó el árbol de la sabiduría, sino más bien de la causa y padre de todo. (62) Ella, por lo tanto, habiendo emergido de todo el mundo corpóreo, y regocijándose por el gozo que hay en Dios, se ríe de las ocupaciones de los hombres, que se ocupan tanto de la guerra como de la paz.
XV. (63) Nosotros, pues, dominados por la asociación, impropia de hombres y mujeres, con los sentidos externos, las pasiones y los objetos de estos, no somos capaces de oponernos a nada aparente. Sino que nos vemos arrastrados, algunos a pesar nuestro, y otros voluntariamente, por todo lo que nos sucede; (64) y si nuestro ejército, incapaz de ejecutar las órdenes de su padre, se rindiera, tendría sin embargo por aliada a su madre, la erudición moderada, que promulga en diferentes ciudades leyes de uso común y apariencia justa, y establece diferentes instituciones en diferentes países. (65) Pero hay algunas personas que, descuidando los preceptos de sus madres, se adhieren con todas sus fuerzas a los mandatos de sus padres, a quienes la recta razón ha considerado dignos del mayor honor, es decir, el sacerdocio; y si examinamos sus acciones, por las cuales han obtenido este honor, tal vez incurriremos en el ridículo de muchos, que se dejan engañar por las primeras apariencias que se les presentan, y que no perciben esos poderes que son invisibles y se mantienen en la sombra. (66) Porque aquellos que se han aplicado a las oraciones y a los sacrificios, y a todo el conjunto de ceremonias relacionadas con el templo, son, lo que parece una cosa muy paradójica, homicidas, fratricidas, asesinos de aquellas personas que son más cercanas y queridas para ellos, aunque deberían ser puros y provenir de los puros, sin tener conexión con ninguna contaminación, incurrida intencionalmente, es más, ni siquiera involuntariamente. (67) Porque está dicho: «Cada uno de ustedes mata a su hermano, a su prójimo y a su pariente más cercano. Y los hijos de Leví hicieron como Moisés había dicho; y aquel día cayeron del pueblo unos tres mil hombres».[14] Y a aquellos que habían matado a tan vasta multitud, él los elogia diciendo: «Hoy, cada uno de ustedes, ha entregado sus manos al Señor en su hijo o en su hermano, para que se les conceda la bendición».
XVI. (68) ¿Qué, entonces, podemos decir, sino que tales hombres están atrapados por las costumbres comunes de los hombres, teniendo, como acusadora, a su madre, que vive según las leyes del estado y actúa como un demagogo, es decir, la costumbre? Pero que los otros preservan las leyes de la naturaleza, teniendo, por aliado, a su padre, es decir, la recta razón; (69) porque no es el caso, como algunas personas piensan, que los sacerdotes maten a los hombres, animales racionales, compuestos de alma y cuerpo, sino que solo erradican de sus mentes todas esas cosas que son afines y queridas para la carne, pensando que es propio para aquellos que se han convertido en ministros del único Dios sabio, alienarse de todas las cosas de la creación y considerar todas esas cosas como enemigas y completamente hostiles. (70) Por esta razón, mataremos a un hermano, no a un hombre, sino al cuerpo, que es hermano del alma; es decir, separaremos lo que se dedica a las pasiones y a lo mortal, de lo que se dedica a la virtud y a lo divino. Y, de nuevo, mataremos a un prójimo, no a un hombre, sino a una compañía y a una banda; pues tal compañía es, al mismo tiempo, afín y hostil al alma, poniendo cebos y tendiendo trampas para que, inundada por los objetos de los sentidos externos que la desbordan, nunca pueda emerger y mirar al cielo, para abrazar las naturalezas hermosas y divinas. Y también mataremos a los más cercanos a nosotros; pero lo que está más cerca de la mente es el lenguaje proferido, intercalando opiniones falsas entre plausibilidades y probabilidades razonables y naturales, para la destrucción de la más valiosa de todas las posesiones, la verdad.
XVII. (71) ¿Por qué, entonces, no debemos rechazar también a este ser, que es un sofista y una persona contaminada, condenándolo a la muerte que le corresponde, es decir, el silencio (pues el silencio es la muerte del habla), para que la mente ya no se deje llevar por sus sofismas, sino que, estando completamente emancipada de todos los placeres que son según el cuerpo, «el hermano», y estando alienada y habiéndose sacudido el yugo de todos los engaños según «el prójimo», y los sentidos externos vecinos, y de los sofismas según el habla «más cercana», pueda, con toda pureza, aplicarse a todos los objetos propios del intelecto. (72) Este es él «que dice a su padre y a su madre», sus padres mortales: «No los he visto», desde que he contemplado las cosas de Dios, quien «no reconoce a sus hijos», desde que se ha convertido en un conocido de la sabiduría, quien «repudia a sus hermanos»,[15] desde que ha dejado de ser repudiado por Dios y ha sido considerado digno de la salvación perfecta. (73) Este es el que “tomó como coadjutor”, es decir, quien buscó y halló las cosas de la creación corruptible, de las cuales la mayor felicidad reside en comer y beber, y quien fue, dice Moisés, “a la chimenea”, que ardía y llameaba con los excesos de la maldad, y que nunca podría extinguirse, a saber, la vida del hombre, y quien, después de eso, fue capaz incluso de atravesar el vientre de la mujer, [16] porque ella parecía ser la causa del alumbramiento, siendo, en verdad real, más bien la paciente que la agente, e incluso todo “hombre”, y todo razonamiento que sigue la opinión que atribuye las pasiones a la esencia de Dios, que es la causa de todas las cosas.
XVIII. (74) ¿No será justamente considerada esta persona como asesina por muchos, influenciados por las costumbres que tanto pesan entre las mujeres? Pero ante Dios, gobernante y padre del universo, será considerado digno de infinitas alabanzas y panegíricos, y de recompensas inamovibles; y las recompensas son grandes y afines, siendo la paz y el sacerdocio: (75) pues fue un logro ilustre, tras haber ahuyentado a las casi invencibles tropas de hombres que viven según la costumbre común, y haber sofocado la guerra civil de los apetitos en el alma, establecer una paz firme; y por esta gran hazaña no recibir nada más, ni riquezas, ni gloria, ni honor, ni autoridad, ni belleza, ni fuerza, ni ninguna de las ventajas del cuerpo, ni, por otro lado, la tierra o el cielo, ni todo el mundo, sino eso más importante y valioso de todas las cosas, el rango del sacerdocio, el oficio de servir y rendir honor a Aquel que es en verdad el único ser digno de honor y servicio; esto es algo admirable, un objeto digno de contienda. (76) Y no me equivoqué al llamar a esas recompensas, hermanos entre sí, pero lo dije, sabiendo que no puede hacerse un verdadero sacerdote quien todavía sirve en la guerra humana y mortal, en la que las opiniones vanas son los oficiales de las compañías; y que no puede ser un hombre pacífico, quien con sinceridad no cultiva y sirve, con toda sencillez, al único Ser que no tiene parte en la guerra y la paz eterna.
XIX. (77) Tales son las personas que honran a su padre y sus bienes, pero prestan poca atención a su madre y a sus bienes. Pero Moisés representa al hombre que discrepa tanto de su padre como de su madre, y los presenta diciendo: «No conozco al Señor; y no dejaré ir a Israel».[17] Pues parece oponerse a las cosas divinas, establecidas según la razón divina, y también a las establecidas con respecto a los seres creados, mediante la educación, y estar sembrando la confusión en todas direcciones. (78) E incluso ahora —pues la raza humana aún no se ha purificado por completo de la maldad pura— todavía hay personas que han decidido absolutamente no hacer nada que tenga relación con la piedad o la sociedad humana, sino que, por el contrario, son compañeros de la impiedad y el ateísmo, y traidores hacia sus iguales. (79) Y estos hombres andan por ahí, siendo las mayores plagas imaginables de sus ciudades, por curiosidad y por amor a interferir, mezclándose con, o mejor dicho, si hay que decir la verdad, sembrando la confusión en todo tipo de asuntos, tanto públicos como privados, hombres que deberían haber elevado oraciones y ofrecido sacrificios para evitar (como si se tratara de una gran enfermedad) el hambre, la peste o cualquier otro mal infligido por Dios; pues estas calamidades son grandes males para aquellos sobre quienes caen; en referencia a lo cual Moisés canta su destrucción, cuando hayan sido destruidos por sus propios aliados y devorados por sus propias opiniones, como por las olas de un mar tempestuoso.
XX. (80) Hablemos ahora, pues, siguiendo el orden habitual, de los enemigos de estas personas, los hombres que honran la instrucción y la recta razón, entre los cuales están los que están apegados a la virtud de uno de sus padres, siendo compañeros semiperfectos; estos hombres son los más excelentes guardianes de las leyes que el padre, es decir, la recta razón, estableció, y fieles administradores de las costumbres que la educación, su madre, instituyó; (81) y fueron instruidos por la recta razón, su padre, para honrar al Padre del universo, y no descuidar las costumbres y leyes establecidas por la educación, su madre, y consideradas por todos los hombres como fundadas en la justicia. (82) Cuando, por lo tanto, Jacob, el practicante de la virtud, y el hombre que entró en las listas de, y era candidato para, los premios de la virtud, estaba inclinado a dar sus oídos a cambio de sus ojos, y palabras por acciones, y mejoras por la perfección, como el Dios generoso estaba dispuesto a dar ojos a su mente, para que pudiera en el futuro ver claramente lo que hasta entonces solo había comprendido por el oído (porque los ojos son más confiables que los oídos), el oráculo sonó en sus oídos, “Tu nombre no se llamará Jacob; sino que Israel será tu nombre, porque has prevalecido con Dios y con los hombres, con Poder”. [18] Jacob entonces es el nombre del aprendizaje y/o mejora, es decir, de aquellos poderes que dependen del aprendizaje, e Israel es el nombre de la perfección, porque el nombre que se interpreta significa “la vista de Dios”; (83) ¿Y qué puede ser más perfecto entre todas las virtudes que la visión del único Dios vivo? En consecuencia, quien ha visto estas cosas buenas es reconocido como bueno por sus padres, habiendo alcanzado la fuerza en Dios y el poder tanto ante el Señor como ante los hombres. (84) Y me parece muy bien dicho en el libro de Proverbios: «Hombres que ven lo que es recto ante Dios y ante los hombres».[19] Ya que es con la ayuda de ambos que los hombres alcanzan la posesión completa del bien. Porque cuando se les haya enseñado a observar las leyes de su Padre,[20] y a no desatender los mandatos de su madre, podrán decir con confianza y orgullo: «Porque yo también nací hijo, sujeto a mi padre y amado ante el rostro de mi madre».
XXI. Pero, debo decirle a este hombre: ¿no estabas destinado a ser amado si guardabas las leyes establecidas entre los mortales por deseo de comunión, y si respetabas debidamente las ordenanzas del Dios increado por amor y deseo de piedad? (85) Por lo tanto, Moisés, el divino profeta de Dios, en su descripción de la construcción del templo, muestra la perfección del templo en ambos puntos; pues no es sin la debida consideración hacia nosotros que cubre el arca con oro por dentro y por fuera, o que da dos túnicas al sumo sacerdote, o que construye dos altares, uno fuera del tabernáculo para las víctimas y otro dentro para el incienso; pero lo hace, deseando con estos emblemas exhibir las virtudes de cada especie; (86) pues conviene que el sabio se adorne tanto con las excelencias invisibles que existen en el interior del alma como con las externas, visibles, y con la prudencia, que es más valiosa que el oro. Y siempre que se aparta de los estudios humanos, adorando solo al Dios vivo, se viste con el sencillo e inmutable manto de la verdad, que ningún mortal puede jamás tocar, pues está hecho de lino, un material que no proviene de ningún ser cuya naturaleza sea la muerte. Pero siempre que se involucra en asuntos políticos, entonces deja de lado el manto del hombre y asume otro, bordado, de admirable belleza; pues la vida, al ser una cosa de gran variedad y grandes cambios, requiere la sabiduría diversificada del piloto que ha de llevar el timón. (87) y aparecerá en el altar exterior y visible de la vida para ejercitar abundante prudencia con respecto a la piel, y la carne, y la sangre, y todo lo relacionado con el cuerpo, para no ofender a la multitud común que da el segundo lugar en honor a las cosas buenas del cuerpo en estrecha proximidad a las cosas buenas del alma; y en el altar interior usará cosas sin sangre, sin carne, incorpóreas, cosas que proceden solo del razonamiento, que se comparan con el incienso y otras especias quemadas; porque como éstas llenan las fosas nasales, así también aquellas llenan toda la región del alma con fragancia.
XXII. (88) Tampoco debemos ignorar que la sabiduría, siendo el arte de las artes, parece variar según sus diferentes materiales, pero muestra su verdadera especie sin alteración a quienes tienen vista aguda y no se dejan llevar por la carga del cuerpo que los rodea, sino que ven la impresión que el arte mismo imprime en ella. (89) Dicen que Fidias, el célebre estatuario, hizo estatuas de bronce, marfil, oro y otros materiales diferentes, y que en todas estas obras mostró un solo y mismo arte, de modo que no solo los buenos jueces, sino incluso aquellos que no tenían pretensiones al título, reconocieron al artista por sus obras. (90) Porque, como en el caso de los gemelos, la naturaleza, habiendo empleado a menudo el mismo carácter, ha producido similitudes muy ligeramente diferentes entre sí; De la misma manera, el arte perfecto, al ser imitación y copia de la naturaleza, al adoptar diferentes materiales, modela e imprime la misma apariencia en todos, de modo que las obras que produce son, en el mayor grado posible, afines, fraternales y gemelas. (91) Y el poder que existe en el hombre sabio mostrará el mismo resultado: pues cuando se ocupa de los asuntos del Dios vivo, se llama piedad y santidad; pero cuando se dedica al cielo y a las cosas celestiales, es filosofía natural; y cuando se dedica a la investigación del aire y de las diferentes circunstancias que acompañan sus variaciones y cambios, ya sea en las revoluciones anuales uniformes de las estaciones o en los períodos parciales de meses y días, se llama meteorología. Se llama filosofía moral cuando se ocupa de la rectificación de la moral humana; y esta filosofía moral se divide en varias especies subordinadas: la política, cuando se ocupa de los asuntos de estado; la economía, cuando se aplica a la administración del hogar; Cuando se dedica al tema de banquetes y entretenimientos, es entonces filosofía convivencial. Además, el poder que se ocupa del gobierno de los hombres es real; el que está versado en mandatos y prohibiciones es legislativo. (92) Pues todos estos diferentes poderes, el sabio de muchos nombres y muchas celebridades, contiene verdaderamente en sí mismo, a saber, la piedad, la santidad, la filosofía natural, la meteorología, la filosofía moral, el conocimiento político, la economía, el poder real, la sabiduría legislativa e innumerables otras facultades; y en cada una de ellas se verá que tiene la misma apariencia.
XXIII. (93) Pero ahora que hemos discutido las cuatro diferentes clases de niños, debemos tener cuidado de no pasar por alto esto, que puede ser la prueba más excelente de esta partición y división del capítulo; porque cuando un niño está eufórico y envanecido por la necedad, sus padres lo acusan de esta manera, diciendo: “Este es nuestro Hijo”,[21] señalando al joven desobediente y testarudo; (94) porque al demostrar “este”, muestran que también tienen otros hijos, algunos de los cuales obedecen a uno de ellos, y otros a ambos, siendo razonamientos bien dispuestos, de los cuales Rubén es un ejemplo; otros, además, que son aficionados a escuchar y aprender, de los cuales Simeón es un ejemplo, pues su nombre, al ser interpretado, significa “oír”; otros, personas que acuden a Dios y se convierten en suplicantes, esta es la compañía de los levitas. otros cantan un canto de gratitud, no tanto en voz alta como con la mente, de los cuales Judá es el líder; otros, que han sido considerados dignos de recompensas y presentes, a causa de su adquisición voluntaria de virtud a través del trabajo, como Isacar; otros, personas que han abandonado las especulaciones meteorológicas caldeas y han pasado a la contemplación del Dios increado, como Abraham; algunos, que han alcanzado la virtud autodidacta y espontánea, como Isaac; algunos, llenos de sabiduría y fuerza, y amados por Dios, como el más perfecto Moisés.
XXIV. (95) Muy naturalmente, pues, la ley sagrada manda apedrear al hombre desobediente y contencioso —que aporta contribuciones de mal, es decir, que se une y amontona pecado sobre pecado, grandes crímenes sobre pequeños, culpa nueva sobre antigua, fechorías intencionales sobre involuntarias; y que, como una persona inflamada por el vino, está siempre ebrio y borracho, y furioso con una embriaguez incesante y desenfrenada, durante toda su vida; porque ha bebido de la copa pura y abundante de la necedad, y porque ha destruido los preceptos de la recta razón, a su padre y las legítimas exposiciones de la instrucción de su madre. EspañolY aunque tuvo un ejemplo de excelencia y virtud en sus hermanos, quienes fueron aprobados por sus padres, no imitó su virtud, sino que, por el contrario, creyó conveniente ir más allá en sus transgresiones, hasta el punto de hacer un dios del cuerpo, y un dios de Tifus, que es especialmente honrado entre los egipcios, cuyo emblema era la figura de un toro de oro; alrededor del cual sus locos adoradores establecen danzas, y cantan, y preludian, no con melodías que huelen a vino y jolgorio, como las dulces canciones cantadas en las fiestas y entretenimientos, sino con una lamentación realmente melancólica y triste, como hombres ebrios, que han relajado y destruido por completo el tono y la energía del alma. (96) Pues se dice que cuando Josué oyó al pueblo gritar, le dijo a Moisés: «Hay ruido de guerra en el campamento. Y él respondió: «No es la voz de un hombre que se esfuerza en la batalla, ni la voz de hombres que huyen, sino la voz de hombres que comienzan la juerga y la embriaguez lo que oigo. Y cuando se acercó al campamento, vio el becerro y las danzas».[22] Y el enigmático significado que se esconde bajo estas expresiones figurativas lo explicaremos lo mejor que podamos.
XXV. (97) Nuestros asuntos a veces se encuentran en un estado de tranquilidad, y a veces se comportan con una impetuosidad inoportuna y fuertes gritos; y su tranquilidad es una paz profunda, y su condición, cuando se encuentran en un estado opuesto, es una guerra interminable; (98) y el testigo de este hecho es quien ha experimentado su verdad y no puede mentir; pues, al oír la voz del pueblo clamando, le dice al administrador y superintendente de los asuntos: «Hay un ruido de guerra en la tienda»; pues mientras los impulsos irracionales no se agitaban ni provocaban ningún clamor en nosotros, nuestras mentes se mantenían firmes; pero cuando empezaron a llenar el lugar del alma con toda clase de voces y sonidos, convocando y despertando las pasiones, crearon una sedición civil y una guerra en el campamento. (99) Muy naturalmente, pues ¿dónde más habría lucha, batalla, contienda y todas las demás acciones de una guerra interminable, excepto en la vida según el cuerpo, que él, hablando alegóricamente, llama el campamento? Esta vida la mente suele abandonar cuando, bajo la influencia de Dios, se acerca al Dios vivo, contemplando las apariencias incorpóreas; (100) «Porque Moisés», dice la Escritura, «habiendo tomado su propia tienda, la fijó fuera del campamento», y eso tampoco cerca de él, sino a gran distancia, y a gran distancia del campamento. Y con estas declaraciones nos dice, figurativamente, que el hombre sabio no es más que un peregrino, una persona que abandona la guerra y se pasa a la paz, y que pasa del campamento mortal y perturbado a la vida serena, pacífica y divina de las almas racionales y felices.
XXVI. (101) Y dice en otro pasaje: «Cuando salga de la ciudad, extenderé mis manos al Señor, y las voces cesarán».[23] No piensen aquí que quien habla es un hombre, una contextura, composición, combinación de alma y cuerpo, o como quieran llamar a este animal concreto; sino más bien la mente más pura e inmaculada, que, mientras está contenida en la ciudad del cuerpo y de la vida mortal, está apretada y confinada, y como un hombre encarcelado confiesa abiertamente que no puede disfrutar del aire libre. Pero tan pronto como haya escapado de esta ciudad, liberada en cuanto a sus pensamientos e imaginaciones, como los prisioneros son liberados en cuanto a sus manos y pies, desplegará sus energías con su fuerza libre, emancipada e incontrolada, de modo que los mandatos de las pasiones serán cesados de inmediato. (102) ¿No son muy fuertes los gritos de placer con los que suele dar las órdenes que le complacen? ¿Y no es incansable la voz del apetito cuando profiere sus amargas amenazas contra quienes no la sirven? Y así, a su vez, todas las demás pasiones tienen una voz potente y variada. (103) Pero incluso si cada una de las pasiones ejerciera las diez mil bocas y voces, y todo el poder de alboroto del que hablan los poetas, no sería capaz de confundir los oídos del hombre perfecto, después de que ya las ha abandonado y ha decidido no vivir más en la misma ciudad con ellas.
XXVII. (104) Pero las Sagradas Escrituras concuerdan con quien habla por experiencia, cuando dice que en el campamento del cuerpo se oían todos los ruidos de la guerra, pues la tranquilidad propia de la paz se había disipado. Pues no dice que no sea un grito de guerra, sino que no es un grito como algunos creen que es el de los vencedores o los vencidos, sino más bien el que emana de hombres agobiados por el vino. (105) Pues la expresión «no es la voz de hombres que comienzan a esforzarse en la batalla» equivale a «de hombres que han ganado en la guerra», pues el esfuerzo en la batalla es la causa de la victoria. Así representa al sabio Abraham, tras la destrucción de los nueve reyes, es decir, de las cuatro pasiones y los cinco poderes de los sentidos externos, que se pusieron en movimiento de manera contraria a la naturaleza, preludiando con un himno de gratitud y diciendo: «Extenderé mi mano al Dios Altísimo, que hizo el cielo y la tierra; que no tomaré ni un hilo ni la correa de un zapato de nada que sea Tuyo»,[24] (106) Y se refiere, según me parece, con esta expresión a todo lo que hay en el mundo: el cielo, la tierra, el agua, el aire, todos los animales y todas las plantas. Pues a cada uno de ellos, quien dirige todas las energías de su alma hacia Dios, y quien lo considera solo como la única fuente de la que puede esperar ventaja, puede decir con acierto: «No tomaré nada de lo tuyo; No recibiré del sol la luz del día, ni de noche recibiré la luz de la luna ni de las otras estrellas, ni la lluvia del aire ni de las nubes, ni la comida ni la bebida de la tierra ni del agua, ni el poder de la vista de los ojos, ni la facultad de oír de los oídos, ni la de oler de la nariz, ni del paladar en la boca el sentido del gusto, ni la facultad de hablar de la lengua, ni el poder de dar y tomar de las manos, ni el de acercar y alejar de los pies, ni el de respirar de los pulmones, ni el de digerir del hígado, ni de los otros órganos internos del cuerpo el poder de excitar las energías que les pertenecen, ni el producto anual de los árboles y de las semillas; sino que miraré todo como procedente del único Dios sabio, que extiende sus propios poderes benéficos en todas direcciones, y que por su agencia me beneficia.
XXVIII. (107) Quien puede contemplar así al Dios viviente y comprende así la naturaleza de la causa de todas las cosas, honra las cosas de las que es causa en un grado secundario a sí mismo; al mismo tiempo, confiesa su importancia, aunque sin adularlas. Y esta confesión es sumamente justa: No recibiré nada de ti, sino todo de Dios, a quien pertenecen todas las cosas, aunque quizás los beneficios puedan ser otorgados por medio de ti; pues eres instrumentos para ministrar sus gracias eternas. (108) Pero el hombre, carente de toda consideración, ciego en cuanto a su mente, la única por la cual el Dios viviente es comprensible, mediante esa mente nunca ve nada en ninguna parte, sino que ve todos los cuerpos que hay en el mundo mediante sus propios sentidos externos, a los que considera como las causas de todas las cosas que existen. (109) Por lo cual, comenzando a fabricarse dioses, llenó el mundo de imágenes, estatuas e innumerables representaciones, hechas de diversos materiales, modeladas por pintores y estatuarios, a quienes el legislador desterró de su estado, proponiéndoles, tanto pública como privadamente, grandes recompensas y honores insuperables. Con esta conducta, logró el resultado contrario al que pretendía, es decir, la impiedad en lugar de la religión. (110) Pues la adoración de muchos dioses en las almas de la gente ignorante es mera impiedad; y quienes deifican las cosas mortales descuidan el honor debido a Dios; quienes no se conforman con hacer imágenes del sol y de la luna según su inclinación, y de toda la tierra y de toda el agua, sino que incluso dieron a los animales y plantas carentes de razón una parte de esos honores, que pertenecían por derecho solo a los seres inmortales. Y él, reprendiéndolos, comenzó un cántico de victoria como se ha mostrado aquí.
XXIX. (111) Y Moisés, en efecto, de la misma manera, cuando vio al rey de Egipto, [25] ese hombre arrogante con sus seiscientos carros, es decir, con los seis movimientos cuidadosamente ordenados del cuerpo orgánico, y con los gobernadores que fueron designados para manejarlos, quienes, si bien ninguna de todas las cosas creadas está por naturaleza calculada para permanecer quieta, piensan, sin embargo, que pueden considerar todo como sólidamente establecido y no admitiendo alteración alguna; Cuando él, digo, vio que este rey había recibido el castigo debido a su impiedad, y que el pueblo, practicante de la virtud, había escapado de los ataques de sus enemigos y había sido salvado por un poder extraordinario que superaba sus expectativas, entonces cantó un himno a Dios como juez justo y veraz, comenzando un himno de la manera más apropiada y exactamente apropiada para los eventos que habían sucedido, porque había arrojado al mar al caballo y a su jinete;”[26] habiendo destruido por completo esa mente que cabalgaba sobre los impulsos irracionales de ese animal cuadrúpedo e inquieto, la pasión, y se había convertido en aliado, defensor y protector del alma vidente, para otorgarle completa seguridad. (112) Y el mismo profeta comienza un cántico al pozo, no solo por la destrucción de las pasiones, sino también porque se le ha dado la fuerza para adquirir la más valiosa de todas las posesiones, a saber, la sabiduría incomparable, que compara con un pozo; porque Es profundo, y no superficial, y da un dulce manantial a las almas sedientas de bondad y virtud, una bebida a la vez muy necesaria y muy dulce. (113) Pero no se le confía a ninguna persona que no esté iniciada en la sabiduría cavar este pozo, sino solo a los reyes, por lo que se dice: «Los reyes lo excavaron en la piedra».[27] Porque es el oficio de los poderosos gobernantes investigar y establecer la sabiduría, no refiriéndose a aquellos que con sus armas han dominado el mar y la tierra, sino a aquellos que con los poderes del alma han luchado contra su multitud diversificada, mezclada y confusa y la han dominado.
XXX. (114) Ahora bien, los discípulos y seguidores de estas personas son quienes dicen: «Tus hijos han reunido a los guerreros que están bajo nuestro cuidado, y ninguno se ha negado, sino que cada uno ha traído su ofrenda al Señor de lo que ha encontrado».[28] (115) Pues es probable que estos hombres, ansiosos por alcanzar poderes perfectos y dominantes, preludien de nuevo con un canto triunfal. Pues dicen que quien ha reunido a todos, también ha reunido la mayor cantidad de razones de valentía, que por naturaleza son inclinadas a la guerra, al estar alineados en oposición a dos escuadrones, uno liderado por la cobardía, difícil de superar, y el otro por la temeridad y la temeridad frenéticas; y ninguno de ellos comparte la sabiduría. (116) Y se dice admirablemente que nadie se negó, como señal de una participación en un coraje perfecto y completo; así como la lira y cualquier otro instrumento musical están desafinados si hay una sola nota discordante; pero están afinados cuando todas las cuerdas están en armonía y emiten la misma sinfonía con un solo toque. De la misma manera, el instrumento del alma está desafinado cuando se ve forzado por la temeridad y se le exige demasiado, o se relaja por la cobardía de forma desmesurada, hasta el punto de decaer y quedar completamente apagado. Pero está afinado cuando todos los tonos del coraje y de cada virtud están bien unidos y combinados, produciendo así una melodía bien arreglada. (117) Y es una gran prueba de buena afinación y de una gestión hábil el llevar su debido don a Dios; Y esto es honrar al Dios viviente de una manera apropiada, mediante la confesión más clara de que todo este universo es su regalo para nosotros; (118) porque dice, en estricta conformidad con la verdad natural, «el hombre ha traído el regalo que encontró». Pero cada uno de nosotros, en el momento en que nace, encuentra el gran regalo de Dios, es decir, el mundo universal, que le ha dado, y a las partes más excelentes de Él.[29]
XXXI. (119) También hay dones particulares que conviene tanto a Dios dar como a los hombres recibir. Y estas deben ser las virtudes y las energías correspondientes, ante cuyo descubrimiento, al ser casi independiente del tiempo, debido a la extraordinaria rapidez que el dador suele exhibir en sus dones, todos se llenan de admiración, incluso aquellos a quienes nada más en el mundo les parece grande. (120) Por lo cual también se pregunta: «¿Cómo lo encontraste tan pronto, oh hijo mío?»[30] El interrogador se maravilla de la prontitud de la disposición virtuosa; y quien ha recibido el beneficio responde con acierto: «Porque el Señor Dios me lo dio». Pues los dones y las explicaciones de los hombres son lentos, pero los de Dios son rapidísimos, superando incluso el movimiento del tiempo más veloz. (121) Por lo tanto, aquellos que por su fuerza y coraje se han convertido en jefes y líderes del coro que entona el canto de triunfo y gratitud, son los ya mencionados; pero aquellos que, por haber sido puestos en fuga y por su debilidad, son compañeros del canto de lamentación que se entona en ocasión de la derrota, son hombres a quienes uno debería considerar cobardes, en lugar de compadecer; como aquellos que tienen un cuerpo afectado por algún defecto natural, para quienes cualquier ocasión ordinaria de enfermedad es un gran obstáculo para su curación. (122) Pero algunas personas han sucumbido en contra de sus inclinaciones, no porque las energías de sus almas sean más afeminadas, sino porque han sido abrumadas por la fuerza más vigorosa de sus adversarios; e imitando a los que son esclavos voluntarios, se han arrojado voluntariamente ante cualquiera de los amos, aunque eran hombres libres de nacimiento; Por lo cual, al no poder venderse, lo cual es lo más increíble de todo, han comprado amos para sí mismos y así se han convertido en esclavos, haciendo lo mismo con aquellos que anhelan insaciablemente emborracharse con vino; (123) porque también ellos, por su propia voluntad y sin ninguna compulsión, beben vino puro, de modo que por su propia voluntad erradican la sobriedad de sus almas y eligen la locura; porque, dice la Escritura, “Oigo la voz de los que están comenzando la juerga y la embriaguez”; es decir, de hombres que están exhibiendo una locura que no es involuntaria, sino que se dañan a sí mismos con un frenesí voluntario y deliberado.
XXXII. (124) Y todo aquel que se acerca al campamento ve el becerro y las danzas, y él mismo se contagia pronto. Pues nos encontramos con el tifus y sus juerguistas, siempre que nos proponemos deliberadamente acercarnos al campamento del cuerpo; pues quienes son aficionados a la contemplación y anhelan ver objetos incorpóreos, como personas que practican la obstinación por orgullo, suelen vivir alejados del cuerpo. (125) Por lo tanto, ruega a Dios que nunca comiences juergas ni borracheras, es decir, que nunca te adentres intencionalmente en el camino que conduce a la ignorancia y la necedad; pues los errores involuntarios son tan leves como los pecados deliberados, ya que no están agobiados por la irresistible convicción de la conciencia. (126) Y cuando tus oraciones se hayan cumplido, ya no podrás permanecer en la ignorancia ni sin oficio, sino que adquirirás el más importante de todos los oficios, es decir, el sacerdocio. Pues es casi la única ocupación de los sacerdotes y ministros de Dios ofrecer sacrificios abstemios, absteniéndose con firmeza de espíritu del vino y de cualquier otra causa de locura. (127) Porque, dice la Escritura: «El Señor le habló a Aarón, diciendo: No beberéis vino ni sidra, ni tú ni tus hijos después de ti, cuando entréis en el tabernáculo del testimonio, ni cuando os acerquéis al altar del sacrificio, para que no muráis. Esta será una ley eterna para todas vuestras generaciones: distinguir entre lo sagrado y lo profano, y entre lo puro y lo impuro».[31] (128) Pero Aarón es el sacerdote, y la interpretación de su nombre es «montañosa»; el razonamiento se ocupa de objetos sublimes y elevados, no por el exceso de la arrogancia del orgullo vano, sino por la magnitud de su virtud, que, elevando los pensamientos más allá incluso del cielo, no le permite contemplar nada que sea inferior. Y nadie que esté dispuesto de esta manera tocará jamás voluntariamente vino sin mezclar ni ninguna otra medicina de locura, (129) porque es inevitable que deba hacer uno en la procesión solemne y entrar en el tabernáculo, estando a punto de realizar[32] los ritos que no se pueden ver, o bien, que al acercarse al altar deba ofrecer sacrificios de gratitud por todas las bendiciones públicas y privadas que han sido derramadas sobre él; y estas cosas requieren sobriedad y gran presencia de ánimo.
XXXIII. (130) Por lo tanto, cualquiera puede admirar con razón las expresiones con las que se transmite el mandato. Pues, ¿cómo puede ser otra cosa que admirable que las personas, siendo sobrias y dueñas de sí mismas, se dediquen a la oración y a la ofrenda de sacrificios? Así como, por otro lado, es ridículo que los hombres lo hagan cuando el vino relaja cuerpo y alma; (131) a menos que, cada vez que sirvientes, hijos y súbditos se acercan a amos, padres y soberanos, se cuiden de la sobriedad para no ofender ni de palabra ni de obra, no sea que, si en algún aspecto actúan como si despreciaran su rango, sean castigados, o, hablando con la mayor moderación, al menos sufran burla. Y, sin embargo, quien esté a punto de convertirse en ministro del Gobernante y Padre del universo, no debe mostrarse superior a la comida, la bebida, el sueño y todas las necesidades vulgares de la naturaleza, sino que debe desviarse hacia el lujo y la afeminación, e imitar la vida de los intemperantes. Con los ojos cargados de vino, la cabeza sacudida, el cuello inclinado, eructando por la intemperancia y estando débil y tambaleándose, está en condiciones de acercarse a las purificaciones sagradas, los altares y los sacrificios. No: tal hombre no puede, sin impiedad, contemplar la llama sagrada a distancia. (132) Pero, si uno entiende que estas cosas no se refieren al tabernáculo o altar del sacrificio, que son visibles y están hechos de materiales inanimados y perecederos, sino a aquellos objetos de especulación invisibles y perceptibles solo por el intelecto, de los cuales estas otras cosas son solo imágenes perceptibles por los sentidos externos; se maravillará aún más con la explicación. (133) Pues, dado que el Creador ha hecho en cada caso un modelo y otra copia de ese modelo, ha creado el modelo arquetípico de virtud para el sello, y luego ha estampado sobre este una impresión muy similar al sello. Por lo tanto, el sello arquetípico es la idea incorpórea que, en cuanto a su naturaleza intrínseca, es un objeto de los sentidos externos, pero que, sin embargo, no entra realmente en la esfera de sus operaciones. Así como si hubiera un trozo de madera flotando en la parte más profunda del mar Atlántico, una persona podría decir que la naturaleza de la madera es quemarse, pero que ese trozo en particular nunca se quemará debido a la forma en que está saturado de agua salada.
XXXIV. (134) Consideremos, pues, el tabernáculo y el altar como ideas: una es la idea de la virtud incorpórea, y la otra, el emblema de una imagen de ella, perceptible por los sentidos externos. Ahora bien, es fácil ver el altar y los objetos que lo recubren, pues todos sus preparativos se realizan al aire libre y son consumidos por un fuego inextinguible, de modo que brillan no solo de día, sino también de noche; (135) pero el tabernáculo y todo lo que contiene son invisibles, no solo porque están colocados en los rincones más recónditos y en los santuarios más sagrados, sino también porque Dios ha impuesto, según los preceptos de la ley, la inevitable pena de muerte, no solo para quien los toque, sino para quien, por curiosidad superflua, los contemple. La única excepción es si alguien es perfecto e intachable, no contaminado por ningún error, ya sea grande o pequeño, con una naturaleza enteramente uniforme y plena, y en todos los aspectos más perfecta; (136) porque a tal hombre se le permite una vez al año entrar y contemplar lo que es invisible para los demás, ya que solo en él, entre todos los hombres, reside el amor alado y celestial por los bienes incorruptibles e incorpóreos. (137) Por lo tanto, cuando alguien que es golpeado por la idea es influenciado por el sello que da una impresión de las virtudes particulares, percibiendo, comprendiendo y admirando la belleza más divina de esa idea a la que se está acercando, como si hubiera recibido la impresión de ese sello, entonces se engendra de inmediato en él un olvido de la ignorancia y la necedad, acompañado de un recuerdo simultáneo de la instrucción y el aprendizaje. (138) Por esta razón, la Escritura dice: «No beberás vino ni sidra, ni tú ni tus hijos después de ti» al entrar en el tabernáculo del testimonio o al acercarse al altar del sacrificio; y él explica todos estos detalles no más como prohibición que como explicación de su intención. En verdad, para quien emitía prohibiciones, era apropiado decir: «No bebáis vino cuando oficiéis un sacrificio»; pero para quien declaraba su opinión, es más adecuado decir: «No beberéis». Pues es imposible que un hombre admita la ignorancia, que es causa de embriaguez y de ignorancia del alma, si es alguien que estudia las virtudes genéricas y específicas y se dedica a su práctica. (139) Y habla muy a menudo del tabernáculo del testimonio, en verdad, en cuanto que Dios es el testigo de la virtud, a quien es honorable y conveniente asistir, o en cuanto que es la virtud la que implanta firmeza en nuestras almas, erradicando lo ambiguo, lo dudoso y lo vacilante,y razonamientos vacilantes a partir de ellos por la fuerza, y revelando la verdad en la vida como en un tribunal de justicia.
XXXV. (140) Y la Escritura dice que «no morirá quien ofrezca sacrificios abstemios», ya que la ignorancia trae la muerte, y la educación y la instrucción traen la inmortalidad. Pues así como en nuestros cuerpos la enfermedad es causa de disolución y la salud de preservación, así también en nuestras almas, lo que salva es la prudencia, pues esta es una especie de buena salud mental; y lo que destruye es la necedad, que inflige una enfermedad incurable. (141) Y declara expresamente su opinión, y declara que este último es un Mal eterno.[33] Pues considera que existe una ley imperecedera establecida en la naturaleza del universo que abarca estos principios: que la instrucción es algo saludable y salvador, pero que la ignorancia es causa de enfermedad y destrucción. (142) Además, afirma que las leyes establecidas conforme a la verdad son eternas, pues la recta razón, que es ley, no es perecedera. Por otro lado, lo contrario, es decir, la anarquía, es de corta existencia y, por su propia naturaleza intrínseca, fácilmente destructible, como lo confiesan todas las personas de sano juicio. (143) Y es una propiedad especial de la ley y de la instrucción distinguir lo profano de lo santo, y lo impuro de lo puro; como, por otro lado, es efecto de la anarquía y la ignorancia combinar por la fuerza lo que discrepa y sembrar el desorden y la confusión.
XXXVI. Por esta razón, el más grande de los reyes y profetas, Samuel, como nos dicen las Sagradas Escrituras, no bebió vino ni licores embriagantes hasta el día de su muerte; [34] pues está enlistado en las filas del ejército divino, que nunca abandonará gracias a la prudencia del sabio capitán. (144) Pero Samuel quizás era en realidad un hombre, pero se le considera no como un animal compuesto, sino como una mente que se regocija únicamente en el servicio y la ministración de Dios. Pues el nombre Samuel, al ser interpretado, significa «designado para Dios»; porque consideraba todas las acciones realizadas según opiniones vanas y vacías como una vergonzosa irregularidad. (145) Nació de una madre humana, cuyo nombre, al ser interpretado, significa «gracia». Pues sin la gracia divina es imposible abandonar las filas de las cosas mortales, ni permanecer firme y constantemente con las imperecederas. (146) Pero cualquier alma llena de gracia se encuentra de inmediato en un estado de júbilo, deleite y alegría; pues se llena de triunfo, de modo que a muchos no iniciados les parecería ebria, agitada y fuera de sí. Por esta razón, un joven le dijo, y no solo uno, sino todos los que tenían la edad suficiente para la descaro juvenil y la disposición a burlarse de lo bueno: “¿Hasta cuándo estarás borracho? Deja de beber vino”. (147) Pues en quienes están bajo la influencia de la inspiración divina, no solo el alma suele excitarse, y casi enloquecerse, sino también el cuerpo suele enrojecerse y adquirir una tez ardiente. La alegría, que se difunde internamente y es exultante, extiende secretamente sus afectos incluso al exterior, por lo que muchos necios se engañan y han creído que las personas sobrias estaban ebrias. (148) Y, sin embargo, esas personas sobrias están, en cierto modo, ebrias, habiendo bebido abundantemente de todo lo bueno y habiendo recibido las promesas de la virtud perfecta. Pero quienes pasan toda su vida sin haber probado la sabiduría, aunque tienen un hambre y un deseo constantes de ella, están ebrios con esa embriaguez que procede del vino. (149) Con mucha naturalidad, por lo tanto, se responde al hombre que actúa con la impetuosidad de la juventud y pretende provocar risa ante el venerable y austero modo de vida de la prudencia: «Buen hombre, soy una mujer dura, un día severo, y no bebo vino ni licor, y derramo mi alma ante el Señor». Gran libertad de expresión tiene el alma llena de las gracias de Dios. (150) En primer lugar, se llama a sí mismo un día severo,teniendo en cuenta al muchacho que se burla de él; porque para él y para todo tonto el camino que conduce a la virtud es considerado áspero y difícil de recorrer y muy doloroso, como atestigua uno de los antiguos poetas, diciendo:
El vicio se puede tomar con facilidad en las tropas,
Pero en el frente de la justa virtud
El Dios inmortal ha dispuesto el trabajo,
Y cuidado, y sudor, para cerrar el camino.
Largo es el camino y empinado,
Y áspero al principio, lo que lleva los pasos
O los hombres mortales a ello;
Pero cuando llegas a la altura, el camino
Es fácil lo que antes era difícil,
Y rápido el curso hacia adelante.
XXXVII. (151) Después de esto, el alma niega haber bebido vino o licor, jactándose de su constante sobriedad durante toda su vida. Pues tener la capacidad de razonar realmente libre, libre, pura y sin pasión alguna era algo muy importante y admirable. (152) Y de esto resulta que la mente llena de sobriedad pura es en sí misma una libación completa y entera, y se ofrece como tal a Dios y se le consagra. Pues, ¿qué significa la expresión «Derramaré mi alma ante el Señor», sino «La consagraré enteramente a Él»? Habiendo roto todas las cadenas que antes lo ataban, las que lo sujetaban todas las vacías ansiedades de la vida mortal, y habiéndolo sacado adelante y emancipado de ellas, lo ha estirado, extendido y difundido hasta tal grado que alcanza incluso los límites extremos del universo, y es llevado hacia adelante hasta la hermosa y gloriosa visión del Dios increado. (153) Por lo tanto, esta compañía es de personas sobrias que han hecho de la instrucción su guía; pero la anterior es una compañía de borrachos, cuyo líder es la ignorancia.
XXXVIII. (154) Pero dado que la embriaguez no solo muestra necedad, hija de la ignorancia, sino también insensibilidad absoluta; y dado que, a su vez, el vino es la causa de la insensibilidad que afecta al cuerpo, mientras que la causa de la insensibilidad del alma es la ignorancia de aquello con lo que es propio y natural estar familiarizado; debemos ahora decir algunas palabras sobre la ignorancia, recordando al lector solo los detalles más importantes relacionados con ella. (155) ¿Con cuál de las pasiones que afectan al cuerpo compararemos la pasión del alma llamada ignorancia? ¿Con la privación de los órganos de los sentidos externos? (156) Por lo tanto, todos aquellos que han sido heridos en sus ojos u oídos, ya no pueden ver ni oír en absoluto, pero no tienen familiaridad con el día o la luz, que son los únicos objetos por los cuales, si vamos a decir la verdad pura, la vida es realmente deseable, pero habitan en una oscuridad duradera y una noche eterna, volviéndose insensibles a todo, ya sea de pequeña o gran importancia; hombres a quienes la conversación ordinaria naturalmente suele llamar enfermos. (156) Porque incluso si todas las demás facultades del resto del cuerpo alcanzaran el límite extremo de fuerza y vigor, aún así, si se tropiezan, por así decirlo, y se privan de su fundamento por la privación de los ojos y los oídos, se encontrarán con una gran caída, de modo que nunca más podrán levantarse; porque las cosas que sostienen al hombre y lo mantienen erguido son, de nombre, de hecho, los pies, pero en realidad los poderes de oír y ver; Y quien las posee en su completa integridad está despierto y se mantiene erguido, pero quien carece de ellas cae y será completamente destruido. (157) Y la ignorancia produce efectos completamente similares en el alma, privándola de sus facultades de ver y oír, y no permitiendo que la luz ni la razón entren en ella, para que una no la instruya y la otra no le muestre la verdad. Pero al derramar sobre ella densa oscuridad y abundante locura, convierte al alma más hermosa en una piedra sorda, muda y sin vida.
XXXIX. (158) Pues el conocimiento, que es lo opuesto a la ignorancia, puede llamarse, en cierto modo, los ojos y oídos del alma; pues aplica la mente a lo que se dice y fija la vista en las cosas tal como existen, y no puede soportar formarse un juicio falso de nada que vea u oiga. Sino que examina y examina cuidadosamente todo objeto digno de ser visto u oído, e incluso si fuera necesario navegar o viajar por mar y tierra, los recorrerá hasta sus límites más lejanos para ver algo más importante u oír algo más moderno; (159) pues el amor al conocimiento no admite vacilación ni demora; es enemigo del sueño y amigo de la vigilia. Por lo tanto, al despertar, agudizar y estimular continuamente el intelecto, lo obliga a explorar en todas direcciones donde se pueda obtener instrucción, inspirándole avidez por escuchar e infundiéndole una sed insaciable de aprender. (160) Por lo tanto, el conocimiento produce la audición y la visión, mediante las cuales se alcanzan las facultades de éxito y rectitud de conducta; pues quien ve y oye, conociendo lo conveniente, lo elige, y rechazando lo contrario se beneficia de su conocimiento. Pero la ignorancia causa al alma una mutilación más grave que la del cuerpo, y es causa de muchos errores, ya que no puede obtener ayuda externa, ni por previsión ni por agudeza auditiva. (161) Por lo tanto, debido a su condición extremadamente desolada, se deja completamente indefensa y desprotegida, y está expuesta a las tramas de todo tipo de hombres y a peligros de todo tipo de eventos. (161) No bebamos, entonces, nunca vino puro en cantidades tales que causen insensibilidad a nuestros sentidos externos, ni nos alejemos tanto del conocimiento como para difundir la ignorancia, esa vasta y densa oscuridad, sobre nuestras almas.
XL. (162) Pero hay dos tipos de ignorancia: una simple, que es la insensibilidad total; y otra, de doble naturaleza, cuando un hombre no solo está envuelto en la ignorancia, sino que también cree saber lo que nunca ha sabido, estando eufórico con una opinión infundada de su conocimiento. (163) El primer mal es el más leve, pues es causa de ofensas más leves y de lo que quizás podríamos llamar errores involuntarios; pero el segundo es de mayor importancia, pues es el padre de grandes males, y no solo de ofensas involuntarias sino también de ofensas deliberadas. (164) Estas son las ofensas de las que Lot, el padre de las hijas, me parece especialmente culpable, al no ser capaz de nutrir una planta masculina y perfecta en su alma; Pues tuvo dos hijas de su esposa, quien luego se convirtió en piedra, a quienes, usando un apelativo apropiado, se podría llamar hábito, una naturaleza en desacuerdo con la verdad, y siempre, cuando alguien intenta guiarla, se queda atrás y observa sus antiguas y habituales costumbres, permaneciendo en medio de ellas como un pilar sin vida. (165) De estas hijas suyas, la mayor puede llamarse Consejera, y la menor, Asentimiento, pues el asentimiento sigue al consejo; pero nadie, después de haber asentido, sigue consultando. En consecuencia, la mente, cuando se ha sentado en la cámara del consejo, comienza a poner en movimiento a sus hijas; y con la mayor, es decir, Consejera, comienza a considerar e investigar todo; y con la menor, Asentimiento, comienza fácilmente a asentir a las circunstancias que surgen, y a aceptar lo hostil como si fuera amistoso, si tan solo presentan un mínimo atractivo de placer proveniente de esta fuente. (166) Pero el razonamiento sobrio no admite estas cosas, sino solamente el razonamiento dominado por el vino y, por así decirlo, ebrio.
XLI. Por lo cual se dice: «Hicieron beber vino a su padre»[36]. Es decir, insensibilizaron completamente la mente, de modo que esta se creía competente, por sí misma, para juzgar lo conveniente y asentir a toda clase de hechos aparentes, como si realmente contuvieran una verdad sólida. La naturaleza humana no es, bajo ninguna circunstancia, competente ni para determinar la verdad por consideración, ni para elegir la verdad real y ventajosa, ni para rechazar lo falso y causante de daño; (167), pues la gran oscuridad que se extiende sobre todos los cuerpos y cosas existentes no permite ver la verdadera naturaleza de cada cosa; pero incluso si alguien, bajo la influencia de una curiosidad desmesurada o de un verdadero amor por el conocimiento, deseara salir de la ignorancia y obtener una visión más cercana, como quienes carecen de visión, tropiezan con lo que tienen ante sus pies y caen, quedando así rezagados antes de poder comprender nada. (168) Porque incluso si la educación, sosteniendo una antorcha ante la mente, la guiara por su camino, encendiendo su propia luz peculiar, aún así, con referencia a la percepción de las cosas existentes, haría más daño que bien; porque una luz débil es naturalmente propensa a extinguirse por una densa oscuridad, y cuando la luz se extingue todo poder de ver es inútil. (169) Por consiguiente, debemos, por estas razones, recordarle a quien se da aires por su poder de deliberación o por elegir sabiamente un tipo de objetos y evitar otros, que si siempre nos ocurrieran las mismas percepciones inalterables de las mismas cosas, quizá sería necesario admirar las dos facultades de juzgar que nos son inculcadas por la naturaleza, a saber, los sentidos externos y el intelecto, como infalibles e incorruptibles, y nunca dudar ni vacilar sobre nada, sino confiar en cada primera apariencia para elegir un tipo de cosa y rechazar la contraria. (170) Pero dado que se nos ve influenciados de diferentes maneras por las mismas cosas en diferentes momentos, no tendríamos nada positivo que afirmar sobre nada, puesto que lo que aparece no tiene una existencia establecida o estacionaria, sino que está sujeto a cambios diversos, multiformes y siempre recurrentes.
XLII. Pues se sigue necesariamente, dado que la imaginación es inestable, que el juicio que forma debe serlo igualmente; (171) y hay muchas razones para ello. En primer lugar, las diferencias que existen en los animales no se limitan a un solo aspecto, sino que son innumerables en número, extendiéndose a cada parte, tanto en lo que respecta a su creación como a la forma en que están dotados de sus diferentes facultades, a su modo de vida y hábitos, a la manera en que eligen y evitan diferentes cosas, a las energías y movimientos de los sentidos externos, y a las propiedades peculiares de las infinitas pasiones que afectan tanto al alma como al cuerpo. (172) Pues sin mencionar a los animales que tienen la facultad de juzgar, consideremos también algunos de los que son objeto de juicio, como el camaleón y el pólipo. Pues dicen que el primero de estos animales cambia de color para asemejarse a la tierra por la que suele arrastrarse, y que el segundo es como las rocas de la orilla a las que se aferra, siendo la naturaleza misma, quizás, su salvadora, y dotándolos de una cualidad para protegerlos de ser atrapados, a saber, la de cambiar a todo tipo de complexiones, como defensa contra el mal. (173) Además, ¿nunca has visto cómo el cuello de la paloma cambia de color para asumir una infinidad de matices bajo los rayos del sol? ¿No es acaso rojo, púrpura, de color fuego, cinéreo, pálido, rojizo y de toda otra variedad de colores, cuyos nombres no son fáciles de enumerar? (174) Dicen que entre los escitas, en la tribu llamada Geloni, ocurren cosas maravillosas, raras veces, pero ocurren; en concreto, se ve una bestia llamada tarandus, de tamaño no mucho menor que un buey y con un rostro muy parecido al de un ciervo. Cuenta la historia que este animal cambia continuamente de pelaje según el lugar donde se encuentra o los árboles cercanos, y que, en resumen, siempre se parece a todo lo que está cerca, de modo que, por la similitud de su color, pasa desapercibido para quienes se encuentran con él, y que es debido a esto, más que a su vigor físico, que es difícil de atrapar. (175) Ahora bien, estos hechos y otros similares son pruebas visibles de nuestra incapacidad para comprenderlo todo.
XLIII. En segundo lugar, no solo existen todas estas variaciones con respecto a los animales, sino también innumerables cambios y variedades en los hombres, y grandes diferencias entre ellos. (176) Pues no solo se forman opiniones diferentes sobre las mismas cosas en diferentes momentos, sino que también diferentes hombres juzgan de maneras diferentes: algunos las consideran placenteras, mientras que otros, por el contrario, las consideran molestas. Pues las cosas que a algunos les molestan, a otros les encantan, y, por el contrario, las cosas que algunos anhelan adquirir y consideran placenteras y adecuadas, otras las rechazan y las alejan por ser inadecuadas y de mal agüero. (177) De todos modos, he visto a menudo en el teatro, cuando he estado allí, a algunas personas influenciadas por una melodía de los que se exhibían en el escenario, ya fueran dramaturgos o músicos, que se emocionaban y se unían a la música, profiriendo elogios sin pretenderlo; y he visto a otros, al mismo tiempo, tan impasibles que uno pensaría que no había la menor diferencia entre ellos y los asientos inanimados en los que estaban sentados; y otros, tan disgustados, que incluso se fueron y abandonaron el espectáculo, tapándose los oídos con las manos, para que ningún átomo de sonido que quedara atrás y aún resonara en ellos infligiera molestia a sus almas malhumoradas y desagradables. (178) Y, sin embargo, ¿por qué digo esto? Cada individuo entre nosotros (y esto es lo más sorprendente de todo) está sujeto a infinitos cambios y variaciones, tanto en cuerpo como en alma, y a veces elige y a veces rechaza cosas que no están sujetas a cambios en sí mismas, pero que por su naturaleza intrínseca siempre permanecen en la misma condición. (179) Pues no a los mismos hombres les asaltan las mismas fantasías cuando están sanos y enfermos, ni cuando están despiertos y cuando duermen, ni cuando son jóvenes y cuando son viejos. Y un hombre que está quieto a menudo concibe ideas diferentes de las que alberga cuando está en movimiento; y también cuando es valiente o cuando está alarmado; de nuevo, cuando está afligido, o cuando está encantado, y cuando está enamorado, siente de forma diferente a como lo hace cuando está lleno de odio. (180) ¿Y por qué necesito ser prolijo y profundo en estos puntos? En resumen, todo movimiento del cuerpo o del alma, ya sea conforme o en oposición a la naturaleza, es causa de una gran variación y cambio respecto a las apariencias que se nos presentan, de donde surgen toda clase de sueños inconsistentes y opuestos que ocupan nuestras mentes.
XLIV. (181) Y esa no es la causa menos influyente de la inestabilidad de las percepciones, que surge de la posición de los objetos, de su distancia y de los lugares que los rodean. (182) ¿No vemos que los peces en el mar, cuando extienden sus aletas y nadan, siempre parecen más grandes que su tamaño natural real? Y los remos también, aunque muy rectos, parecen rotos cuando están bajo el agua; y las cosas a gran distancia muestran falsas apariencias a nuestros ojos, y de esta manera engañan con frecuencia la mente. (183) Pues a veces se ha imaginado que los objetos inanimados están vivos, y por el contrario, se ha considerado que los animales vivos carecen de vida; A veces, las cosas estacionarias parecen estar en movimiento, y las cosas en movimiento parecen estar quietas: incluso las cosas que se acercan a nosotros a veces parecen alejarse, y las que se alejan, por otro lado, parecen acercarse. A veces, las cosas muy cortas parecen ser excesivamente largas, y las cosas con muchos ángulos parecen circulares. Hay también un número infinito de otras cosas de las que se da una falsa impresión, aunque estén a la vista, que, sin embargo, nadie en su sano juicio daría por ciertas.
XLV. (184) ¿Qué podemos decir de las cantidades presentes en los compuestos? Pues es mediante la mezcla de una cantidad mayor o menor que a menudo se produce un gran daño o beneficio, como en muchos otros casos, especialmente en el caso de las medicinas compuestas por la ciencia médica. (185) Pues la cantidad en tales compuestos se mide con límites y reglas fijas, y no es seguro detenerse antes de alcanzarlas ni ir más allá. Pues si se aplica muy poco, se relaja, y si se aplica demasiado, se fuerzan las facultades naturales; y cada extremo es perjudicial: uno, por su impotencia, es capaz de producir algún efecto, y el otro, por su excesiva potencia, es necesariamente dañino. De nuevo, es muy evidente, con referencia a la suavidad, la rugosidad, el grosor y la compresión estrecha, o por otro lado, la delgadez y la flacidez, la gran influencia que todas estas diferencias tienen en cuanto a hacer el bien o el mal. (186) Y, de hecho, nadie ignora que casi nada de las cosas existentes, si se considera en sí mismo y por sí mismo, se entiende con precisión; pero al compararlo con su opuesto, llegamos al conocimiento de su verdadera naturaleza. Por ejemplo, comprendemos lo que significa poco al compararlo con lo que es grande; entendemos lo seco comparándolo con lo húmedo, lo frío comparándolo con lo cálido, lo ligero comparándolo con lo pesado, lo negro comparándolo con lo blanco, lo débil comparándolo con lo fuerte, y lo poco comparándolo con lo mucho. Del mismo modo, en todo lo que se refiere a la virtud o al vicio, (187) lo ventajoso se reconoce comparándolo con lo perjudicial, lo bello con lo indecoroso, lo justo y generalmente bueno, comparándolo con lo injusto y malo. Y, de hecho, si alguien considera todo lo que hay en el mundo, podrá llegar a una estimación adecuada de su carácter, considerándolo de la misma manera; pues cada cosa por separado es incomprensible en sí misma, pero comparándola con otra cosa, es fácil comprenderla. (188) Ahora bien, aquello que no puede dar testimonio de sí mismo, sino que necesita la defensa de algo más, no es confiable ni se debe considerar firme. De modo que, de esta manera, se convencen quienes dicen que no tienen dificultad en asentir o negar proposiciones sobre cualquier cosa. (189) ¿Y por qué nos sorprendemos? Pues quien se adentra en los asuntos y los contempla sin mezcla alguna sabrá que nada se presenta a nuestra vista según su naturaleza real y sencilla.pero que todo tenga las más variadas mezclas y combinaciones posibles.
XLVI. (190) Alguien dirá: «Comprendemos los colores al instante». ¿Cómo? ¿Acaso no lo hacemos mediante las cosas externas, el aire y la luz, y también mediante la humedad que existe en nuestros ojos? ¿Y de qué manera comprendemos lo dulce y lo amargo? ¿Es aparte de la humedad de nuestra boca? Y en cuanto a todos los sabores que concuerdan o difieren con la naturaleza, ¿no se encuentran en el mismo caso? ¿Qué podemos decir, por otra parte, de los olores que surgen de los perfumes que se queman? ¿Presentan naturalezas simples y puras, o más bien cualidades compuestas de sí mismas y del aire, y a veces también del fuego que consume sus cuerpos, y también de la facultad que existe en nuestras propias fosas nasales? (191) De todo esto sacamos la conclusión de que no tenemos una comprensión adecuada de los colores, no sólo de la combinación que consiste en los objetos sometidos a nuestra vista y de la luz; ni de los olores, sino sólo de la mezcla que consiste en lo que fluye de las sustancias y el aire que todo lo recibe; ni de los sabores, sino sólo de la unión que surge del objeto gustable que se nos presenta y la sustancia húmeda en nuestra boca.
XLVII. (192) Dado que esta es la situación con respecto a estos asuntos, conviene apreciar correctamente la simplicidad, la temeridad o la impudencia de quienes pretenden formarse fácilmente una opinión, de modo que aprueben o nieguen lo que se afirma respecto a cualquier cosa. Pues si faltan las facultades simples, pero las potencias combinadas y las que se forman por aportaciones de diversas fuentes son visibles, y si es imposible ver las invisibles, y si no podemos comprender por separado la naturaleza de todos los componentes que se unen para conformar cada facultad, ¿qué nos queda entonces sino considerar necesario suspender nuestro juicio? (193) Y además, ¿acaso esos hechos difundidos por casi todo el mundo, y que han dado lugar tanto a griegos como a bárbaros a juicios tan erróneos, no nos exhortan a no dar crédito con demasiada facilidad a lo invisible? ¿Y cuáles son estos hechos? Sin duda, son las instrucciones que hemos recibido de nuestra infancia, nuestras costumbres nacionales y leyes antiguas, de las cuales se admite que no hay una sola con la misma fuerza entre todos los pueblos; pero es notorio que varían según los diferentes países, naciones y ciudades, sí, y aún más, en cada aldea y casa particular, e incluso con respecto a hombres, mujeres y niños pequeños, en casi todos los aspectos. (194) En cualquier caso, lo que entre nosotros se considera acciones vergonzosas, otros lo consideran honorable; lo que nosotros consideramos apropiado, otros lo llaman indecoroso. Lo que nosotros declaramos justo, otros lo rechazan como inicuo; otros consideran impías nuestras acciones santas, ilegales nuestras acciones lícitas; y además, lo que nosotros consideramos digno de elogio, ellos lo critican; lo que nosotros consideramos digno de todo honor, a ojos de otros, merecedor de castigo; y, de hecho, piensan que la mayoría de las cosas son contrarias a lo que nosotros pensamos. (195) ¿Y por qué necesito ser prolijo y extenderme más en este tema, cuando me distraen otros puntos más importantes? Si, entonces, alguien, dejando de lado todos los demás temas de especulación más notables, decidiera dedicar su tiempo a una investigación del tema aquí propuesto, es decir, examinar la educación, las costumbres y las leyes de cada nación, país, lugar y ciudad; de todos los súbditos y gobernantes; de todos los hombres, ya sean renombrados o ignominiosos, ya sean libres o esclavos, ya sean ignorantes o dotados de conocimiento, no gastaría un día o dos, ni un mes, ni siquiera un año, sino toda su vida, incluso si llegase a una edad avanzada, en la investigación; y, sin embargo, dejaría todavía un gran número de temas sin examinar, sin investigar y sin mencionar, sin percibirlo.(196) Por lo tanto, dado que hay algunas personas y cosas que están alejadas de otras personas y cosas, no sólo por una corta distancia, sino porque son completamente diferentes, entonces se sigue por necesidad que las percepciones que los hombres tienen de diferentes cosas también deben diferir, y que sus opiniones deben estar en desacuerdo entre sí.
XLVIII. (197) Y siendo así, ¿quién es tan necio y ridículo como para afirmar positivamente que tal o cual cosa es justa, sabia, honorable o conveniente? Pues cualquier cosa que este hombre defina como tal, alguien más, que desde su infancia ha aprendido una lección contraria, seguramente la negará. (198) Pero no me sorprende que una multitud confusa y mixta, esclava ignominiosa de costumbres y leyes, independientemente de cómo se introduzcan y establezcan, acostumbrada desde la cuna a obedecerlas como si fueran amos y tiranos, con el alma azotada y abofeteada, por así decirlo, y completamente incapaz de concebir pensamientos elevados o magnánimos, crea de inmediato cualquier tradición que se le presente y, dejando su mente sin la debida preparación, asienta y niega proposiciones sin examen ni deliberación. (199) Porque cuando algunos afirman que el mundo es infinito, mientras otros lo definen como limitado; o cuando algunos consideran el mundo como increado, mientras que otros afirman que es creado; o cuando algunos lo consideran desprovisto de gobernante y superintendente, atribuyéndole un movimiento, privado de razón y procediendo por algún impulso interno independiente, mientras que otros piensan que hay un cuidado y una providencia que vela por el todo y sus partes con maravilloso poder y sabiduría, Dios gobernando y gobernando el todo, libre de todo obstáculo y lleno de protección. ¿Cómo es posible que alguien afirme que la comprensión de los objetos que se le presentan es la misma en todos los hombres? (200) Y, además, las imaginaciones que se ocupan en la consideración del bien, ¿no se ven obligadas a suspender su juicio antes que a estar de acuerdo? Mientras que algunos piensan que solo lo bueno es bello y lo atesoran en el alma, otros lo dividen en pequeñas partículas y lo extienden hasta el cuerpo y las circunstancias externas. (201) Estos hombres afirman que las riquezas que concede la fortuna son los guardianes del cuerpo, a saber, la fuerza y la buena salud, y que la integridad y el buen estado de los órganos de los sentidos externos, y todas las cosas similares, son los guardianes de esa princesa, el alma; pues, dado que la naturaleza del bien se divide en tres partes,(202) y acerca de estas mismas cosas, y acerca de los diferentes modos de vida, y acerca de los fines a los cuales todas las acciones deben ser referidas, y acerca de otras diez mil cosas que la filosofía lógica, moral y natural comprende, ha habido un número indecible de discusiones, acerca de las cuales, hasta el momento presente, no hay acuerdo alguno entre todos estos filósofos que han examinado tal tema.
XLIX. (203) ¿No es entonces estrictamente conforme a la naturaleza que mientras sus dos hijas, Consejo y Asentimiento, estaban de acuerdo y dormían juntas, la mente se presenta como avergonzada por una ignorancia de todo conocimiento? Pues leemos en la Escritura: «No sabían cuándo se acostaban ni cuándo se levantaban».[35] (204) Porque no era probable que en su estado pudiera comprender clara y distintamente ni el sueño ni la vigilia, ni una posición estacionaria o un movimiento; pero cuando parece haber llegado a una opinión de la mejor manera, entonces, sobre todas las demás veces, se le encuentra en el más necio, ya que sus asuntos entonces llegan a su fin, de ninguna manera parecido a lo que se esperaba; (205) y siempre que decide asentir a algunas cosas como verdaderas, entonces incurre en reproche y condenación por su facilidad para adoptar opiniones, pues aquellas cosas que antes creía más ciertas ahora parecen poco fiables e inciertas; de modo que, como las cosas suelen resultar contrarias a lo que se esperaba, el camino más seguro parece ser suspender el juicio.
L. (206) Habiendo ya discutido suficientemente estos asuntos, pasemos a lo que sigue a los puntos ya examinados. Dijimos, entonces, que bajo el nombre de embriaguez se significaba la codicia y la avaricia, que a menudo ha dañado gravemente a muchas personas, y cuyos seguidores, aunque estén plenamente satisfechos, siguen insatisfechos y vacíos en cuanto a sus deseos. (207) Estos hombres, si, distendidos por la abundancia de lo que han devorado, recuperan el aliento por un corto tiempo, como luchadores cansados, pronto vuelven a la misma contienda. (208) Además, el rey del país egipcio, es decir, del cuerpo, se mostró enojado con el ministro de la embriaguez, su copero, De nuevo, poco después, las Sagradas Escrituras lo representan como reconciliado con él, recordando esa pasión que quebranta los apetitos en el día de su creación perecedera, no en la luz imperecedera de la luminaria increada; pues se dice que era el cumpleaños del Faraón [36] cuando mandó llamar al jefe de los coperos de su prisión para que asistiera a su banquete; (209), pues es una característica peculiar del hombre entregado a las pasiones considerar hermosas las cosas creadas y perecederas, pues está envuelto en la noche y la densa oscuridad, en cuanto al conocimiento de las cosas imperecederas. Por lo cual acepta la embriaguez como el principio de todos los placeres, y su ministro, el copero.
LI. (210) Ahora bien, hay tres compañeros y sirvientes del alma intemperante e incontinente: el jefe de los panaderos, el jefe de los cocineros y el jefe de los mayordomos, a quienes el admirable Moisés menciona con estas palabras: «Y el Faraón se enojó con los dos eunucos, con el jefe de los mayordomos y con el jefe de los panaderos, y los metió en prisión con el jefe de los cocineros». Y el jefe de los cocineros es eunuco, pues dice en otro lugar: «Y José fue llevado a Egipto, y un eunuco se convirtió en su amo, el jefe de los cocineros del Faraón».[37] (211) Y, además, vendieron a José al eunuco del Faraón, el jefe de los cocineros.[38] ¿Y por qué los oficios antes mencionados se encomiendan absolutamente a alguien que no es ni hombre ni mujer? ¿Será porque los hombres están por naturaleza destinados a sembrar y las mujeres a recibirla, y que la unión de ambos es la causa de la generación y también de la duración de todos los animales? Pero es propio de un suelo improductivo y estéril, o mejor dicho, de alguien que ha sido eunuco, deleitarse con comidas y bebidas costosas, y con preparaciones superfluas y extravagantes de exquisiteces, ya que es incapaz de esparcir las semillas masculinas de la virtud, ni de recibirlas y nutrirlas después de que se han derramado sobre él; sino, como un campo áspero y pedregoso, solo destruir lo que debería haber vivido para siempre. (212) Y se establece como doctrina de la más general aplicabilidad y utilidad que todo creador de placer es improductivo en cuanto a sabiduría, al no ser ni hombre ni mujer, porque es incapaz de dar ni recibir las semillas que tienden a la incorruptibilidad, sino que solo es capaz de estudiar los hábitos de vida más vergonzosos, destruir lo que debería ser indestructible y extinguir las antorchas de la sabiduría, que deberían ser duraderas e inextinguibles. (213) Moisés no permite que ninguna de estas personas entre en la asamblea de Dios; pues dice que «Un hombre magullado o castrado no entrará en la asamblea del Señor».[39]
LII. ¿Qué ventaja tiene, pues, escuchar las Sagradas Escrituras para un hombre falto de sabiduría, cuya fe ha sido erradicada, e incapaz de preservar ese depósito de doctrinas tan beneficioso para toda la vida humana? (214) Ahora bien, hay tres personas que contribuyen a la convivencia de la raza humana: el jefe de los panaderos, el copero y el fabricante de manjares; es muy natural, ya que deseamos el uso y disfrute de tres cosas: carne, dulces y bebida. Pero algunos hombres solo desean los alimentos indispensables que usamos por necesidad para nuestra salud y para evitar una vida desmedida. Otros, en cambio, desean lujos desmesurados y excesivamente extravagantes, que, al desbordar los apetitos y sobrecargar y saturar los canales del cuerpo por su cantidad, suelen convertirse en causa de toda clase de enfermedades terribles. (215) Por lo tanto, aquellos que no tienen experiencia en
(216) Pero quienes piensan que el objetivo más importante y real de la vida es vivir placenteramente, y que atribuyen todo, ya sea de gran o pequeña importancia, a este objetivo, desean valerse de los servicios de cocineros principales, coperos principales y pasteleros principales, es decir, de hombres que posean el más alto grado de habilidad en las artes que profesan. (217) Quienes son hábiles en la elaboración de dulces y lujos inventan los más diversos tipos posibles de pasteles de queso, pasteles de miel e innumerables otros dulces, que varían entre sí, no solo en la diferencia de su material, sino también en la manera en que se hacen y en su forma, de tal manera que no solo agradan al gusto, sino que también seducen a la vista. (218) Y, además, los artificios desplegados en el examen de diferentes tipos de vino para producir uno, cuyo efecto desaparecerá rápidamente, y que no producirá dolor de cabeza, sino que, por el contrario, estará desprovisto de cualquier tendencia a calentar la sangre, y será muy fragante, admitiendo una mezcla abundante o escasa con agua, según el objetivo sea tener un trago fuerte y poderoso, o uno suave e imperceptible. (219) Y para cocinar y preparar pescado, aves y viandas similares, en toda variedad de formas, y para hacer toda clase de dulces y delicias, tenemos confiteros plausibles de habilidad extraordinaria; y hay miles de otros lujos que son hábiles en idear, además de aquellos que han oído o visto hechos por otros, habiéndolos ideado ellos mismos, a partir de su continuo cuidado y atención, para que sean el objeto de hacer la vida lujosa, afeminada y no digna de ser vivida.
LIII. (220) Pero a todos estos hombres se les ha llamado eunucos, completamente faltos de sabiduría. Pero la mente con la que el rey del vientre hace un pacto era el copero; pues por naturaleza, la raza humana es muy aficionada al vino, y este es el único de lo que es inconmensurablemente insaciable, ya que no hay nadie que no pueda saciarse con el sueño, la comida, los placeres carnales y cosas por el estilo; pero casi todos son insaciables, y especialmente aquellos que están ocupados con asuntos serios. (221) pues después de beber siguen teniendo sed, y empiezan a beber primero en copas pequeñas, luego, a medida que avanzan, les piden a sus sirvientes que les traigan vino en copas más grandes, y cuando están bastante llenos y se vuelven locos, al no poder contenerse más, toman cuencos y copas de todos los tamaños más grandes que pueden conseguir, y beben el vino puro a grandes tragos, hasta que o bien les vence un sueño profundo, al no poder controlarse más, o hasta que lo que han vertido en sí mismos es vomitado de nuevo por la saciedad. (222) Pero incluso entonces, sin embargo, el deseo insaciable que existe dentro de ellos continúa rugiendo como si todavía estuviera bajo la influencia del hambre. «Porque su vino es de la vid de Sodoma», como dice Moisés, «y sus tallos son de Gomorra; sus uvas son uvas de hiel, y sus ramas son ramas amargas. La furia de los dragones es su vino, y la incurable furia de las serpientes».[40] La interpretación del nombre Sodoma es «esterilidad y ceguera». Pero Moisés aquí compara a quienes son esclavos de la avaricia por el vino y la glotonería en general, y de otros placeres vergonzosos, con una vid y con los diferentes productos de la vid; (223) y el enigmático significado que oculta bajo esta alegoría es este: No hay planta de verdadera alegría naturalmente implantada en el alma de…El hombre malo; pues no tiene raíces sanas, sino solo las quemadas y reducidas a cenizas, pues, en lugar de agua, el Cielo derramó sobre él el fuego de un rayo inextinguible, habiendo Dios juzgado eso como castigo apropiado para los impíos. Pero está implantada en él la planta del deseo excesivo, estéril de todo bien y desprovista de cualquier cosa que merezca consideración o contemplación, que aquí compara con una vid. No se refiere a la que da fruto comestible, sino a la que produce amargura, maldad y astucia impía; y que es sumamente fértil en ira, furia y temperamentos salvajes; mordiendo el alma como un áspid o una víbora, infligiendo heridas envenenadas, completamente incurables. (224) Por estas heridas, sin embargo, pedimos que se encuentre alivio propiciando al Dios misericordioso, para que destruya esta vid silvestre y condene a los eunucos y a todas las personas que son estériles de virtud al castigo eterno; y que, en lugar de ellos, implante en nuestras almas los valiosos árboles de la instrucción correcta y nos conceda como fruto la razón noble y masculina, capaz de llevar en su interior buenas acciones a modo de semilla, y capaz de aumentar las virtudes, y calculada para mantener y preservar para siempre toda la conexión y el sistema de la felicidad.
Génesis 27:30. ↩︎
Deuteronomio 21:18. ↩︎
Éxodo 5:2. ↩︎
Génesis 14:17. ↩︎
Deuteronomio 25:18. ↩︎
Éxodo 23:2. ↩︎
Deuteronomio 21:21. ↩︎
Éxodo 18:16. ↩︎
Números 10:29. ↩︎
Éxodo 18:11. ↩︎
Génesis 29:26. ↩︎
Génesis 18:11. ↩︎
Génesis 20:12. ↩︎
Éxodo 32:27. ↩︎
Deuteronomio 33:9. ↩︎
Números 25:8. ↩︎
Éxodo 5:2. ↩︎
Génesis 32:28. ↩︎
proverbios 3:4. ↩︎
Proverbios 4:3. ↩︎
Deuteronomio 21:19. ↩︎
Éxodo 32:17. ↩︎
Éxodo 9:29. ↩︎
Génesis 14:22. ↩︎
Éxodo 14:7. ↩︎
Éxodo 15:4. ↩︎
Números 21:18. ↩︎
Números 31:49. ↩︎
Este pasaje está ciertamente corrupto. Markland cree que al menos se han perdido algunas palabras. ↩︎
Génesis 27:20. ↩︎
Levítico 10:8. ↩︎
hay cierta corrupción en el texto griego aquí. ↩︎
Levítico 10:9. ↩︎
1 Samuel 1:14. ↩︎
Génesis 19:35. ↩︎
Génesis 40:20. ↩︎
Génesis 39:1. ↩︎
Génesis 37:36. ↩︎
Deuteronomio 23:1. ↩︎
Deuteronomio 32:32. ↩︎