© 2010 Jan Herca (licencia Creative Commons Attribution-ShareAlike 4.0)
Tariquea era una pequeña aldea, del tamaño de Cafarnaúm, en el extremo sur del mar de Galilea, justo donde el río Jordán tenía su nueva embocadura. La población estaba rodeada por un lado por las aguas del yam, el lago, y por el otro por las del nahal, el río, por lo que disfrutaba de un enorme atracadero donde fondeaba una numerosa flota de barcas pesqueras. Además, era famosa por sus plantas de desecación y salado de la pesca. Sus conservas eran exquisitas y muy apreciadas en todo el mundo, en especial la salsa más universal, el garum[1]. De hecho, fuera de Galilea, al mar de Tiberíades se le conocía como el «mar de las tariqueas», es decir, de las conserveras de pescado, que es lo que significaba el nombre de esta pequeña urbe.[2]
Felipe y Natanael se sintieron un poco perdidos en cuanto pisaron las primeras callejuelas. Felipe era de Betsaida y Natanael de Caná, y tenían pocos conocidos en esta aldea. Las primeras horas anduvieron vagando por aquí y por allá, sin saber muy bien a quién abordar ni dónde obtener información. Para mayor desilusión, el único conocido de Natanael, un socio con el que había trabajado unos años antes, ya no tenía su negocio en el pueblo, y no supieron decirle dónde paraba. En el lugar donde antaño recordara Natanael una fábrica, ahora sólo había esclavos y pescadores acarreando cestas de pescado.
Sólo les quedaba una opción: el viejo amigo de Zebedeo, el tal Jebud. Así pues, se dirigieron a los astilleros. Los diques secos estaban, como en el caso de Cafarnaúm, separados como una milla de las primeras casas, hacia el sur. Allí había una actividad febril. Las serrerías formaban una larga hilera de cobertizos de gran tamaño, con grandes fosas para fondear las naves. Allí había una industria casi tan floreciente como la de Cafarnaúm.
No tardaron en encontrar el taller de Jebud. Los operarios les remitieron al extremo del edificio. En el fondo, un hombre bajo, lleno de mugre y con un enorme peto grasiento, gesticulaba a gritos y lanzaba imprecaciones de disgusto contra varios de sus empleados.
No tuvieron muy buen comienzo los discípulos. El hombre, al percibir su presencia, salió de su discusión, encarándose con ellos. Cuando Natanael le comentó que venían de parte de Zebedeo el hombre estalló en una carcajada y con gesto contrariado les espetó:
—¿Ese truhán se acuerda ahora de mí? ¿Qué habéis hecho? ¿Le habéis hundido un ploion en la playa?
Algunos operarios, encaramados en andamios de poca altura, rieron la chanza de su jefe, sin desviar su atención del trabajo. Se solía llamar ploion[3] a las barcas más grandes, que servían para transportar mercancías.
Tuvo que ser Felipe quien disolviera los recelos del armador haciéndole ver que no buscaban trabajo, o al menos no en el astillero.
—Y entonces, ¿en qué puedo ayudaros? ¿Qué trabajo buscáis?
Los dos discípulos se miraron sin saber muy bien cómo decirlo.
—Nosotros somos maestros instructores…
Jebud parecía más divertido cada vez.
—Ah, bueno, sí. Entonces, id a ver al chazán. —La sonrisa de Jebud parecía comunicar que la respuesta era obvia.
—No, pero es que —Natanael ya no sabía cómo decirlo—, no somos hakam[4] ordenados al modo convencional.
Aquello sí captó algo más la atención del armador y de los trabajadores más cercanos. Y el interés se duplicó rápidamente cuando Natanael remachó:
—Hemos sido comisionados para esta instrucción por un nuevo maestro, a quien hemos visto hacer cosas extraordinarias, y de quien se dice que es el Mesías esperado.
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La mención al Mesías fue providencial. Esa tarde, al ponerse el sol, cuando llegó la hora de terminar el trabajo, un nutrido grupo de operarios del astillero y Jebud en persona accedieron a escuchar a Felipe y Natanael. Jebud era un hombre rudo y algo brusco con los desconocidos, pero Zebedeo no le conocía por azar. En el fondo, era un hombre de gran sensibilidad religiosa, que llevaba años alimentando esperanzas. Había acudido al Jordán a bautizarse, y no era ajeno a los rumores que circulaban sobre un pariente de Juan a quién él había proclamado «Mesías».
Los apóstoles relataron sus experiencias con Jesús y sus enseñanzas principales, en especial la idea de que «todos los hombres, independientemente de su condición social o cultural, son hijos de Dios», y por tanto, con el mismo estatus de igualdad. Fue una breve pero intensa plática, en la que nadie interrumpió ni una sola vez, escuchando con avidez esta nueva prédica.
Al terminar, todos los presentes se quedaron pensativos e impresionados. Muchas de estas cosas formaban parte de las ideas de sus contemporáneos, pero nunca nadie se atrevía a enunciarlas en público. Finalmente, Jebud les dijo:
—En verdad esta enseñanza es digna de un gran maestro. Pero, ¿quién es ese hombre, y por qué decís que él puede ser el Mesías esperado? ¿De dónde procede?
Natanael trató de que su respuesta no contraviniera las recomendaciones de Jesús de no hablar sobre él sino sobre su mensaje.
—Es Jesús, el carpintero que trabaja con Zebedeo. Sus palabras nos han llegado al corazón. Él habla palabras de esperanza y nos alienta con su carácter a vivir dignamente.
Jebud se quedó pensativo.
—¿Ese hombre no será el carpintero que ha diseñado las nuevas barcas de Zebedeo?
Felipe respondió:
—El mismo.
—Entonces estaré encantado de poder conocerlo.
Los discípulos se quedaron maravillados e impresionados con el éxito que habían tenido esta primera noche. Jebud no les permitió pernoctar en la posada, sino que les dio alojamiento a ambos y los trató como a sus propios hijos. Además, les prometió hablar con la persona con más influencia en la aldea, un tal Tomás. De este modo tan halagüeño, los dos amigos compartieron celda, conversando largamente sobre su nueva experiencia.
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Al día siguiente conocieron al afamado Tomás. Al parecer era el hijo de uno de los arcontes de Tiberias, de familia adinerada, pescador y jefe del sindicato de pescadores. Esperaban encontrar a un hombre curtido, y resultó ser un joven con cara de pocos amigos y algo circunspecto.
—Que quien lo quiera les escuche, Jebud —le dijo Tomás al armador mirando de reojo a los dos discípulos—. Pero qué quieres que te diga. A mí todas estas cosas del «Mesías» me parecen estupideces. Nuestra nación lo que necesita es más riqueza y más poder para hacer frente a los recaudadores y a los invasores, y menos pájaros en la cabeza. ¿Otro Mesías? ¿Y qué le convierte en tal? ¿Que el loco ése del Jordán así lo ha dicho? ¿Y ya está?[5]
Mientras hablaba no dejaba de acarrear redes y de saltar a bordo y bajar a tierra portando sus enseres de la barca. Muchos jornaleros se afanaban en el embarcadero, anclando sus botes y transportando pesca o aparejos. Natanael y Felipe agradecieron a Jebud su intercesión, pero encogiéndose de hombros, le hicieron ver que sería mejor no insistir.
Cuando volvían hacia tierra, Jebud les comentó:
—Si queréis convencer a media aldea, tan sólo tenéis que ganaros a Tomás. Es la persona más escéptica que conozco. Si la gente ve que él cree en vuestro maestro, muchos más os seguirán.
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Esa tarde y las siguientes Felipe y Natanael volvieron a relatar las enseñanzas de Jesús sobre el Padre, y sobre la nueva forma de llamar a Dios de su maestro, esta vez para un nutrido público de carpinteros y pescadores. La gente se agolpó en el taller de Jebud para escuchar a estos dos estrafalarios amigos. Y muchos se quedaron admirados de la bondad y la belleza que infundían sus palabras.
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Los días siguientes Natanael y Felipe mantuvieron reuniones en casa de Jebud y el taller de su propiedad con más de una veintena de hombres de la aldea. Muchos de los más ancianos no tomaron en serio sus enseñanzas debido a su juventud. La edad canónica para ser ordenado «doctor de la ley» era los cuarenta años. Sólo entonces se admitía como hakam, como doctor ordenado, a los enseñantes. Hasta ese momento se les consideraba talmid hakam[6], y por tanto, aprendices. Los apóstoles de Jesús, sin embargo, parecían romper con esta costumbre, enseñando antes de lo estipulado.
Pero los más jóvenes de la población estuvieron prestos a aceptar esta nueva predicación. Muchos de ellos se resentían de los privilegios de los escribas y los ancianos, por lo que estaban más predispuestos a las nuevas ideas.
Uno de esos días se acercó Tomás, el jefe de los pescadores. En seguida varios de sus camaradas se apartaron para dejarle sitio. Tomás se había granjeado la enemistad de muchos debido a su carácter pendenciero y a su continua búsqueda de problemas y peleas. Había sido objeto de varias injusticias en el pasado, lo cual le había obligado a mudar su domicilio y a cambiar de trabajo. Pero desde que llegó a Tariquea, se había erigido en firme defensor contra la injusticia y la opresión, sobre todo entre sus compañeros, haciéndose epilimnes epistates, es decir, un agente portuario que velaba por el orden y la correcta regulación de las actividades de arrendamiento y contratación.
Tariquea era la capital de una de las divisiones administrativas de Galilea, o toparquías, y centro de actividades de un buen número de jefes de recaudadores de impuestos o architelonais[7]. Como en Tiberias, en esta pequeña población se dejaban sentir especialmente los abusos de estos jefes de publicanos que tenían la responsabilidad de entregar las cantidades exigidas a los funcionarios del rey.
En medio de esta intrincada red de relaciones laborales tensas y a veces peligrosas, Tomás se había erigido como un firme defensor de la liberalización de los derechos de pesca y la bajada de los exagerados tipos de interés con que los acreedores sangraban a los pescadores.
Pero era una labor abocada al fracaso. El sistema estaba firmemente sujeto con vara de hierro por los monarcas y gobernantes, y nada tenía visos de cambiar. Durante ese último año Tomás había volcado todos sus esfuerzos por lograr algún acuerdo comercial con los grandes arrendatarios que aliviase la mísera economía de los colegas y jornaleros, pero había resultado en vano. Al borde de la desesperación muchas veces, Tomás incluso había llegado a pensar en varias ocasiones que no merecía la pena seguir viviendo. Sólo su odio creciente hacia la injusticia social de su tiempo le mantenía a flote con renovados ánimos.
Este día escuchó a un pescador hablar de un Padre «que se preocupa por todos sus hijos, que ama por igual a ricos y a pobres, que no hace acepción de personas», y aquello ya fue demasiado para él. ¿Un Dios que además aprecia a los ricos? ¿Que no estima más a los pobres y a los que sufren? En medio de la plática de Felipe se levantó y con el gesto visiblemente disgustado, salió fuera.
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Esa noche, después de la cena, Felipe dejó a Natanael con Jebud y se fue a pasear por el puerto. Conversó con los pescadores de la aldea, interesándose por sus capturas, por las redes, y todo lo relacionado con su arte. Mientras charlaba casualmente con estos hombres, apareció Tomás, el epistates. Al principio, el joven se mantuvo distante, aunque con el oído puesto en las conversaciones. Pero después de unos minutos, se acercó a los corrillos.
Felipe era un hombre serio y cabal. No tenía facilidad para congeniar con la gente, pero era decidido y siempre estaba dispuesto para conocer a alguien nuevo. Habló largamente con Tomás, detallándole muchas más ideas del nuevo evangelio religioso que predicaba.
Cuando la noche se hizo cerrada y todos se despidieron para regresar a sus casas, Tomás consiguió el modo de regresar a solas con el discípulo. Esta vez el jefe del puerto parecía más relajado y amistoso, haciendo preguntas atinadas sobre Jesús y su mensaje.
—¿Por qué crees que ése hombre es el Mesías? ¿Qué has visto en él?
Felipe esperaba esa pregunta:
—Ya sé que todo el mundo habla del Mesías. Que si provendrá de aquí, que si será capaz de hacer aquello otro… Yo sólo puedo decirte una cosa. Este hombre es especial. Pero no puedo decirte porqué. Tienes que ir y conocerle tú mismo.
Y entonces Felipe escuchó la frase que menos esperaba oír esa noche:
—Muy bien. De acuerdo. Estoy dispuesto a conocerle.
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A pesar de que Jebud y muchos otros habían aconsejado a Natanael y Felipe que predicaran en público en la sinagoga, los discípulos siguieron los consejos de su maestro y rechazaron amablemente la deferencia.
El domingo Natanael se dio una vuelta por la zona sur del poblado, donde se ubicaban muchas de las fábricas de salazón y encurtido de pescado. El olor era penetrante, pero recordaba al sabroso condimento que tanto se usaba entre los judíos para las comidas, y el discípulo no pudo resistirse a saciar un poco el apetito con las tradicionales tortas de pan con liquamen, como también se llamaba al garum de menor calidad.
En el pasado reciente, el de Caná se había dedicado a la mercadería de conservas, y conocía mucho sobre los procesos de fabricación y sobre los problemas para su transporte y distribución.
Durante esa tarde tropezó casualmente con un joven interesante que andaba buscando trabajo. Se llamaba Judas, y según pudo comprobar Natanael, tenía amplia experiencia en el manejo de cuentas y en temas de finanzas. No en balde, este chico provenía de una familia de banqueros de Jericó.
Poco le bastó al apóstol para captar la curiosidad del tal Judas. En cuanto le habló de Jesús, él le confesó que ya le había visto junto a Pella.
—Yo era del grupo de íntimos de la «voz del desierto», el maestro Juan.
De la sorpresa Natanael pasó de inmediato al interés. Había oído comentar que muchos seguidores de Juan le habían abandonado, e interrogó a Judas sobre estos acontecimientos. Natanael, curiosamente, no había llegado a conocer a Juan.
Su nuevo amigo le relató los sucesos acaecidos con Esdras a causa de las afirmaciones de Juan en favor de su pariente, y del repentino cambio de carácter del afamado profeta. Cuando Natanael se sinceró con Judas, revelándole que él creía en Jesús, Judas le dijo:
—Pero, si en verdad, como dices, es el Libertador esperado, ¿por qué no hace nada por sacar a Juan de la prisión?
Natanael no tenía la respuesta. En realidad, le ofreció a este joven ansioso muchos más interrogantes que revelaciones, de modo que poco después este antiguo seguidor de Juan se mostró muy interesado con la idea de conocer a Jesús.
Hablaron largamente y tendido. Natanael pudo advertir cierta presunción y algo de engreimiento en Judas. Él se mentaba a sí mismo como Judas de Queriot, un pueblecito de Judea. Le notaba que sentía cierto orgullo por su ascendencia judaíta. Pero también percibió un sano entusiasmo y determinación. Esa noche, al regresar a casa de Jebud, le confesó a Felipe que quizá había encontrado a su apóstol escogido.
Pocos días antes de su regreso, Natanael y Felipe seleccionaron a sus dos candidatos. Habían planeado interrogarles y hacerles su ofrecimiento del apostolado. En caso de que alguno de ellos lo rechazara, seguirían con su propuesta a otros aspirantes.
Pero no tuvieron que hacer nada de esto. Los dos interesados a quienes habían escogido primero dieron un sí rotundo e inmediato desde el primer momento. El grupo de apóstoles se iba completando.
El garum es la salsa de pescado aderezada, hecho con peces pequeños de poca categoría, que era muy apreciado en la cocina romana. ↩︎
Tariquea es otra más de esas poblaciones polémicas para los arqueólogos, que no se deciden por una ubicación definitiva. El Libro de Urantia, como en otros lugares, no plantea dudas acerca de su emplazamiento, y toma partido claro por una de las posturas, que de forma curiosa, es la menos apoyada por el círculo académico actual. Para conocer más sobre esta población véase el artículo Tariquea. ↩︎
Las ploion eran embarcaciones de gran tamaño destinadas al transporte de mercancías, de 18 metros de largo y 5 de ancho, con capacidad para una tonelada de carga, o para diez pasajeros. Podían tener un cobertizo en la popa. ↩︎
El hakam, o doctor ordenado, era la máxima distinción que podía recibir un escriba o «doctor de la ley». Para poder llegar a esta categoría era necesario haber alcanzado la edad canónica, cuarenta años. Tenía autoridad para zanjar por sí mismo las cuestiones de legislación religiosa y ritual, a ser juez en los procesos criminales y a tomar decisiones en los civiles, bien como miembro de una corte de justicia, bien individualmente. Tenía derecho a ser llamado Rabbí, y sólo ellos creaban o transmitían la tradición derivada de la Torá, la cual se consideraba muchas veces estar por encima de la propia Torá. ↩︎
Sobre los detalles relacionados con los recaudadores de impuestos y el comercio pesquero, veáse el artículo El sector de la pesca en el mar de Galilea. ↩︎
El talmid hakam o «doctor no ordenado» era el alumno de escriba que había llegado a dominar toda la materia tradicional y el método de la tradición oral (halaká), hasta el punto de estar capacitado para tomar decisiones personales en cuestiones de legislación religiosa y de derecho penal. ↩︎
Los architelonais eran los jefes de los recolectores de impuestos; personas muy adineradas que tenían que adelantar a los gobernantes las fuertes sumas que luego podían recuperar gracias al arriendo de sus derechos de cobro de impuestos. ↩︎