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Sábado, 25 de enero de 27 (28 de shevat de 3787)
A los dos días de tener instalada la tienda en la encrucijada de Pella, un nutrido grupo de amigos y creyentes de Cafarnaúm se presentó en el alojamiento. Eran los creyentes que días antes habían deseado viajar con Jesús y los doce. A pesar de las advertencias de Jesús, estos entusiastas seguidores del Rabí no querían perder de vista a su adorado maestro. Muchos eran jóvenes que habían mostrado interés por la predicación de Juan Bautista, pero el grupo también estaba constituido de familias completas, con hijos pequeños, que deseaban pasar unos días junto al Rabí para escuchar sus inspiradoras palabras.
Sin embargo, sufrieron una gran decepción cuando el maestro se mostró firme en su decisión de que fueran los doce quienes asumieran las predicaciones. Saludó amablemente a todos los recién llegados cuando regresó de su retiro del día, pero no realizó ninguna enseñanza aparte de la que pudieron oír de labios de sus apóstoles. El Maestro deseaba que los doce fueran asumiendo esta responsabilidad para invitarles a prestar más atención en sus charlas privadas y para asegurarse de que en un futuro estarían preparados para salir a predicar sin su inmediata supervisión.
En vista de que parecía que Jesús iba a permanecer durante varias semanas en aquel emplazamiento, Julio, el espía de Herodes, se decidió a viajar hasta Maqueronte para dar cuenta a Antipas del «profeta galileo». Cuando marchó, alguien que también estaba tras sus pasos marchó pocas horas después detrás de él.
Poco a poco, con el paso de los días, una aglomeración de gente empezó a congregarse en torno a las tiendas donde residían Jesús y los doce. A su alrededor, muchos viajeros instalaron su refugio, y al descubrir el parecido entre la predicación del Rabí y la del Bautista, muchos se quedaron unos días para conocerle en persona. Algunos de estos transeúntes eran antiguos creyentes de Juan, que habían acudido hasta allí para bautizarse cuando la predicación de Juan estuvo en su apogeo.
Pero pronto los antiguos seguidores de Juan pudieron observar las muchas diferencias que había entre este nuevo «profeta» y el impetuoso nazareo. El Bautista, cuando tuvo instalado allí su campamento, habitó en un lugar separado, en una zona cercana a un vallado de piedra, alejado de la pequeña ciudad de tiendas que se organizó. Juan deseaba crear cierto halo de distanciamiento con el pueblo, como hacían los sacerdotes. Sus muchos años como nazareo le habían creado el hábito de separarse del prójimo para evitar contaminarse ritualmente y volverse impuro. El tema de la pureza era algo sagrado para los nazareos.
Pero Jesús no parecía pertenecer a la sagrada orden de los nazareos. Se mezclaba con las gentes y se mostraba encantado de ver su tienda rodeada de otras muchas. Además, Jesús no parecía exigir ningún ritual para formar parte del grupo de creyentes. Juan exigía a sus seguidores realizar el bautismo ritual, al estilo del que practicaban los fariseos, pero en lugar de usar bañeras privadas, que solo los opulentos ricos podían permitirse en sus casas, podían usar el cauce el Jordán. Sin embargo, Jesús no parecía estar interesado en el tema del bautismo. Cuando alguien preguntó a Pedro de forma directa acerca de este asunto, Simón contestó con contundencia que «el bautismo era un requisito con Juan, pero que su maestro sólo ponía una condición para seguirle: la fe en él». Con eso bastaba.[1]
Muchos de estos viajeros, al conocer las esperanzadoras enseñanzas del Maestro por boca de los doce, continuaron su camino propagando por toda la región este nuevo evangelio, más encantador y venturoso incluso que las electrizantes arengas del Bautista. Un nuevo profeta estaba empezando a llamar la atención, y pronto toda Palestina no sería indiferente a su influencia.
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Las noticias que llegaban de Jerusalén no eran nada halagüeñas. El ambiente estaba sumamente enrarecido. Los grupos religiosos más fanáticos estaban en pie de guerra por el ultraje de la colocación de los estandartes romanos en los cuarteles y residencias de las tropas. Al parecer, una delegación de fariseos y de líderes saduceos se habían dirigido hacia Cesarea para tratar el asunto con el nuevo prefecto. Algunos hablaban de varios centenares de judíos piadosos y devotos, dirigidos por algunos ancianos de la comunidad. Pero otros decían que solo una pequeña delegación de una veintena de representantes del sanedrín se había personado ante el prefecto. Debían haber llegado ya a la capital de Judea, pero no se sabía qué había respondido el gobernador ante las protestas de la comisión.
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Una de esas tardes durante la primera semana en Pella, Jesús ofreció una larga e interesante respuesta a una pregunta de Simón Zelote. Los doce habían observado que Jesús tenía la costumbre de retirarse a solas, marchando a las colinas cercanas o a lugares recónditos, y tenían profunda curiosidad por saber qué hacía su rabí durante esos momentos de soledad. Además, algunos recordaban el período de profunda ansiedad que siguió al día en que Jesús fue bautizado por Juan, en el que le buscaron infructuosamente durante semanas y él estuvo desaparecido.
Simón se atrevió a preguntar:
—Maestro, ¿cuál es el propósito de tus jornadas a solas? ¿Adónde vas? ¿Podemos ir nosotros allí donde tu vas?
Habían terminado las sesiones vespertinas con los oyentes de la tarde, y los doce estaban ahora a solas en su tienda, cerca de la fogata que habían encendido afuera, y comiendo algo de pan, aceite y fruta. Solían dejar que la fruta se asara al fuego y luego la aplastaban contra una crujiente torta de pan horneado, formando un sabroso bocado para sus estómagos hambrientos.
Jesús adoptó un tono confidente y les pidió que guardaran en secreto aquello que les iba a decir, sin revelarlo a las masas. Los doce asintieron expectantes.
—Vosotros habéis oído hablar durante mucho tiempo del diablo, Satanás, el acusador. Pero no sabéis hasta qué punto estas tradiciones están confundidas. Mucho se ha aplicado al diablo que en realidad no forma parte de sus desmanes, y sin embargo, aquello de lo que sí es culpable no ha sido objeto nunca de atención.
› El diablo fue en el pasado un dirigente espiritual, un alto ángel al que se encargó el principado de este mundo. Era un gobernante del cielo enviado a la Tierra con los mejores auspicios. Pero cometió el desatino de pretender modificar los planes de Dios, de acelerar el lento pero certero camino del Padre, elevándose él por encima de todas las recomendaciones y comportándose de forma soberbia e irreflexiva. Durante mucho tiempo se le han concedido a este gobernante desviado suficientes años de gracia para que recapacitara y regresara al abrazo del Padre. Pero él, persistentemente, ha rechazado a todos los mensajeros celestiales, incluso al Hijo más querido del Padre, llamado Miguel. Este Hijo Miguel es como el Padre mismo si él gobernara directamente sobre la Tierra. Pero Satanás y su jefe, Lucifer, rehusaron hacer caso incluso a este Hijo comprensivo y misericordioso. Muchos ángeles, cegados por la bondad previa de estos gobernantes caídos, e incapaces de reconocer que sus caudillos se habían pervertido, cayeron también bajo su influjo y se dispusieron a cumplir sus órdenes en lugar de los mandatos divinos que venían del Padre y de su Hijo Miguel.
› No obstante, estos ángeles caídos o demonios, como se les llama, no pasan su tiempo buscando a los desprevenidos en los campos y al acecho del hombre para provocarles desgracias. Las enfermedades y las desgracias humanas personales no son obra de estos ángeles rebeldes. Son la consecuencia directa del mundo tal y como ha sido creado por Dios. Por tanto, es un error atribuir el mal y la imperfección del mundo al diablo, lo mismo que a Dios. La inquietud de ambos es que este mundo progrese y evolucione hasta ser un mundo perfecto de majestad espiritual. Ambos se apenan profundamente por el hombre cuando le ven sufrir enfermedades y desdichas. El diablo no persigue a los hombres y les causa heridas o busca su muerte. Esas leyendas sobre Lilith[2], la diablesa que acecha a los incautos en la noche para matarlos y beberse su sangre, es sólo una historia ancestral que de padres a hijos se ha contado para asustar a los niños pequeños y evitar que se expongan al peligro. Pero no hay nada de cierto en ella.
› En realidad, el diablo cometió un desatino mucho mayor, pues torció todo un plan celestial que habría obrado inmensos cambios beneficiosos en este mundo con el paso de los años. No sólo ahora las enfermedades estarían más controladas y las desgracias humanas se hubieran paliado en parte, sino que toda la humanidad disfrutaría de una paz más duradera, de un sistema social más justo y solidario y sobre todo, de una religión más espiritual que llenaría la Tierra del uno al otro confín. Como un sólo hombre, la humanidad entera empezaría a progresar en el largo camino hacia la hermandad definitiva de los hijos de Dios.
› Mientras tanto, algunos ángeles rebeldes aún continúan en este mundo. Y yo he podido reunirme con estos seres descarriados cuando he estado a solas durante todo este tiempo. Es mi intención ofrecer una última oportunidad a estos hijos errados para que rectifiquen. Este es en parte el objetivo de mi misión en la Tierra. Por eso vuestro maestro tendrá que ausentarse a veces. Hay otros asuntos del Padre que también reclaman mi atención, y hay otros rebaños a los que me debo tanto como a vosotros. Estos son los planes que finalmente decidí seguir cuando estuve retirado en las colinas, al este de Pella.[3]
Todos los apóstoles estaban impresionados con aquellas declaraciones extrañas y sorprendentes. ¿Cómo lograba su maestro ponerse en contacto con esos ángeles? ¿Les enseñaría a ellos el modo de verlos? Con cada palabra de Jesús sus confusas mentes crecían en un sentimiento de respeto y admiración hacia su líder, en quien empezaban a ver las promesas del Mesías que en apariencia él parecía ignorar. ¿Quién podía tener el poder de conversar con los demonios y no morir, sino el Mesías?
Jesús captaba la confusión de ellos y les relató, con más aclaraciones, cuál fue el contenido de la entrevista que había tenido con Satanás y su lugarteniente, explicando que trató de convencerles de su error, pero sin éxito.
Los doce no captaron nunca la profundidad de las revelaciones que Jesús les ofreció ese día. Mucho tiempo después, cuando Pedro se decidió a usar parcialmente en sus predicaciones estas enseñanzas, las modificó para convertir la historia del retiro de Jesús en una especie de lucha espiritual entre su maestro y el diablo. Realzó el cuento exagerando los hechos y haciendo creer que Jesús logró vencer a su enemigo incluso en medio de un agotamiento de cuarenta días sin comer ni beber, el mismo tipo de prueba que Dios hizo pasar al pueblo judío cuando les sacó de Egipto y les condujo durante cuarenta años por el desierto.[4]
Jesús, en contra de lo que se piensa, no adoptó el rito del bautismo. Fueron sus discípulos quienes así lo hicieron, pues muchos habían sido previamente seguidores de Juan. Esto aparece reflejado no sólo en El Libro de Urantia (141:1) sino también en el evangelio de Juan (Jn 4:1): «Los fariseos se enteraron de que aumentaba el número de los discípulos de Jesús y que bautizaba incluso más que Juan. La verdad es que Jesús no bautizaba, sino que lo hacían sus discípulos». Es llamativo que sólo unas líneas antes el evangelista asegura que Jesús bautizaba (Jn 3:22). Si no fuera por esta otra mención explícita a que el bautismo era cosa de los apóstoles, nunca se habría puesto en duda que Jesús aceptó e incluso continuó con el bautismo de Juan. ↩︎
Lilith era la diablesa del folclore judío, que se creía que raptaba niños por la noche y tenía relaciones sexuales con los hombres mientras dormían. Se creía que fue una esposa de Adán anterior a Eva. ↩︎
La información que ofrece Jesús sobre el diablo y los ángeles caídos está basada en El Libro de Urantia, documentos 53, 54, 66 y 67. La idea de que Jesús reveló a los doce ciertas cosas sobre lo que hacía durante sus retiros en solitario proviene de una indicación sacada de El Libro de Urantia (LU 141:1.3). ↩︎
Esta es una explicación, basada en El Libro de Urantia (LU 136:4.3-5), de cómo llegó a los evangelios el relato de las tentaciones del diablo (Mt 4:1-11; Mc 1:12-13; Lc 4:1-13). Conviene detenerse a pensar que casi todas las cosas que se cuentan en los evangelios tienen su origen en Jesús, aunque sea por una tergiversación de sus ideas. En este caso, la explicación de este relato sobre las tentaciones sería la siguiente: Jesús había desaparecido durante varias semanas después de su bautismo, y cierto tiempo después el Maestro reveló a los doce algunas cosas acerca de su intento de rehabilitación de Satanás y el resto de seres rebeldes, pero los doce no comprendieron bien estas explicaciones. Cuando Pedro, mucho tiempo después, animó al evangelista Marcos a escribir su evangelio, cometió varios errores o distorsiones a la hora de reflejar el relato de estas cosas. En primer lugar, pensó que esta reunión con el diablo ocurrió sólo durante su período de aislamiento tras el bautismo, porque aunque Jesús les contó algo a los doce sobre el monte Hermón, Pedro quería asociarlo con algo que ellos habían vivido. En segundo lugar, situó esta reunión en el desierto porque ese lugar, sin duda en Judea, al sur, era el típico sitio donde los eremitas y los místicos se refugiaban esperando entrar en un contacto más cercano con Dios. Por último, Pedro no acertó a comprender el tipo de batalla dialéctica que se produjo entre Jesús y sus hijos rebeldes, y elaboró la idea de las tentaciones, sacada de la típica literatura sobre el diablo que ya existía en su tiempo. La idea de que no comió ni bebió nada durante ese tiempo es muy típica judía, es una especie de super-ayuno al que a veces se enfrentaban algunos excéntricos ermitaños, y está exagerada y cerrada en el número redondo de cuarenta días para resaltar los poderes divinos de Jesús. Es curioso. Pedro aplicó el poder de no-comer a Jesús (y es cierto, lo tuvo, aunque nunca hizo uso de él), y sin embargo, el poder que sí usó, el de no-dormir, nunca llegó nadie a saberlo (LU 136:5.5). ↩︎