© 2010 Jan Herca (licencia Creative Commons Attribution-ShareAlike 4.0)
Los siguientes días se produjo un hecho inusitado. Por primera vez, tal y como habían decidido, los once discípulos de Juan Bautista accedieron a bautizar a los conversos. Era requisito para poder ser bautizado el haber recibido previamente la instrucción necesaria. Los gemelos Alfeo y algunos de los discípulos de Juan se encargaron de formar un comité de vigilancia que velaba para asegurarse de que los bautizados se habían formado adecuadamente en las enseñanzas de Jesús. Si veían a alguno, que por prisas o dejadez quería adelantar tiempo y bautizarse sin recibir la instrucción, no vacilaban en sacarlo de la hilera de creyentes que esperaban, y mandarlo de vuelta al campamento.
Jesús nunca tomó parte de estos bautismos. Cuando Andrés le informó de las decisiones del grupo, tan sólo hizo un gesto de asentimiento, agradeciendo a su jefe apostólico su buen hacer. Pero el hermano de Pedro nada pudo apreciar en el rostro de Jesús que delatara algún pensamiento en favor o en contra de la resolución que habían tomado. Nunca le vieron criticar, ni a favor ni en contra, el rito bautismal, que continuó ganando aceptación popular como rito de iniciación a la nueva fe, tal y como hiciera Juan.
Los fariseos, que abundaban por todo Israel, practicaban de un modo muy ritualista un bautismo diario, para lo que contaban en sus comunidades y en sus casas con pilones y pequeñas piscinas llamadas miqwaoth[1], donde podía correr el agua fresca. No obstante, solía tener para ellos un significado de limpieza de pecados y de obtención del estado de pureza ritual. Se lavaban el cuerpo por las mañanas, y se limpiaban las manos antes y después de las comidas. Del mismo modo, solían lavar con frecuencia la ropa y la vajilla. Todo debía mantenerse para ellos en la más estricta pureza ritual. La mayor parte del pueblo solía ignorar estas prácticas excesivamente repetitivas y engorrosas. El bautismo de Juan, ahora continuado en el seno del grupo de Jesús, resultaba mucho más satisfactorio a la masa del pueblo llano, pues era un rito que sólo se realizaba una vez, y tenía validez permanente.
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Martes, 25 de marzo de 27 (27 de adar sení de 3787)
El 27 de adar sení[2], Lázaro regresó a Betabara, como había prometido a Jesús. Ambos pasaron el día juntos mientras las multitudes continuaban llegando para aleccionarse sobre el nuevo mensaje por medio de los apóstoles. Cada vez eran más numerosas las multitudes que se agolpaban en el conglomerado de tiendas y albergues del campamento. La cercanía de la fiesta de la pascua llenaba de caminantes y peregrinos las calzadas.
Lázaro había escuchado muchas veces a Jesús algunas de sus ideas sobre cómo mejorar la religión judía y sus críticas hacia el esclavizante ceremonial de los escribas y los sacerdotes. Pero nunca antes le había oído hablar con tanta convicción y profundidad sobre tantos temas. Jesús le parecía otra persona. «¿Dónde había adquirido aquella sabiduría? ¿Cómo había obtenido esa cultura?». Él sabía que no tenía formación rabínica, y sin embargo, hablaba con rotundidad y seguridad de cualquier tema.
La visita de Lázaro tenía, en realidad, un segundo motivo. El amigo de Jesús suponía que el Maestro visitaría la ciudad santa durante la pascua, por lo que le ofreció su casa para alojarle a él y a sus discípulos principales, y para celebrar con sus hermanas la cena pascual. El Rabí se sintió sumamente halagado, y le aseguró a Lázaro que estaría encantado de permanecer unos días en su casa. Lázaro reiteró su petición y le aseguró a Jesús que a partir de ese momento considerara su casa como la primera comunidad de seguidores, y que podía usarla con total libertad.
Después de despedir a su amigo, y animado con sus palabras, el Maestro dio órdenes a Andrés para que iniciara los preparativos de partida. Rumbo: Jerusalén. Celebrarían allí la pascua.
Cuando los doce y los once de Juan lo oyeron se llenaron de preocupación, pues los altos potentados y los dirigentes estarían todos allí, incluyendo al nuevo prefecto de Judea. Después de los disturbios de Cesarea, había una sensación en el ambiente de que la fiesta sagrada podía convertirse en una nueva fuente de tensiones. Los estandartes ya no ondeaban en el palacio real, pero algo decía a los judíos que aquel suceso de este año no iba a ser el único altercado con el nuevo gobernador.
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Viernes, 28 de marzo de 27 (1 de nisán de 3787)
Tres días después, el 28 de marzo, el viernes, trece hombres cargados con sus pertrechos al hombro, emprendieron la marcha rumbo a Jericó. Jesús, con parte del material para la tienda que les servía de cobijo, encabezaba la comitiva. Cientos de fieles siguieron detrás al grupo de apóstoles. Al final, después de una larga discusión entre los seguidores del Bautista y los de Jesús, se había decidido que los once discípulos de Juan permanecerían junto al vado del Jordán. Mucha gente acudía a Betabara para bautizarse, especialmente después de difundirse que el nuevo profeta galileo también bautizaba. Y en Jerusalén, hacer este ritual en público podía causar problemas con los sacerdotes. Además, el lugar emblemático era el Jordán, el mismo enclave donde Juan empezara su predicación meses atrás.
Jesús aceptó de buen grado estas disposiciones entre Andrés y Abner. No parecía importarle en exceso el modo en que empezaran a organizarse sus seguidores. Su mirada y su corazón estaban puestos en destinos y objetivos mucho más altos. Así pues, el primer día cruzaron el río y llegaron a Jericó, la ciudad de las palmeras. Su intención era pasar de largo sin entretenerse, pues ya habían estado allí repetidos días. Pararon a visitar a algunos enfermos a los que habían suministrado ayuda, para sin pausa reemprender camino hacia el desfiladero, el nahal Perat, que conducía a Jerusalén.
Sin embargo, cuando salían ya de la ciudad, un caminante se les acercó a la carrera y casi sin resuello. Por sus ropas, parecía un judío del gran río, de Babilonia. Explicó a Jesús que era un mensajero de una caravana que viajaba desde las ciudades del Eúfrates con el único propósito de conocer al renombrado rabino.[3]
A pesar de que ya habían iniciado la marcha, después de escuchar la historia de esta caravana, el Maestro decidió esperar un rato para conocer a estos viajeros. Al parecer, la fama de Jesús había alcanzado Babilonia, y desde estas lejanas tierras y desde el norteño reino de Adiabene, muchos judíos habían acordado formar una expedición hasta el Jordán para conocer al nuevo profeta.
La sorpresa de Jesús fue mayúscula al identificar entre los guías del convoy a su viejo compañero de fatigas por las tierras de Partia: Enós. El muchacho formaba parte esta vez de la dirección de este grupo. Antaño ambos habían compartido las penurias del desierto y las montañas del camino al mar Caspio.
Enós no pudo reprimir su asombro al comprobar que el «profeta» del que todos hablaban no era otro sino su viejo camarada de viaje. Ambos se fundieron en un fuerte abrazo y Enós no paró de contar atropelladamente sus aventuras desde que se separaron en las orillas del mar.
El Maestro, emocionado con el encuentro, y abrumado con la expectación de aquella multitud, decidió pasar el día entero con ellos. Se establecieron a las afueras de Jericó, y montaron de nuevo las tiendas. Esa noche el Rabí dirigió la palabra a estos buscadores de la verdad, y para su satisfacción, estos inquisitivos viajeros pudieron escuchar las revelaciones más sorprendentes.
—Todos los pueblos de la Tierra somos parte de una gran familia de hermanos y hermanas —empezó Jesús diciendo—. Esta es la gran verdad que intento enseñar. Somos los hijos e hijas de un Padre Universal que nos ha creado a todos iguales en la capacidad de ser amados por él, y de amarnos, a su vez. Y este amor es ese sentimiento que alberga un padre cariñoso y una madre llena de dedicación hacia sus hijos pequeños. Pensad en el amor que vosotros sentís por vuestros pequeños, la ansiedad y la angustia que os suponen sus primeros pasos en la vida, y tendréis una idea del carácter y la naturaleza de mi Padre. Él no es como los antiguos maestros os contaron, un ser caprichoso y oscuro, de dudosas intenciones hacia el hombre, que os oprime con desgracias en esta vida sin la seguridad de una recompensa futura. Él en realidad es la personalidad más bondadosa, más amorosa, más considerada, y más entrañable que existe en el universo. No hay otro como él. Por miles de edades buscaréis una bondad y un amor como el suyo, y el único que hayaréis es ese afecto incomparable que constituye la insignia de mi Padre Celestial.
El Maestro fue desgranando una a una todas sus nuevas ideas acerca de la naturaleza auténtica de Dios, acerca de la posición del hombre en el mundo, y sobre el futuro que le esperará a cada ser humano tras franquear el umbral de la muerte. Aquellos hombres y mujeres de Mesopotamia jamás habían escuchado nada igual, y fue tan honda la impresión que todos ellos acudieron en masa al día siguiente a bautizarse al Jordán. Tanta repercusión tuvo esta enseñanza pública de Jesús en Jericó, que al final no se quedaron sólo un día más en el vecindario, sino que retrasaron tres días la partida hacia Jerusalén. Los integrantes de esta caravana eran ávidos creyentes interesados en conocer este nuevo evangelio, y se notaba por sus preguntas y por su ansia de saber, que su propósito sería el de divulgar esta nueva fe por el territorio de su lugar de origen una vez hubieran regresado.
Tres días después Jesús se despidió de Enós y de los viajeros, y éstos regresaron rumbo a sus países natales, en la lejana Mesopotamia, llenos de ilusión por haber conocido a un representante del Cielo. Cuando volvieron a sus hogares, lo hicieron con la convicción de haber descubierto al último y más reciente profeta. Muchos de ellos pusieron por escrito las palabras que Jesús les dedicó esos días, otros las divulgaron de viva voz en las sinagogas de todo el Eúfrates, desde las ciudades cercanas a Spasinu Charax en el golfo, hasta el norte en Adiabene. Y desde entonces una creciente fama se fue formando al margen de Jesús gracias a una abigarrada tropa de anónimos apóstoles que recorrieron esas tierras en nombre del Rabí.
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Lunes, 31 de marzo de 27 (4 de nisán de 3787)
El 31 de marzo, el lunes, Jesús, los apóstoles, y un nutrido grupo de seguidores, emprendieron la marcha rumbo a Jerusalén. Evitaron acercarse a los antiguos palacios de Herodes el Idumeo, situados junto al cauce Perat, ahora convertidos en guarniciones romanas. En pocas horas hicieron el camino de ascenso, y llegaron con prontitud esa tarde a Betania. Se despidieron allí de los muchos simpatizantes que les seguían, quienes buscaron acomodo en las casas y posadas del vecindario y en las proximidades de la ciudad.
Lázaro y sus hermanas les esperaban en la puerta. Ya habían sido anunciados de su llegada, y estaban los tres radiantes de tenerle de vuelta en casa. Para ellos siempre había sido como un cuarto hermano, y así se había mantenido todo ese tiempo su sentimiento hacia él. En la casa los sirvientes de los tres hermanos se deshicieron en atenciones hacia el Rabí y sus doce apóstoles. El Maestro ocuparía la habitación que ya siempre tenían reservada para él en la casa. Judas se alegró de que por unos días su manutención corriera a cargo de otros, pues la bolsa de dinero no había dejado de menguar. Esos días en casa de Lázaro constituirían un pequeño alivio a la economía de los doce. Todos agradecieron la hospitalidad y el cuidado de esta familia, que les hicieron recobrar el buen ánimo, pues durante toda la ascensión hasta la ciudad santa, un velo sombrío se había ido adueñando de sus corazones. La cercanía de Jerusalén les ponía nerviosos. Nadie sabía lo que podría pasar en los próximos días. ¿Cómo sería recibido Jesús en la ciudad?
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Julio, el espía de Herodes, tras conocer la noticia de que el nuevo profeta se trasladaba a Jerusalén, decidió acudir directamente a la ciudad santa, donde sabía que el tetrarca ya estaría instalado. Varios días antes de la llegada de Jesús y de los suyos a Betania, emprendió el camino. El tetrarca solía instalarse en el antiguo palacete hasmoneo adyacente al Xisto[4]. Desde esa posición elevada gozaba de excelentes vistas del barrio viejo de la ciudad y de la explanada del templo, casi tan buenas como las que se podían admirar desde los torreones del palacio regio.
La guardia personal de Herodes reconoció rápidamente a Julio y le dejaron pasar, de cámara en cámara, hasta el aposento de Antipas. Tuvo que esperar unos minutos, pues el tetrarca estaba en medio de una reunión con parte de la nobleza judía y algunos miembros del sanedrín.
Cuando entró, el espía galo percibió con facilidad la impaciencia en el rostro de Antipas. «¿Qué había de nuevo respecto al profeta del Jordán?». Julio no se demoró en su respuesta y le informó que se iba a presentar en la ciudad, seguramente con la intención de predicar sus enseñanzas a las multitudes durante la pascua.
Antipas pareció interesado, pero permaneció pensativo. El tetrarca tenía claro que ese galileo predicador se iba a convertir en un nuevo revolucionario al que tendría que sofocar tarde o temprano, así que le vendría bien conocer algo sobre su doctrina. Pero no se sentía con ánimo de encararse con él. Necesitaba algún medio para informarse sin hacerlo públicamente. Julio ya no le servía bien. Empezaba a no fiarse de la profesionalidad de su informante.
El galo pidió órdenes, pero para su preocupación el tetrarca hizo un gesto de displicencia y le rogó que se retirase. Con una lacónica despedida, le instruyó a que continuara trayendo noticias como de costumbre. El espía dejó a Antipas sumido en sus pensamientos, mientras salía a las calles de Jerusalén con la cara seria. Sabía lo que pasaba por la cabeza de Antipas, y que había perdido su confianza. Debía buscar el modo de no ser reemplazado. Algo tiraba de él. Su corazón no podía perder de vista al nuevo profeta.
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Durante los cinco días siguientes, Jesús permaneció retirado en Betania con sus apóstoles. No realizó ninguna predicación pública a pesar de las numerosas multitudes de curiosos que se acercaron a la pequeña aldea para conocer a la nueva atracción. En la calle se agolparon muchos visitantes de la ciudad que se acercaban a probar suerte y oír las novedades. Los doce ardían en deseos de dirigirse a estos ansiosos viajeros y buscadores, pero el Rabí se mantuvo algo serio y aislado, y les rogó a sus amigos que descansaran un poco en previsión de su próximo esfuerzo, pues su intención era predicar dentro de Jerusalén.
Los apóstoles se mostraron algo nerviosos y asustadizos con la declaración de intenciones de su maestro, pero las muchas peripecias de los últimos meses les habían preparado bien para este momento. Estaban dispuestos a enfrentarse con las multitudes de la gran ciudad que era el corazón mismo del estado judío.
Se acercaba la pascua, y miles de peregrinos estarían allí para realizar la purificación y sacrificar el cordero o cabrito para la gran noche judía. Todo Israel se daría cita en este gran festival anual que congregaba a lo más granado y fiel de la comunidad hebrea.
Jesús pasó muchas horas recogido en la frondosa tranquilidad del jardín trasero de la hacienda de Lázaro, junto a las tumbas donde habían sido enterrados sus padres. En esos momentos la cabeza de Jesús bullía de preocupaciones, tanto por los acontecimientos importantes que se vivían en su dominio estelar, como por los sucesos cruciales que empezaban a sucederse en su vida humana. Muchas de esas horas Jesús conversaba largamente con su Padre del Cielo en un continuo diálogo donde intercambiaba sus impresiones, dudas y esperanzas.
Llegó el sábado por fin y Jesús se acercó a la pequeña casa que hacía las veces de sinagoga, acompañado de muchos amigos, discípulos, mujeres devotas y otros seguidores. Betania estaba prácticamente entera a favor de la obra de Jesús, y allí pudieron escuchar en paz a Andrés el apóstol y a otros leer las lecturas del día. Durante esta semana, las inquietas autoridades judías, aunque ya habían recibido la noticia de la proximidad del nuevo maestro itinerante, se mostraron indiferentes y sin interés, y dejaron estar a Jesús y los suyos.
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Domingo, 6 de abril de 27 (10 de nisán de 3787)
El 10 de nisán[5], Jesús dejó a todos atónitos por la mañana al anunciar que se acercaría durante un rato a visitar a Anás. Los doce no lo sabían pero el Maestro, como solía hacer, había pasado toda la noche en vela, pensando y meditando, dándole vueltas al modo de evitar un enfrentamiento con los potentados religiosos. Pensó que tal vez el afable Anás, el antiguo sumo sacerdote pariente de los Zebedeo, pudiera ser un buen comienzo. Ambos se conocían y el sacerdote se mostró muy amable con Jesús en el pasado. El Rabí abrigaba la ilusión de que quizá Anás supiera comprender sus intenciones.
Acompañado por Juan, Jesús y el joven discípulo se acercaron a la mansión del kôhen gadôl[6], situada al sur de tûr zêta, el monte de los olivares, fuera y lejos de las murallas de Jerusalén. El edificio había sido ampliado y el murete que lo rodeaba ocupaba ahora una amplia extensión de tierra. Parecía que los negocios de Anás prosperaban porque la finca que se apreciaba detrás de la villa contenía numerosos olivos y terrenos dedicados a las leguminosas.
El portero, por suerte, reconoció al joven Juan, y les dejó pasar, llevando al interior de la casa las palabras para anunciarles. Un buen número de obreros y algún que otro esclavo se afanaban en las tareas cotidianas del espacioso patio delantero. Jesús recordaba con placer aquella pascua que celebraron allí con los Zebedeo años atrás.
El ex sumo sacerdote en persona salió a recibirles. Su aspecto algo más gordo daba cuenta de la buena vida que llevaba ahora, lejos de las preocupaciones de su antiguo cargo, a pesar de lo cual su cabeza se había poblado de numerosas canas. Primero besó a Juan, con una sonrisa, y luego a Jesús, aunque hizo un comentario algo punzante mientras lo hacía:
—Así que finalmente te decidiste a practicar la enseñanza a pesar de no interesarte por las escuelas rabínicas, ¿eh?
Ni al joven apóstol ni al Maestro les sonó aquella bienvenida con tono bromista, y la razón es que Anás no había tenido la más mínima intención de hacer que así fuera. Permaneció algo serio y con cara de esperar una explicación por parte de Jesús, y no se dignó a invitarles a entrar, manteniéndoles en el porche del vestíbulo.
Pero el Maestro no se inmutó con aquel frío recibimiento. Sabía que podía ocurrir. ¡Qué difícil era confiar en estos hombres respetables pero tan orgullosos de sí mismos! Sostuvo la mirada del sumo sacerdote durante unos segundos, sin dejarse intimidar. Juan fue quien trató de borrar el mal comienzo, diciendo algo de forma atropellada acerca de la bondad de las enseñanzas de Jesús.
Anás hizo un gesto de hartazgo y para sorpresa de Juan confesó:
—Llevo tiempo escuchando acerca de esas ideas que estáis propagando. Y no veo nada nuevo que no esté ya en la sabiduría de los rabinos.
El Maestro tenía suficiente:
—Vamos, Juan, podemos irnos.
Dando media vuelta, empezó a bajar las escaleras del porche. Pero Juan no sabía qué hacer. El sumo sacerdote se había quedado un tanto sorprendido de la reacción del galileo y, en voz baja y con tono condescendiente, tan sólo se le oyó comentarle al joven apóstol:
—Tu amigo ha tomado un rumbo nada recomendable. Harías bien, querido Juan, en elegir mejor tus maestros.
Pero Jesús lo había oído, y no queriendo irse sin decir algo, se dio la vuelta y con la mirada seria, le dijo a Anás:
—El miedo es el principal tirano del hombre, y el orgullo, su mayor debilidad. ¿Vas a entregarte tú a la esclavitud de estos dos destructores de la felicidad y de la libertad? [7]
El Maestro esperó una respuesta, pero ésta no llegó. Anás permaneció en silencio, con la misma mirada circunspecta con la que les había recibido. Jesús podía contemplar con claridad el muro sólido y opaco que estaba allí entre ellos, y sabiendo que no podía hacerse nada, reclamó con un gesto a Juan, dio media vuelta, y ambos abandonaron la hacienda.
Los miqvéhs o miqwaoth eran bañeras en el interior de las casas donde los judíos piadosos realizaban sus rituales de purificación. ↩︎
Adar sení o Adar Bet, en el calendario hebreo de tiempos de Jesús, es un mes más que se añadía a los años bisiestos o embolismales. ↩︎
La idea de que los viajeros babilonios que acudieron a conocer a Jesús provenían del reino de Adiabene está inspirado en el hecho de las conversiones al judaísmo de los reyes de este reino en la época de Jesús. La famosa reina Elena de Adiabene se convirtió hacia el 30 d.C., justo cuando murió Jesús, y fue contemporánea del Maestro. Véase Wikipedia. ↩︎
El Xisto era un foro o mercado dentro de Jerusalén, situado en el barrio alto. ↩︎
Nisán es el primer mes en tiempos de Jesús, equivalente a nuestros marzo y abril. En él se celebraba la pascua, del 14 al 21 del mes. ↩︎
Acerca del kôhen gadôl, el sumo sacerdote, y el resto de cargos de la jerarquía eclesiástica judía, véase el artículo Las autoridades judías en tiempos de Jesús. ↩︎
Anás se jacta ante Jesús de que su enseñanza no ofrece nada nuevo respecto a la predicación de los rabinos oficiales, y el Maestro le responde precisamente con dos enseñanzas rabínicas: «el miedo (pachad) actúa como un tirano porque esclaviza la voluntad» y el Talmud y los Midrashim citan frecuentemente que «el orgullo (gaavá) precede a la caída del hombre». ↩︎