Los gobernantes egocéntricos se deleitan en llevar largas vestiduras y buscan el honor de los hombres, pero por dentro son como sepulcros blanqueados llenos de huesos de muertos y de inmundicia espiritual. [1] El hijo pródigo, a su regreso, fue abrazado por su amoroso padre y adornado con una túnica, un anillo y sandalias. [2]