El hombre primitivo consideraba a todas las personas extraordinarias como superhombres, adorándolas con reverencia y creyendo que los dioses moraban en ellas. [1]
La mitología que rodeaba al séquito del Príncipe, transformado en superhombres en Urantia, impulsó a las tribus cercanas a Mesopotamia a adoptar dietas sin carne, al mismo tiempo que infundía leyendas y enseñanzas en toda la región durante casi un milenio. [2]
El séquito del Príncipe estaba formado por superhombres que aceleraron la evolución humana mediante la selección social consciente sin privar a la humanidad de su religión y su moral. [3]