La ofrenda máxima de Jesús a Dios fue la consagración de su propia voluntad al servicio divino, interpretando siempre la religión en términos de la voluntad del Padre, demostrando una vida de devoción y oración en lugar de depender de voces, visiones o prácticas religiosas. [1] La voz musical de Jesús era fascinante y autoritaria, cautivando a todos los que la escuchaban. [2]