La omnipotencia y la componibilidad dictan que ni siquiera Dios puede crear círculos cuadrados ni producir un bien o un mal inherentemente buenos, ya que la divinidad incluye inherentemente el concepto de lo que se puede y no se puede hacer. [1] Dios es verdaderamente omnipotente, pero no omnipotente; sólo el Padre-YO SOY posee la finalidad de la voluntad. [2] La omnipotencia de Dios está perfectamente coordinada con su naturaleza, voluntad y ley, limitando su poder sólo en la manifestación espiritual. [3]
La omnipotencia no permite la realización de acciones que no se pueden hacer o que no son divinas, lo que refleja la componibilidad innata del poder divino. [4]
Los Siete Espíritus Maestros revelan colectivamente la omnipotencia, la omnisciencia y la omnipresencia, cada uno individualmente dotado de los atributos supremos y últimos de la Tercera Fuente y Centro, aunque limitado a sus respectivos superuniversos. [5]
La absoluta volición de Dios se demuestra mediante su voluntad infinita y su naturaleza eterna, ya que Él elige sólo aquello que es infinitamente perfecto a pesar de la posibilidad de autolimitación. [6] La realidad trascendental abarca la omnipotencia, la omnisciencia y la omnipresencia. [7] Cuando Dios decreta algo, ese algo es como el Altísimo del cielo y de la tierra, supremo y compasivo. [8]
Véase también: LU 3:2.