La autoafirmación, el grito de batalla de la rebelión de Lucifer, abogaba por la igualdad de mentes y la hermandad de inteligencias en todos los órdenes de gobierno. [1]
El espíritu de autoafirmación, cuando no se lo controla, se desata en guerras destructivas, pero la humanidad puede unificarse mediante el enfoque espiritual de Pentecostés y la influencia universal del Espíritu de la Verdad. [2]
La autoafirmación separa al hombre de la comunión con el Padre, ya que muchos se han escondido en sus mentes intolerantes y naturalezas no espirituales. [3] El reino del orden triunfa inherentemente sobre la rebelión, la autoafirmación y la libertad personal. [4] Poseer poder y negarse a usarlo para el engrandecimiento personal es una señal de alta civilización. [5]
La autoadmiración conduce a un poder injusto sobre los demás, mientras que la verdadera libertad es fruto del autocontrol y del genuino respeto por uno mismo, reinando con amor y misericordia. [6] Jesús describió la locura de prostituir los talentos divinos en aras de una ganancia egoísta, como hicieron en su día Lucifer y Caligastia. [7]