Era una antigua costumbre enterrar las pertenencias personales de un hombre junto con él, ya que el hombre primitivo quería ahorrar propiedades para la próxima existencia, creyendo que sólo los ricos podían sobrevivir a la muerte con placer y dignidad hasta que los maestros cristianos proclamaron la salvación para todos. [1]
Sontad sepultó a Andón y Fonta, asumiendo el liderazgo del clan con su pie herido, ayudado por su esposa y su hermana mayor, haciendo rodar piedras para enterrar a sus muertos con vagas ideas de supervivencia después de la muerte. [2]
Adán y Eva fueron enterrados en el templo del servicio divino, estableciendo así la tradición de enterrar a los individuos piadosos bajo los lugares de adoración. [3]
Desde la colina de Simeón, donde se encontraba la tumba de Simeón, Jesús recordó los acontecimientos históricos y tradicionales de su pueblo. [4]
Jesús decía: «¡Ay de vosotros que os deleitáis en construir tumbas para los profetas, pero rehusáis entrar en el camino de la verdad e impedís que otros entren!». [5]
También dijo: «¡Ay de vosotros que rechazáis la verdad y desdeñáis la misericordia, pues, como sepulcros blanqueados, parecéis hermosos por fuera pero por dentro estáis llenos de huesos de muertos y de inmundicia!». [6] Los apóstoles enseñaron en Tiro, cerca de la tumba de Hiram, y cada uno de ellos se emparejó con un evangelista para difundir la palabra del reino. [7] Lázaro y sus hermanas, seguidores ricos y respetados de Jesús, tenían una tumba privada en sus terrenos en el pueblo de Betania. [8]
El culto a las piedras, con su símbolo sobreviviente de las tumbas, es una tradición extendida y duradera entre las tribus y pueblos atrasados, arraigada en creencias sobre fantasmas, ídolos e imágenes talladas en piedra. [9] Enterrar bajo piedras, mantener alejados a los fantasmas: la raíz de la lápida moderna. [10]