La era del Príncipe Planetario culmina en un intenso nacionalismo, pero las luchas raciales y las guerras tribales continúan con una frecuencia y una severidad cada vez menores. [1]
La ilusión del nacionalismo de la soberanía nacional es la principal barrera para la paz mundial; la paz duradera de Urantia depende de la entrega de los poderes soberanos al gobierno de la humanidad. [2]
El egoísmo nacional, arraigado en la doctrina del pueblo elegido, ha sido esencial para la supervivencia social; sin embargo, el verdadero progreso sólo llega cuando se supera la intolerancia mediante la integración de la ciencia, el comercio, el juego y la religión. [3]
El nacionalismo que venera a los héroes del siglo XX se hace eco del culto primitivo a los antepasados y persiste en diversos secularismos radicales y nacionalistas en todo Occidente. [4]
El evangelio de Ikhnatón carecía fatalmente de atractivo debido a sus conceptos internacionalistas y no nacionalistas sobre la Deidad, lo que obstaculizaba su eficacia como constructor de naciones. [5] Moisés alentó sabiamente el nacionalismo al nacionalizar sus enseñanzas religiosas y proclamar a Yahvé como el Señor Dios de Israel. [6] Roma superó el nacionalismo con el universalismo imperial, allanando el camino para que diversas naciones abrazaran una sola religión. [7] A medida que aumenta la mezcla de razas, el nacionalismo se desvanece y comienza la era de la hermandad internacional. [8]
La guerra, al fomentar y consolidar el nacionalismo, ha tenido un valor social al promover la disciplina, la cooperación, la fortaleza y el coraje en civilizaciones pasadas, pero a medida que la civilización avanza, debe abandonarse en favor de métodos más modernos de intercambio cultural y progreso. [9]